Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 7: Vendas en el recreo
El miércoles me tocó control en el hospital a las ocho de la mañana. No me gusta contar eso porque suena a queja, pero es la verdad, no me gusta. Me gusta todavía menos tener que pedir permiso en el colegio y que todos sepan a dónde voy. La profe jefe me mira con esa cara de ya, anda no más, y mis compañeras me miran como si fuera a volver calva al otro día. No vuelvo calva, solo vuelvo más cansada.
Mi mamá me acompañó. Se pidió permiso en la clínica, aunque no le pagaran el día. Me tomó la mano todo el rato mientras esperábamos. Me dijo no tengas miedo, que yo le dije que no tenía miedo, que solo tenía sueño. Me sacaron sangre, me pesaron, me preguntaron si me dolía algo. Les dije que un poco la espalda, pero que era por dormir mal. Me miraron raro, anotaron algo y me dijeron que siguiera igual, que todo iba estable. Estable es la palabra que usan para decir que no estoy peor, pero tampoco mejor.
Llegué al colegio a las once, en pleno recreo largo. Tenía el brazo con un parche y me dolía un poco donde me pincharon. Me puse el polerón aunque hacía calor, para tapar el parche. Entré al patio y todos estaban comprando pan con queso, corriendo, gritando. Me senté sola en la banca de siempre, al lado de la biblioteca, porque no tenía ganas de hablar con nadie.
Kael apareció a los cinco minutos. No sé cómo supo que había llegado, porque yo no le avisé. Llegó con su botella de agua y se sentó al lado mío sin preguntar. Me miró el brazo, aunque yo trataba de esconderlo, y me dijo ¿cómo te fue? Le dije estable. Me dijo ¿qué significa estable? Le dije que significa que no me voy a morir esta semana, pero que tampoco me voy a mejorar. Se quedó callado y me dijo ya, es harto.
Me preguntó si me dolía. Le dije que no, que solo tenía sueño. Me miró como ayer, como diciendo no me mientas, pero esta vez no me insistió. Sacó de su mochila algo envuelto en papel. Era un sándwich. Me dijo mi mamá me hizo dos, toma uno. Le dije que no tenía hambre. Me dijo cómetelo igual, que tienes que comer. Me lo comí. Estaba rico, tenía jamón y queso y un poco de mayonesa.
Mientras comíamos, me preguntó por la tarea de cálculo. Le dije que no la había hecho, que no entiendo nada. Me dijo yo tampoco, pero hagámosla juntos. Sacó su cuaderno y el mío. El mío tenía la lista al final, pero no la vio porque lo abrí en la parte de adelante. Nos pusimos a hacer la tarea en el suelo del patio, apoyados en la banca. La gente pasaba y nos miraba raro, un cabro de buzo y una mina con polerón en pleno calor haciendo tarea en el suelo.
No entendíamos nada los dos. Nos reímos porque los dos habíamos puesto el mismo resultado mal. La profe nos iba a retar igual. Kael me dijo mira, si no entendemos, inventemos algo que suene inteligente. Le dije ya, ponle x igual a esperanza, a ver si la profe se apiada. Se rió y lo escribió de verdad. Pusimos x igual a esperanza y abajo el desarrollo todo malo.
En un momento me mareé un poco. No fue mucho, fue como si todo se moviera un segundo. Me agarré de la banca sin que se notara. Kael se dio cuenta igual. Me dijo ¿estás bien? Le dije que sí, que era el calor. Me pasó la botella de agua y me dijo toma de a poco. Tomé de a poco.
Sonó el timbre y teníamos que entrar. Guardamos los cuadernos y nos paramos. Kael me dijo te espero en la azotea a las cuatro, como siempre. Le dije que hoy no podía, que tenía que irme temprano porque mi mamá me iba a venir a buscar para que descansara. Me dijo ya, mañana entonces. Le dije mañana.
Entré a clases y la profe de cálculo revisó la tarea. Vio lo de x igual a esperanza y se quedó mirándome. Me dijo Abril, esto qué es. Le dije que era una manera distinta de ver el problema. Todos se rieron, pero no burlándose de mí, se rieron conmigo. La profe también se rió un poco y me dijo ya, pero para mañana me trae el desarrollo bueno.
En la tarde llegué a mi casa y mi mamá estaba ahí, cosa rara, porque nunca está en la tarde. Me dijo que se había pedido la tarde libre porque quería estar conmigo. Nos sentamos en la cocina y me preguntó cómo me había ido en el colegio. Le conté lo del sándwich y lo de la tarea y lo de x igual a esperanza. Se rió. Me dijo que hacía tiempo que no me veía reírme así.
Me preguntó quién era Kael. Me quedé helada. Le dije que era un compañero del colegio. Me preguntó si era mi amigo. Le dije que sí, que nos sentábamos en la azotea a hacer nada. Me miró con esa cara de mamá que quiere preguntar más pero no pregunta para no invadir. Solo me dijo cuídate, hija.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno. Miré el punto dos, el de que alguien me esperara de verdad. Pensé en Kael esperándome en el patio sin que le avisara, con un sándwich que no era para él. Pensé en don Luis que ya nos conocía a los dos y nos dejaba cinco minutos más. Pensé en mi mamá que se había pedido la tarde libre.
Al lado del punto dos escribí: 14 de junio, me esperaron tres personas sin que yo lo pidiera. Y lo taché. Con una línea firme, no temblorosa.
Ya llevaba tres tachados. Solo me quedaba uno, el que había tapado con el dedo, el que había borrado tantas veces.
Lo miré mucho rato. No lo taché. Todavía no.
Pero por primera vez no me dio vergüenza tenerlo ahí.