🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Capítulo 18: El Beso Bajo el Eclipse
El Pacto de las Almas había cambiado todo.
El símbolo de las dos lunas brillaba sobre la muñeca de Ayla.
El mismo símbolo apareció en la piel de Kael.
Los dos podían sentirlo.
No era imaginación.
Cada latido.
Cada respiración.
Cada emoción.
Todo era compartido.
Ayla levantó lentamente la vista.
Miró a Kael.
Y por primera vez pudo sentir exactamente lo que él sentía.
No solo verlo.
Sentirlo.
El miedo.
La esperanza.
El cansancio de haber luchado durante incontables ciclos.
Y algo más.
Algo que siempre había permanecido oculto.
Un amor inmenso.
Silencioso.
Paciente.
Tan antiguo como las tres lunas.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Ayla.
—Todo este tiempo...
Kael bajó la mirada.
—Nunca quise que lo supieras.
—¿Por qué?
Él sonrió con tristeza.
—Porque cada vez que te enamorabas de mí...
Terminabas muriendo para salvarme.
El silencio cayó entre ambos.
Ayla sintió que el corazón se rompía.
Porque también podía sentir el dolor que Kael había cargado durante siglos.
Había visto morir a Ayla una y otra vez.
Y aun así...
Siempre volvía a buscarla.
El Devorador avanzó otro paso.
El cielo comenzó a deshacerse como un cristal roto.
Fragmentos de estrellas caían sobre el reino.
Las montañas desaparecían.
Los ríos dejaban de existir.
La realidad estaba siendo borrada.
Elyon levantó ambas manos.
Una inmensa barrera de luz envolvió el Árbol del Origen.
Pero la oscuridad seguía avanzando.
—No podremos contenerlo mucho más.
Aradia observó a Ayla.
—Solo queda una posibilidad.
Narek cerró los ojos.
Ya conocía aquella respuesta.
—La Corona del Eclipse.
El Primer Rey abrió los ojos.
—No...
Todavía no.
—Ya no tenemos elección.
Respondió Aradia.
Desde las raíces del Árbol comenzó a emerger una antigua corona.
Era diferente a todas.
No estaba hecha de oro.
Ni de plata.
Parecía formada por cristal negro y pequeñas estrellas vivas.
Cada punta terminaba en una luna.
La corona flotó lentamente hasta quedar frente a Ayla.
Nadie se atrevía a tocarla.
Elyon habló con solemnidad.
—Solo la verdadera heredera puede llevarla.
Pero existe un precio.
Ayla dio un paso adelante.
—¿Cuál?
El creador guardó silencio unos segundos.
—Cuando la uses...
La Luna Negra despertará completamente dentro de ti.
Puede darte el poder para salvar este mundo...
O convertirte en aquello que todos han temido durante siglos.
El silencio fue absoluto.
Kael tomó la corona antes que ella.
Todos lo miraron sorprendidos.
—No.
Dijo con firmeza.
—No voy a permitir que cargues con esto sola.
Ayla se acercó.
Le tomó las manos.
—Ya no estoy sola.
¿Lo recuerdas?
Compartimos la misma alma.
Kael sintió un nudo en la garganta.
Sabía que tenía razón.
Pero también sabía algo que Ayla aún ignoraba.
Si ella perdía el control...
Él moriría con ella.
Una explosión sacudió el cielo.
El Devorador extendió ambos brazos.
Un gigantesco remolino de oscuridad comenzó a descender sobre el reino.
Los soldados intentaban resistir.
Pero era inútil.
Sus armas desaparecían antes de tocar al enemigo.
Las murallas se borraban.
Los árboles se desvanecían.
Todo aquello que había existido durante miles de años comenzaba a desaparecer.
Ayla respiró profundamente.
Tomó la corona.
Y en cuanto sus dedos tocaron el cristal...
El mundo desapareció.
Abrió los ojos.
Estaba completamente sola.
No había castillo.
No había guerra.
Solo un inmenso lago negro bajo un cielo lleno de estrellas.
En el centro del lago había una niña.
Vestía un sencillo vestido blanco.
Tenía el cabello oscuro.
Y unos ojos completamente violetas.
La niña sonrió.
—Al fin llegaste.
Ayla sintió un extraño cariño al verla.
—¿Quién eres?
La pequeña inclinó la cabeza.
—Soy la Luna Negra.
Ayla abrió los ojos sorprendida.
—¿Tú?
La niña asintió.
—Todos me llaman monstruo.
Pero nunca preguntaron quién era realmente.
La joven permaneció en silencio.
La niña comenzó a caminar sobre el agua.
Cada paso hacía florecer pequeñas flores plateadas.
—Nunca quise destruir este mundo.
Solo quería dejar de estar sola.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Ayla.
Porque podía sentir que aquella niña no mentía.
Todo el odio...
Toda la oscuridad...
Habían nacido de la soledad.
—¿Entonces por qué ocurre todo esto?
Preguntó Ayla.
La niña levantó lentamente la mirada hacia las estrellas.
—Porque alguien utilizó mi poder para crear el miedo.
Y cuando el miedo gobierna...
Hasta el amor se convierte en guerra.
El lago comenzó a agitarse.
La niña tomó la mano de Ayla.
—Confía en mí.
Y recuerda...
No todos los monstruos nacen siendo monstruos.
Ayla abrió los ojos de golpe.
Había regresado al campo de batalla.
La corona descansaba ahora sobre su cabeza.
Sus ojos brillaban como dos lunas violetas.
Su cabello flotaba impulsado por una energía inmensa.
Todo el reino quedó en silencio.
Incluso el Devorador dejó de avanzar.
Porque acababa de comprender algo.
La heredera ya no era solo una Noctarys.
Había aceptado a la Luna Negra.
Y eso cambiaba todas las reglas.
Kael caminó lentamente hacia ella.
Ayla lo miró.
Podía sentir su corazón.
Sus pensamientos.
Su amor.
Sin decir una palabra, ella tomó su rostro entre las manos.
Y lo besó.
No fue un beso impulsivo.
Fue una promesa.
Un juramento.
Un recuerdo de todas las vidas que habían compartido.
En el instante en que sus labios se unieron...
Una inmensa explosión de luz violeta atravesó el universo.
Las tres lunas recuperaron su brillo.
El Eclipse comenzó a romperse.
Y una voz antigua resonó entre las estrellas.
—El verdadero poder nunca fue la oscuridad...
Siempre fue el amor capaz de vencerla.
Pero, al mismo tiempo, una grieta dorada se abrió detrás del Devorador.
De ella comenzó a salir una figura desconocida.
Vestía una armadura blanca.
Llevaba una espada de cristal.
Y sus ojos eran exactamente iguales a los de Ayla.
La figura levantó la espada.
Y dijo con una voz firme:
—He venido a reclamar a la última heredera.
Continuará...