Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 23
Llegué a la gala benéfica del brazo de Matteo, quien rápido me susurró al oído:
—Intentá lucir feliz, que en 20 minutos llega Caín y van a hacer tal y cual ensayamos.
Lo único que recibió de mi parte fue un asentimiento de cabeza mientras me dirigía a charlar con un grupo de coleccionistas que estaban tratando de llamar mi atención, aunque lo único que lograban era agobiarme.
El murmullo constante del salón se interrumpió de golpe cuando los destellos de las cámaras comenzaron a multiplicarse cerca de la entrada principal.
Giré despacio y lo vi. Caín caminaba con la seguridad de quien conoce perfectamente las reglas del juego. Vestía un esmoquin impecable y mantenía esa postura erguida y tranquila que solía imponer respeto de inmediato. A su paso, las miradas de los coleccionistas y los susurros de la prensa especializada no se hicieron esperar.
Matteo me dio un leve toque con el codo, disimulado detrás de su copa de champaña.
—Esa es tu señal, Morgana —me murmuró por lo bajo—. Despejate del grupo y caminá hacia él. Que parezca natural, como si fuera el reencuentro más esperado de la noche.
Eché los hombros hacia atrás, respiré hondo y me abrí paso entre los coleccionistas que me rodeaban, dejando una sonrisa cortés antes de dar unos pasos hacia el centro del salón.
Caín me vio avanzar y detuvo su marcha. Su mirada se cruzó con la mía y una leve sonrisa, entre diplomática y cómplice, apareció en su rostro. Cuando estuvimos a solo un par de metros de distancia, extendió su mano hacia mí con absoluta cortesía.
—Morgana, un placer volver a verte —dijo en voz alta, asegurándose de que los periodistas más cercanos captaran cada palabra.
—El placer es mío, Caín —respondí, aceptando su saludo y permitiendo que tomara mi mano por un instante antes de ubicarnos lado a lado frente a los fotógrafos—. Gracias por hacer de esta alianza benéfica una realidad.
Los flashes estallaron en una ráfaga cegadora. Las preguntas de los cronistas comenzaron a llover, pisándose unas a otras sobre la supuesta relación o los rumores del pasado, pero Caín ni siquiera se inmutó. Posó una mano de manera impecable y respetuosa detrás de mi espalda, sin llegar a tocarme, dando la imagen exacta de un socio estratégico y un gran aliado.
—Esta noche no se trata de nosotros, señores —declaró Caín hacia las cámaras con tono firme y carismático—. Se trata del talento emergente que estamos apoyando junto a la señorita Sinclair.
Le dediqué una mirada de agradecimiento en silencio. La jugada perfecta ya estaba en marcha y, por primera vez, la prensa tenía que responder a nuestro propio guion.
El maestro de ceremonias anunció nuestros nombres y el murmullo del salón dio paso a un aplauso cerrado y formal.
Subí los escalones del escenario con paso firme, sintiendo la textura del vestido y la mirada atenta de decenas de coleccionistas, embajadores y periodistas. A mi lado, Caín caminaba con esa soltura natural que lo caracterizaba, acomodándose frente al micrófono secundario mientras yo me posicionaba en el centro.
Frente a nosotros, iluminadas por spots de luz cálida sobre pedestales de mármol negro, se exhibían las tres esculturas principales que había moldeado en Milán durante el último mes.
Tomé el micrófono y esperé a que el silencio fuera absoluto.
—Buenas noches a todos —comencé, dejando que mi voz resonara clara en el recinto—. El arte no existe en el vacío; nace de las experiencias, de las cicatrices y, sobre todo, de las oportunidades. Cada una de las piezas que ven aquí representa la resiliencia y el esfuerzo de transformar la materia prima en algo perdurable.
Hice una breve pausa y miré hacia el público, donde Matteo me asentía con la cabeza desde la primera fila.
—Hoy no estamos aquí solo para admirar o adquirir obras —continué—, sino para tender una mano a quienes están empezando. Queremos que los jóvenes talentos sin recursos de nuestro país encuentren el espacio, los materiales y la formación que necesitan para hacer oír su voz.
Caín se acercó al micrófono, tomando la palabra con impecable carisma.
—Acompañar a la señorita Sinclair en este proyecto es un privilegio para nuestra fundación —agregó, dirigiéndose a la multitud—. Creemos firmemente que invertir en la cultura es construir futuro. Todo lo recaudado esta noche estará destinado íntegramente a crear las becas de formación artística más importantes de la región.
Volví a tomar la palabra para cerrar la apertura:
—Damos inicio formal a la subasta. Que el arte cumpla su verdadero propósito.
Un nuevo aplauso estalló en el salón mientras el martillero oficial subía al estrado, dando paso a las primeras pujas de la noche.
Rápido salí hacia una zona donde nadie podía verme y saqué un cigarrillo, que ni pude fumar, ya que Caín me lo arrebató de la boca y lo tiró al suelo, pisándolo.
—Sabés que es un cigarrillo importado de Rusia y acabás de restregarlo por el piso como si no valiera nada.
Caín ni se inmutó y solo dijo:
—Si vas a fingir ser mi novia, no quiero que fumes esa cosa, que lo único que hace es matarte.
—Vos a mí no me ponés ningún ultimátum y menos una amenaza.
Estábamos tan cerca que podía oír su corazón y sentir su respiración; si se veía de afuera, pareciera que estábamos a punto de besarnos.
—Si querés que este acuerdo funcione, hacés lo que yo digo.
Me tomó de la mano y me besó; sentí esos labios suaves, pero que solamente era el roce.
Hasta que escuché el clack de la cámara y entendí que todo había sido para comenzar con el plan.
No sé por qué sentí un nudo en el estómago, lo atribuyo a que hace días no vengo consumiendo azúcar.
Actuamos sonriendo y él toma la iniciativa de unir nuestros dedos de forma tierna.
—Lamento que hayan descubierto nuestra relación de esta forma.
Sonreí embobada mientras él intentaba hacer una sonrisa y los medios explotaban.
—Por favor, sigamos con la subasta, que no es para una causa mundana.
El murmullo eléctrico que había dejado la revelación ante los fotógrafos aún vibraba en el aire cuando el martillero ocupó nuevamente el estrado principal. Golpeó el mazo de madera tres veces, buscando reordenar la atención de un público descolocado y fascinado por el espectáculo.
—¡Damas y caballeros, por favor! —anunció el martillero con voz potente, proyectando serenidad—. Reanudamos la subasta benéfica de esta noche. Damos paso a la obra principal de la señorita Morgana Sinclair.
Un foco de luz cálida iluminó la escultura central. Las miradas, que hasta hace un instante buscaban el contacto visual entre Caín y yo, se dirigieron masivamente hacia la pieza. El impacto mediático había encendido la chispa perfecta: el valor artístico de la obra se combinaba ahora con el magnetismo del momento histórico.
—Iniciamos la puja para la primera escultura en cincuenta mil dólares —declaró el martillero.
Antes de que terminara de hablar, una paleta se levantó en las primeras filas.
—¡Cincuenta mil por aquí! ¿Setenta? ¡Setenta mil el caballero del fondo!
El ritmo de las ofertas se volvió feroz. Los coleccionistas internacionales, incentivados por la exposición global que garantizaba la velada, comenzaron a competir sin tregua. Los montos escalaron de a diez mil, luego de a cincuenta mil, rompiendo en cuestión de minutos los techos proyectados por Matteo en Milán.
—¡Ciento cincuenta mil dólares! ¡Doscientos mil por la dama de la derecha! —el martillero aceleró el tono, contagiado por la adrenalina de la sala—. ¿Tengo doscientos cincuenta? ¡Doscientos cincuenta mil dólares a la una... a las dos...!
Un comprador anónimo en la línea telefónica subió la apuesta de golpe.
—¡Tres oficiales de becas cubiertas! ¡Medio millón de dólares por la pieza central! —el mazo golpeó la mesa con un eco seco que retumbó en el recinto—. ¡Vendida por una cifra récord a la fundación benéfica!
El salón estalló en un aplauso masivo. Matteo, con los ojos muy abiertos, me miró desde un costado del escenario y levantó ambos puños en señal de victoria absoluta. La recaudación total superaba cualquier precedente para una artista de mi generación, garantizando el financiamiento completo del programa para jóvenes talentos.
A mi lado, Caín aplaudió con serenidad, manteniendo esa sonrisa indescifrable que ahora, respaldada por millones de dólares recaudados, consolidaba la jugada más magistral de nuestra alianza.
La gala llegó a su fin pasadas las tres de la mañana. Tras despedir al último grupo de coleccionistas y firmar los documentos del fideicomiso benéfico, el cansancio acumulado finalmente empezó a hacerse sentir.
Matteo se adelantó para coordinar el traslado de las obras, dejándome sola en la salida privada del recinto. El aire fresco de la noche en Buenos Aires me ayudó a despejar la mente.
A los pocos segundos, una camioneta negra se detuvo junto al cordón. La puerta trasera se abrió desde adentro y la voz serena de Caín rompió el silencio.
—Subí, Morgana. Te llevo a tu hotel.
Dudé un instante, pero el cansancio venció cualquier reserva. Subí al vehículo y me acomodé en el asiento de cuero, sintiendo el contraste inmediato entre el bullicio que dejábamos atrás y la tranquilidad aislada del habitáculo. El auto avanzó suavemente por las avenidas vacías.
Caín se acomodó el saco de su esmoquin y mantuvo la vista fija en la ventana durante unos segundos antes de volverse hacia mí.
—El evento fue un éxito rotundo —dijo con tono medido—. Recaudamos más de tres veces lo estimado y la prensa no habla de otra cosa. Lograste exactamente lo que te propusiste.
—Logramos —corregí en voz baja, mirándolo fijamente—. Fue una estrategia impecable de los dos. Aunque todavía tengo que asimilar el numerito del beso improvisado frente a las cámaras.
Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
—Tuvimos que improvisar para cerrar la boca de los periodistas de golpe, y funcionó. Ahora el control absoluto de la narrativa lo tenemos nosotros.
—Lo sé —asentí, inclinando la cabeza sobre el respaldo—. Pero tené algo claro, Caín: este juego de las apariencias tiene límites. Mañana viajas a tus compromisos y yo retomo mi rutina. La alianza funcionó, pero esto no cambia lo que pasó entre nosotros en el pasado.
Caín no respondió de inmediato. Guardó silencio mientras el auto se detenía frente a la entrada iluminada de mi hotel. Se inclinó levemente hacia mí, lo suficiente para que pudiera sentir la firmeza de su presencia.
—Que pienses que esto fue solo un juego de apariencias, Morgana, es tu primer error —murmuró con voz baja y pausada—. Que descanses.
El chofer abrió la puerta desde afuera. Salí del vehículo sin mirar atrás, con el pulso ligeramente acelerado y la certeza de que, esta noche sería el comienzo de algo inolvidable.