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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

Villa Serena estaba escrito en una placa junto a la entrada. Leí el nombre mientras el coche descendía hacia la cochera. Damián apagó el motor y se volvió hacia mí.

—¿Todavía sigue con eso?

—Se parece mucho a Rena.

—También se parece a serenidad. Lo que no me está dejando tener.

Sonrió apenas. Yo seguía esperando una respuesta cuando me rozó la mejilla con los dedos. Vi que iba a besarme y no aparté la cara.

Me besó despacio. En el restaurante había habido rabia; aquí me desconcertaba que no hubiera prisa, que pudiera acomodarse de lado en el asiento y detenerse para mirarme antes de volver a mi boca. Le sujeté la muñeca sin empujarlo. Él la giró hasta tomarme la mano.

Cuando nos separamos, tardé un momento en recordar lo que había preguntado.

—Mañana puede traer sus cosas —dijo.

—Mañana tengo que trabajar. Y explicar en mi casa que me voy.

—En la noche, entonces. Le ayudo a traerlas.

Me soltó y bajó del coche. Me quedé unos segundos más, enfadada conmigo por haber perdido el hilo de una conversación con tanta facilidad.

Doña Meche nos recibió en la cocina. Era una mujer canosa, de movimientos seguros, que dejó lo que estaba haciendo para secarse las manos.

—Meche, ella es Renata. Mi esposa.

La palabra todavía me hacía volver hacia él.

—Bienvenida, señora. ¿Ya comieron?

Esa pregunta sí sabía contestarla. Le dije que apenas había tomado agua y que, si tenía algo sencillo, se lo agradecería. Meche abrió una olla y me ofreció sentarme. Mientras comía, Damián le explicó que me mudaría al día siguiente.

—Lo que necesite la señora, lo ve con ella.

Meche me preguntó a qué hora acostumbraba desayunar. Yo miré a Damián, que estaba buscando algo en su teléfono, y comprendí que aquella mujer esperaba una respuesta mía. Le di mi horario de oficina.

Recorrimos la casa después. Él señalaba habitaciones; yo intentaba acordarme de cómo volver a la cocina sin seguirlo. En la biblioteca abrió una caja fuerte y guardó las dos copias del acta. No alcancé a ver la clave.

—¿También va a guardar ahí el convenio? —pregunté.

—Si quiere.

—El mío lo llevo yo.

Asintió y cerró la puerta de la caja. Seguí con mi bolsa al hombro durante el resto del recorrido.

Mi motoneta había quedado en Vértice el viernes. Esa tarde Damián organizó que un chofer la recogiera y la llevara hasta Nueva Aurora; él me llevó en su coche. Aproveché el camino para decidir qué iba a decirle a mi madre.

Un traslado por trabajo, pensé. La necesidad de vivir más cerca. Algo que pudiera sostener durante un año sin tener que inventar una historia distinta cada semana.

A media cuadra de mi casa, Damián se detuvo.

—Un beso —pidió.

—Estamos en mi calle.

—Lo noté.

Le ofrecí la mejilla. Él giró a última hora y me besó junto a la boca. Le di un manotazo en el hombro; se rio mientras yo buscaba la manija.

Mi madre estaba en la banqueta, con la bolsa del pan.

La vi demasiado tarde.

—¿Y ese coche, Nata?

—Un Uber. Me tocó uno bueno.

No sé cómo se me ocurrió. Damián bajó la ventanilla antes de que yo pudiera despedirlo con una seña.

—Señito, dejó esto en el asiento.

Me tendió una liga para el pelo. Hablaba con una cordialidad neutra que casi me hizo reír, si no hubiera estado tan ocupada esperando que mi madre lo reconociera.

—Que tengan buena tarde.

Arrancó. Lucía le agradeció y se quedó viendo el coche.

—Qué amable el muchacho.

Guardé la liga en la bolsa. La había visto pelearse por mí en su oficina, me había casado con él esa mañana y ahora le permitía hacerse pasar por un chofer delante de mi madre. Era la primera mentira concreta que exigía nuestra nueva vida. Ya no parecía tan sencilla como en el convenio.

El lunes Damián dejó una carpeta en la cabecera de la sala de juntas y me indicó que me sentara allí.

—Usted presenta. Yo vengo a escuchar.

Llevó una silla hasta el fondo. Los directores miraron primero hacia él y luego hacia mí. Abrí mi archivo antes de que alguno preguntara si había habido un cambio de agenda.

Conocía los números. Había trabajado en ellos hasta tarde y había discutido los supuestos con las áreas; no necesitaba inventarme seguridad. Empecé por explicar qué decisión requería el proyecto C y cuánto costaría retrasarla.

Uno de los directores interrumpió para preguntar por la proyección. Le mostré el escenario conservador. Otro quiso saber de dónde salía el dato del proveedor; abrí el respaldo y seguimos desde ahí. Al cabo de un rato, dejaron de girar hacia la silla de Damián para comprobar si estaba de acuerdo.

Fue una buena presentación. Salí pensando en la pregunta que no había sabido responder por completo y en cómo resolverla antes del siguiente avance. Después oí a alguien detrás de mí decir que ya se sabía por qué me habían dado el puesto.

Seguí caminando. Me importó, aunque habría preferido ser la mujer que no necesitaba detenerse en el baño para ordenar la cara. Esa gente podía haberme visto trabajar durante una hora y seguir eligiendo la explicación más cómoda.

Regresé al escritorio y envié la información pendiente al director que la había solicitado. Por lo menos él tendría que contestarle a un correo firmado por mí.

A la salida, Julián me alcanzó entre la gente y extendió la mano hacia mi maletín.

—Señora, yo se lo llevo. El señor la espera en el coche.

Una compañera que caminaba a mi lado dejó de hablar. Julián no bajó la voz ni corrigió el tratamiento. Vi a Cecy detenerse cerca de los elevadores.

—Puedo cargarlo —dije.

—Lo sé. Permítame.

Me acompañó hasta la calle. Damián esperaba junto al coche, con la puerta abierta. Al llegar me tomó la mano izquierda y pasó el pulgar por la base de mi anular.

—Falta una cosa aquí —murmuró—. Mañana.

No había manera de fingir que era un gesto entre un jefe y su asistente. Miré hacia el edificio. Varias personas seguían observándonos; una me saludó con una sonrisa distinta de la que me había dirigido por la mañana.

Subí al coche. Mi teléfono empezó a vibrar antes de que Damián llegara al otro lado.

El primer mensaje era de Karla: «¿Es verdad que se casaron?».

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