Valentina Rivas es la heredera de un poderoso imperio empresarial. Tras desaparecer dos meses, regresa a casa marcada por un secreto que no puede revelar. Su matrimonio por contrato con Aniel, un hombre reservado y observador, se tensa cuando comienzan a llegar amenazas silenciosas: fotografías de su hija y mensajes que demuestran que alguien cercano conoce cada debilidad de su familia.
Mientras el tiempo del contrato se agota, Valentina debe decidir entre seguir callando para proteger a los suyos o enfrentar la verdad que podría destruirla. En un mundo donde el poder se hereda y el silencio tiene un precio, algunas herencias no se eligen.
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LA NOCHE QUE NOS CONOCIMOS
Flashback
Hay noches que no se olvidan, aunque uno intente enterrarlas bajo años de silencio y contratos firmados.
Aquella fue una de ellas.
Todavía recuerdo el olor del alcohol barato, la música demasiado alta y la sensación de que el suelo del bar se movía bajo mis pies. Tenía veinticuatro años y el corazón destrozado de una forma que solo se destrozan los corazones la primera vez que realmente te traicionan.
Mateo y Sofía.
Mi novio y mi mejor amiga.
Los dos juntos. En la misma cama mientras yo me negaba a cruzar una línea que para ellos parecía absurda yo seguía siendo virgen no por miedo al sexo en sí, sino porque quería que significara algo. Mateo se cansó de esperar. Sofía, aparentemente, no tuvo ningún problema en ocupar mi lugar.
Esa noche salí de casa de mis padres sin avisar a nadie. Agarré las llaves del auto más discreto del garage y manejé hasta un sector de la ciudad donde nadie me conocería un bar de clase media, con luces tenues, mesas de madera gastada y el tipo de gente que no preguntaba nombres. Pedí el primer trago luego el segundo. Luego perdí la cuenta.
Bebía para no pensar. Bebía para que el dolor se volviera borroso bebía porque la imagen de ellos dos juntos no se iba de mi cabeza.
No sé en qué momento los hombres empezaron a acercarse uno me ofreció otro trago otro intentó tomarme de la cintura. Un tercero, más insistente, me agarró de la mano y tiró de mí hacia la pista de baile murmurando cosas que en cualquier otro estado me habrían hecho slapearlo yo reía. O al menos eso creía en realidad solo estaba demasiado borracha para empujar.
Fue entonces cuando él apareció.
No lo vi llegar solo sentí una presencia distinta, más firme, y escuché una voz grave y controlada decir:
—¿A dónde creen que van con ella?
El tipo que me tenía agarrada se rio.
—A hacerla mi mujer esta noche. ¿Tienes algún problema?
No escuché la respuesta de Aniel. Solo el sonido seco del golpe el hombre cayó al suelo como un saco. La gente gritó alguien empujó una silla. Aniel no esperó. Me tomó del brazo con fuerza —no suficiente para lastimarme, pero sí para que no pudiera resistirme y me sacó del bar hacia el estacionamiento.
El aire frío de la noche me golpeó la cara. Me forcejeé.
—¡Suéltame! ¡No eres nadie para decirme qué hacer!
Él se detuvo junto a una fila de autos, todavía sujetándome.
—¿Tú sabes lo que esos tipos podían hacerte?
su voz era baja, contenida, pero había furia debajo
Estás tan borracha que ni siquiera puedes caminar derecho.
—Eso a ti no te importa.
escupí.—Ni te incumpe.
Me miró de arriba abajo, evaluándome. Luego preguntó con dureza:
—¿Cuál es tu auto?
—¿Me vas a robar ahora?
—¿Cuál es tu auto?
repitió, más fuerte.
Señalé uno al azar. Él se acercó, me pidió las llaves. Yo, en un acto de rebeldía borracha, le dije que estaban en mi cartera. Él la tomó y fue en ese preciso momento cuando el alcohol decidió abandonarme de la peor manera posible: me doblé hacia adelante y vomité sobre su camisa y parte de su pecho.
El mundo dio vueltas. Mis rodillas flaquearon. Sentí sus brazos rodearme antes de que cayera del todo después, todo se volvió negro.
Desperté en una cama que no era mía.
La habitación era sencilla pero elegante: paredes grises, una lámpara de mesa, una ventana con cortinas semiabiertas que dejaban entrar la luz de la ciudad. Me dolía la cabeza como si me la hubieran partido con un martillo. Intenté incorporarme y el mareo me obligó a recostarme de nuevo.
Fue entonces cuando lo vi.
Aniel estaba de pie cerca de la puerta del baño, envuelto solo en una toalla blanca anudada a la cintura. El cabello húmedo le caía sobre la frente. Tenía el cuerpo de alguien que entrenaba con disciplina: hombros anchos, abdomen marcado, brazos fuertes. Y en ese momento, bajo la toalla, era evidente que su cuerpo había reaccionado a algo.
Grité.
Él levantó las manos de inmediato, en un gesto de paz.
—Tranquila. No te hice nada. Solo te traje aquí porque te desmayaste.
—¿Dónde estoy?
mi voz salió ronca.
—Mi apartamento. Vomiaste encima de mí antes de caer me di una ducha. Iba a buscar una pijama y una manta para dormir en el sofá.
Me incorporé a duras penas, agarrándome la cabeza. Él dio un paso hacia adelante para ayudarme y, en el movimiento, pisó el extremo de la toalla. La tela cedió. Cayó al suelo.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Yo me quedé paralizada. Él maldijo por lo bajo y recogió la toalla con rapidez, cubriéndose de nuevo. Pero ya había visto todo. Y él lo sabía.
—Perdón
dijo, la voz tensa.
—Fue un accidente.
Me limité a asentar, todavía sin palabras. Él desapareció hacia lo que supuse era el clóset y volvió minutos después vestido con un pantalón deportivo y una camiseta. Se sentó en una silla lejos de la cama, dejando una distancia prudente.
—Tu teléfono está en la mesita. Intenté desbloquearlo para llamar a alguien, pero tiene contraseña. No supe a quién avisar.
Lo tomé. Efectivamente, el temporizador de bloqueo indicaba que faltaban varias horas para que se pudiera intentar de nuevo. La desconfianza me atravesó.
—¿Por qué no me dejaste en un hospital?
—Porque estabas consciente a ratos y pediste que no lo hiciera. Y porque si te dejaba en la calle en ese estado, alguien más se hubiera aprovechado.
Me pasé una mano por la cara. El ardor de la vergüenza mezclado con el dolor de cabeza era insoportable quería irme. Quería desaparecer. Pero cuando intenté ponerme de pie, el mareo me hizo tambalear. Aniel se levantó de inmediato, aunque no me tocó.
—Siéntate un momento. Te traigo agua y algo para la resaca.
Salió de la habitación. Yo me quedé sentada en el borde de la cama, con la cara entre las manos, odiándome odiando a Mateo odiando a Sofía. Odiando el hecho de que un completo desconocido hubiera tenido que rescatarme de mi propia estupidez.
Cuando regresó con un vaso de agua y una pastilla, lo acepté en silencio. Bebí. El agua fría me ayudó un poco él se quedó de pie, observándome con una mezcla de preocupación y algo más que no supe identificar.
Fue entonces cuando la idea surgió torcida. Impulsiva. Llena de rabia.
Si Mateo había podido acostarse con Sofía sin pensarlo dos veces… ¿por qué yo no podía hacer lo mismo? ¿Por qué tenía que seguir siendo la buena, la que esperaba, la que se quedaba con las manos vacías?
Levanté la vista hacia Aniel. Él era atractivo más que atractivo. Y en ese momento, borracha todavía residualmente y herida hasta el fondo, me pareció la venganza perfecta.
Me puse de pie con cuidado caminé hacia él sus ojos se abrieron un poco, sorprendidos, cuando me detuve demasiado cerca.
—¿Qué haces?
preguntó, la voz baja.
—Nada
mentí.
Y entonces lo besé.
No fue un beso suave. Fue desesperado, hambriento, lleno de todo el enojo que no sabía cómo sacar de otra forma Aniel se tensó al principio sus manos se cerraron en puños a los costados del cuerpo, como si luchara contra sí mismo. Pero solo duró un segundo después sus labios respondieron con la misma intensidad. Me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo contra él. El contacto de nuestros cuerpos me arrancó un sonido que no reconocí como mío.
La camiseta desapareció la blusa que yo llevaba también. Sus manos eran grandes, calientes, y exploraban mi piel con una urgencia contenida. Me levantó como si no pesara nada y me llevó de regreso a la cama. Su boca bajó por mi cuello, por la línea de mi clavícula, hasta el borde de mi sostén. Cuando lo quitó y cerró los labios alrededor de un pezón, arqueé la espalda.
Todo se volvió sensación.
Bajó más besó mi abdomen abrió mis piernas con suavidad y miró hacia arriba, buscando permiso. Yo asiento, incapaz de formar palabras. Y entonces su boca estuvo sobre mí lenta al principio, después más segura, encontrando el ritmo exacto que me hizo agarrar las sábanas con fuerza. El placer subió demasiado rápido me quebré contra su lengua con un gemido ahogado, temblando.
Cuando se incorporó, sus ojos estaban oscuros. Me besó otra vez, y yo saboreé mi propio sabor en su boca. La idea que Sofía me había dado alguna vez en broma —“si no estás lista, al menos puedes usar la boca”
—cruzó por mi mente como un relámpago. Lo empujé suavemente hasta que quedó recostado. Bajé abrí el pantalón lo tomé entre mis manos.
Era grande. Más de lo que había imaginado en mis limitadas fantasías. Tragué saliva y lo probé primero con la lengua, después más profundo. Aniel maldijo entre dientes, una mano enredándose en mi cabello sin forzar lo sentí tensarse. Intentó advertirme, pero no me aparté. Cuando se derramó en mi boca, me lo tragué todo, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.
Eso lo rompió.
Me giró con una facilidad sorprendente, me colocó debajo de él y se acomodó entre mis piernas. Sentí la presión de su erección contra mi entrada empujó despacio yo estaba mojada, pero igual de apretada el ardor fue inmediato agudo. Distinto a cualquier otra sensación apreté los dientes y no dije nada él notó la resistencia, frunció el ceño un segundo, pero no se detuvo del todo. Avanzó centímetro a centímetro, dándome tiempo, hasta que estuvo completamente dentro.
—Estás… muy apretada
murmuró contra mi cuello, la voz ronca.
No le respondí no le dije que era la primera vez. No le dije que el dolor se mezclaba con un placer extraño y profundo. Solo enlacé mis piernas alrededor de su cintura y lo atraje más cerca.
Empezó a moverse. Lento al principio, después con más confianza cuando sintió que mi cuerpo se adaptaba el dolor fue cediendo, reemplazado por una presión deliciosa que crecía con cada embestida gemí. Él respondió acelerando el ritmo la cama crujía. Nuestros cuerpos chocaban. El sonido de piel contra piel llenó la habitación.
Me vine otra vez, más fuerte que la primera, clavando las uñas en su espalda. Él me siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de mí con un gemido gutural.
Caímos juntos sobre el colchón, jadeando. El silencio que siguió fue distinto más íntimo aniel me atrajo contra su pecho y yo, en un acto que todavía no me explico, dejé que mi cabeza descansara allí, escuchando cómo su corazón iba calmándose poco a poco.
Creí que había terminado.
Me equivoqué.
Minutos después sentí sus labios en mi cuello otra vez. Su mano bajando por mi costado. Cuando se acomodó de nuevo entre mis piernas, ya estaba duro me miró, buscando confirmación. Yo asiento esta vez no hubo lentitud. Se enterró de un solo empuje y empezó a moverse con una fuerza controlada que me arrancó gritos que sofocó con su boca el ángulo era distinto más profundo. Cada embestida golpeaba un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Me vine temblando, y él me siguió rato después, derramándose otra vez dentro de mí.
Cuando por fin nos detuvimos, el cielo afuera empezaba a aclarar. Yo estaba exhausta, sensible, llena de él. Aniel me rodeó con un brazo y apoyó la frente contra mi hombro. Por un momento absurdo, parecíamos dos personas que se habían conocido de otra forma. Dos personas que podrían haber sido algo.
No hablamos de lo que acababa de pasar.
No hablamos de nombres.
No hablamos de consecuencias.
Solo dormimos.
Yo me desperté horas después, con el cuerpo marcado por sus manos y la certeza de que nada volvería a ser igual. Me vestí en silencio mientras él seguía dormido. Dejé una nota absurda en la mesita —“Gracias por no dejarme en la calle” y salí del apartamento sin mirar atrás.
No volví a verlo durante semanas.
Hasta que el retraso llegó.
Hasta que la prueba salió positiva.
Hasta que tuve que buscarlo para decirle que aquella noche de venganza y alcohol había dejado una consecuencia que ninguno de los dos había planeado.
Y ese fue solo el comienzo de todo lo que vendría después.
El contrato.
El matrimonio.
Anisette.
Y el silencio que, años más tarde, todavía nos separaba.
Pero esa… esa es otra historia.
Fin del Flashback