La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Dos historias.
El olor a arroz, hojas de bijao y guiso recién hecho ya no era solo parte de una rutina… ahora era el corazón de un nuevo comienzo.
La terraza de la casa de Esther había cambiado por completo. Donde antes había unas cuantas sillas viejas y un espacio olvidado, ahora había mesas plásticas limpias, un par de sombrillas para el sol y una nevera donde reposaban jugos naturales, bolis y cubetas de hielo. La brisa de la mañana traía el aroma de los pasteles calientes, y con él… los primeros clientes del día.
—¡Buenos días, Verónica! —saludó una señora al entrar.
—¡Buenos días! —respondió ella con una sonrisa amplia—. ¿Lo de siempre?
—Claro, hija… dos de pollo y uno de cerdo.
—Ya te los saco calienticos.
Verónica se movía con agilidad, segura, con una energía distinta. Sus manos ya no temblaban como antes, su voz no se quebraba. Había cansancio, sí… pero también había propósito.
Esther, desde la cocina improvisada, envolvía los últimos pasteles del día con rapidez.
—¡Se están acabando otra vez! —avisó.
—Eso es bueno, mamá —respondió Verónica mientras servía un café—. Muy bueno.
Samuel y Rodrigo hacían tareas en una de las mesas, pero no perdían oportunidad de ayudar.
—Mami, ¿le doy el jugo al señor? —preguntó Rodrigo, sosteniendo con cuidado un vaso.
—Sí, mi amor, pero despacio.
—Aquí tiene, señor —dijo el niño con una sonrisa tímida.
—Gracias, campeón —respondió el cliente, revolviéndole el cabello.
Samuel, más serio, llevaba las cuentas en una libreta.
—Mami, ya van vendidos cuarenta y dos —informó con orgullo.
Verónica lo miró con ternura.
—Mi contador estrella…
Renunciar a la casa de la señora Raquel no fue una decisión fácil… pero fue la correcta.
El día que recibió su liquidación, llegó a casa con el sobre en la mano y los ojos brillantes.
—Mamá… —dijo, sentándose frente a ella—. Vamos a invertir todo esto.
Esther la miró, sorprendida.
—¿Estás segura?
—Sí —respondió sin dudar—. Ya vimos que esto funciona… ahora vamos a hacerlo crecer.
Y así fue.
Compraron más ingredientes, más hojas, más utensilios. Adaptaron la terraza, organizaron mejor los tiempos… y poco a poco, lo que empezó como una ayuda se convirtió en un sustento.
No era fácil.
Había días en que el cansancio pesaba en los huesos, en que el calor era insoportable y en que las ventas no eran iguales… pero ya no había miedo constante.
Había estabilidad.
Había esperanza.
...
Una mañana, mientras organizaba unas bebidas en la nevera, Verónica notó algo.
O mejor dicho… a alguien.
Un hombre estaba sentado en una de las mesas, observando en silencio. No era la primera vez que lo veía. De hecho, ya había venido varias veces, siempre tranquilo, siempre respetuoso.
Alto, de mirada serena, con una expresión que parecía guardar más de lo que decía.
Ese día, sin embargo… no se levantó de inmediato después de comer.
Se quedó observando y como pensando. Finalmente, se levantó y se acercó al mostrador improvisado.
—Buenos días —dijo con voz calmada.
Verónica levantó la mirada.
—Buenos días… ¿te sirvo algo más?
Él negó suavemente.
—No… en realidad quería hablar contigo.
Ella frunció ligeramente el ceño, curiosa.
—¿Conmigo?
—Sí —respondió—. Mi nombre es Adrián García.
—Verónica Castillo —respondió ella, limpiándose las manos en el delantal.
—Lo sé.
Eso la tomó por sorpresa. Él sonrió levemente, como notando su reacción.
—He venido varias veces… y bueno… también he escuchado un poco de tu historia.
Verónica no supo qué decir de inmediato.
—Espero que no te moleste —añadió él.
—No… —respondió con cautela—. Está bien.
Hubo un breve silencio… pero no incómodo.
—Quería hacerte un encargo —continuó Adrián.
—Claro, dime.
—Necesito trescientos pasteles.
Verónica parpadeó, sorprendida.
—¿Tres… cientos?
—Sí —confirmó él—. Mitad de cerdo, mitad de pollo.
Esther, que estaba cerca, levantó la cabeza de inmediato.
—¿Trescientos? —repitió en voz baja.
Verónica miró a Adrián, aún procesando.
—¿Para cuándo los necesitas?
—Para el sábado en la mañana.
Ella hizo cálculos mentales rápidamente.
—Sí… podemos hacerlo.
—Perfecto.
Verónica asintió, aún un poco incrédula.
—¿Es para algún evento?
Adrián la miró por un momento antes de responder.
—No exactamente… —dijo—. Es para llevarlos a un pueblo. Hay muchas personas que no tienen qué comer… y quiero repartirlos allá.
El silencio cayó suave entre los dos. Verónica sintió algo en el pecho.
—Eso es… muy bonito —dijo con sinceridad.
Él se encogió de hombros ligeramente.
—Es lo que se puede hacer.
Ella lo observó con otros ojos ahora. No era solo un cliente.
—Te voy a pedir un anticipo para poder comprar todo —añadió ella.
—Claro.
Sin dudar, sacó el dinero.
—Aquí tienes.
Verónica lo recibió, sorprendida por la confianza.
—Gracias… de verdad.
Adrián asintió, pero no se fue de inmediato.
Miró hacia donde estaban los niños.
—¿Son tus hijos?
—Sí —respondió ella, con una sonrisa suave.
—Se ven buenos niños.
—Lo son.
Él asintió lentamente.
—Yo también tengo una hija… tiene cinco años.
Verónica lo miró con curiosidad.
—¿En serio?
—Sí… —respondió—. Y también… estamos saliendo adelante.
No dijo más, pero no hacía falta. Había algo en esa frase… que conectó.
...
Desde la mesa, Samuel observaba todo en silencio.
—Mami… —dijo cuando Adrián se alejó un poco—. ¿ese señor es cliente nuevo?
Verónica sonrió.
—No… ya ha venido antes.
Rodrigo intervino:
—Es buena gente… siempre dice gracias.
Eso hizo que Verónica soltara una pequeña risa.
—Sí… parece que sí.
Adrián se despidió unos minutos después, pero antes de irse, volvió a mirarla.
—Entonces… ¿quedamos para el sábado?
—Claro —respondió ella—. Aquí estarán.
Él asintió.
—Confío en ti.
Y se fue.
Verónica se quedó unos segundos mirando hacia la calle… pensativa.
—¿En qué piensas? —preguntó Esther, acercándose.
Ella bajó la mirada, sonriendo apenas.
—En que… la vida sí cambia, mamá.
Esther la miró con orgullo.
—Y apenas está empezando.
...
Esa tarde, mientras organizaban los ingredientes para el gran pedido, Verónica no podía evitar sentir algo distinto.
No era miedo. No era dolor.
Era una pequeña chispa, algo suave, incierto, pero bonito.
Y sin darse cuenta después de tanto tiempo volvía a sentirse viva.
Y en algún lugar del pueblo Adrián también sonreía, recordando la forma en que ella hablaba, la manera en que cuidaba a sus hijos, la fuerza con la que se sostenía.
Porque a veces sin buscarlo dos historias rotas comienzan a encontrarse y esta apenas estaba comenzando.
VERÓNICA CASTILLO.(imagínala con el cabello más corto)
ADRIAN GARCÍA.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones