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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16 MI PADRE NO ME CREE

La primera vez que Roberto dudó de Lucía, ella sintió que el golpe era peor que cualquier amenaza recibida por teléfono.

Hasta ese momento había tenido miedo de perder muchas cosas.

Su trabajo.

Su dinero.

Su casa.

Su libertad.

Incluso su vida.

Pero nunca había imaginado perder la confianza de su padre.

Roberto había sido la persona que, desde niña, le había enseñado a distinguir entre hacer lo correcto y hacer lo fácil.

Había sido él quien la acompañaba a sus primeros días de escuela.

Él quien esperaba despierto cuando regresaba tarde de estudiar.

Él quien le decía que jamás debía firmar algo que no comprendiera.

Él quien le repetía que una persona podía perder dinero y recuperarlo, pero que perder la palabra podía costar mucho más.

Por eso, cuando aquella mañana lo escuchó decir:

—No sé si puedo seguir creyéndote.

Lucía sintió que algo dentro de ella se rompía.

No hubo gritos.

No hubo insultos.

No hubo una discusión espectacular.

Solo una frase.

Y después silencio.

La mañana había comenzado aparentemente normal.

Teresa estaba preparando desayuno.

Diego todavía dormía.

Lucía revisaba algunos documentos en la mesa.

Había pasado gran parte de la noche clasificando papeles.

Tenía una carpeta para las operaciones bancarias.

Otra para las deudas.

Otra para los documentos de la empresa.

Otra para las comunicaciones y amenazas.

Y una pequeña libreta donde anotaba las fechas.

Había descubierto que las fechas eran importantes.

Las coincidencias también.

Por eso había empezado a construir una línea de tiempo.

Una de las primeras anotaciones decía:

17 de agosto — reunión de Mateo con Esteban, Valentina y Darío.

Después:

Meses posteriores — movimientos con mis datos.

Luego:

Día de la boda — amenaza, desaparición de Mateo y asesinato.

Y después:

Posterior a su muerte — documentos a mi nombre, cuentas bloqueadas, amenazas y seguimiento.

Había una secuencia.

Todavía no podía explicarla completamente.

Pero la veía.

Y esa secuencia era lo único que sentía que podía controlar.

Hasta que Roberto llegó a la cocina.

Traía un sobre en la mano.

—¿Qué es eso? —preguntó Teresa.

Roberto no respondió.

Miró a Lucía.

—Necesitamos hablar.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué pasó?

Roberto dejó el sobre sobre la mesa.

—Me llamaron de la fiscalía.

Lucía sintió un pequeño golpe en el pecho.

—¿Qué dijeron?

—Que apareció otro documento.

—¿A mi nombre?

—Sí.

Lucía cerró los ojos.

—Ya sabemos que están haciendo eso.

—No es solo eso.

Roberto sacó la hoja.

—Hay una declaración.

Lucía tomó el documento.

Leyó.

La letra estaba impresa.

Era una declaración atribuida a Mateo.

Según el documento, él afirmaba que Lucía conocía determinadas operaciones financieras.

Que había autorizado algunos movimientos.

Que sabía de ciertas cuentas.

Que estaba al tanto de las actividades de la empresa.

Lucía sintió que la sangre se le iba del rostro.

—Esto es falso.

Roberto permaneció callado.

—Papá.

—Lo sé.

—No.

Él la miró.

—No sé si lo sé.

Lucía quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Roberto bajó la mirada.

—Quiero decir que ya no sé qué es verdad.

Teresa dejó la cuchara sobre la mesa.

—Roberto.

—No estoy acusándola.

Lucía lo miró.

—Sí lo estás.

—No.

—Acabas de decir que no sabes si puedes creerme.

Roberto respiró profundamente.

—Porque aparecen demasiadas cosas, Lucía.

—¡Porque las están fabricando!

—¿Y cómo lo sabes?

La pregunta la golpeó.

Lucía abrió la boca.

No encontró una respuesta inmediata.

—Porque...

—¿Porque Mateo lo hizo?

—No.

—Entonces ¿quién?

Lucía guardó silencio.

Roberto insistió:

—¿Quién está falsificando esos documentos?

—Esteban.

—¿Lo has visto?

—No.

—¿Tienes una prueba directa?

—Tengo documentos.

—Documentos que están relacionados con personas que apenas conoces.

—Tengo una carpeta.

—Una carpeta no demuestra que seas inocente.

Lucía sintió que los ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—¿Entonces qué quieres que haga?

Roberto no respondió.

—¿Quieres que encuentre una cámara que demuestre que no firmé?

—No.

—¿Quieres que te consiga una grabación?

—Lucía...

—¿Quieres que te traiga a Mateo para que te diga que me usó?

La última frase salió rota.

Roberto bajó la cabeza.

—No.

—Porque está muerto.

Silencio.

—Y él ya no puede defenderme.

Teresa se acercó.

—Roberto, basta.

Él miró a su esposa.

—Tengo miedo.

Lucía se quedó quieta.

—Yo también tengo miedo.

—No sabes lo que es recibir una llamada y escuchar que pueden detener a tu hija.

Lucía sintió una punzada.

—¿Te dijeron eso?

Roberto asintió.

—Esta mañana.

Teresa se llevó una mano al pecho.

—¿Quién?

—No lo sé.

Lucía miró a su padre.

—¿Y qué te dijeron exactamente?

Roberto tardó en responder.

—Que si seguías investigando, terminarías acusada.

Lucía cerró los ojos.

—Eso es lo que quieren.

—¿Qué?

—Que tengan miedo.

Roberto la observó.

—¿Y si tienen razón?

Lucía levantó la mirada.

—¿En qué?

—En que debes dejar de buscar.

Ella lo miró incrédula.

—Si dejo de buscar, me culpan.

—Quizá si te quedas quieta...

—Papá.

—Solo quiero mantenerte viva.

—Yo también.

—Entonces déjalo.

Lucía negó lentamente.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque ellos no van a parar.

—Tal vez sí.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

Lucía señaló los documentos.

—Porque ya me quitaron el dinero.

Después señaló otra carpeta.

—Me quitaron el trabajo.

Luego el teléfono.

—Han amenazado a Diego.

Y finalmente señaló la puerta.

—Han venido hasta aquí.

Su voz bajó.

—No están esperando que me quede quieta.

Roberto guardó silencio.

—Están esperando que desaparezca.

Diego apareció en la cocina.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió inmediatamente.

Diego miró la mesa.

Vio los documentos.

—Otra vez.

Lucía asintió.

—Sí.

—¿Qué hicieron?

—Intentan hacerme responsable.

Diego miró a su padre.

—¿Y tú le crees?

Roberto no respondió.

Diego frunció el ceño.

—Papá.

—No es tan sencillo.

—Sí es sencillo.

—No.

—O le crees o no.

Roberto golpeó ligeramente la mesa.

—¡No me obligues a elegir entre tener miedo y tener confianza!

Diego quedó callado.

Lucía también.

Roberto respiró profundamente.

Después se sentó.

Parecía exhausto.

—No quiero perder a mi hija.

Lucía se acercó.

—Entonces no me pierdas ahora.

Roberto levantó la mirada.

—No sé cómo ayudarte.

—No necesitas saber cómo.

—¿Entonces?

—Solo necesito que me creas cuando te diga que no hice esto.

Él la miró durante varios segundos.

Pero no respondió.

Y esa ausencia de respuesta fue suficiente.

Lucía salió de la cocina.

Entró en su habitación.

Cerró la puerta.

Se sentó en la cama.

Por primera vez desde que comenzara todo, sintió que realmente estaba sola.

Había pensado que el mayor peligro eran las personas que la perseguían.

Se había equivocado.

Lo más doloroso era que la sospecha comenzara a entrar en su propia casa.

No podía culpar completamente a Roberto.

Los documentos existían.

Las firmas parecían auténticas.

Las cuentas habían sido utilizadas.

Los nombres estaban registrados.

Y Mateo había muerto antes de poder explicar completamente su participación.

Desde afuera, incluso una persona inocente podía parecer culpable.

Pero eso no hacía que doliera menos.

Lucía tomó la libreta.

Escribió:

“Papá no me cree.”

Se quedó mirando la frase.

Después la tachó.

Volvió a escribir:

“Papá tiene miedo.”

Esta vez no la tachó.

Era más fácil de aceptar.

No quería pensar que su padre había dejado de quererla.

Simplemente tenía miedo.

Miedo de que su hija estuviera involucrada.

Miedo de que la familia fuera destruida.

Miedo de que todo lo que había construido desapareciera.

Lucía entendía ese miedo.

Pero entenderlo no significaba que no doliera.

A mediodía, recibió una llamada de Irene.

—¿Qué ocurrió?

Lucía tardó en responder.

—Mi padre empezó a dudar de mí.

Irene guardó silencio.

—Es normal.

Lucía frunció el ceño.

—¿Normal?

—Cuando una persona es atacada por una red así, primero destruyen su dinero. Después su reputación. Y finalmente intentan destruir las relaciones que podrían protegerla.

Lucía sintió frío.

—¿Quieres decir que también están buscando dividir a mi familia?

—Sí.

—Entonces van a conseguirlo.

—No necesariamente.

—Ya empezó.

Irene suspiró.

—Tienes que entender algo.

—¿Qué?

—No puedes controlar lo que otros creen.

—Entonces ¿qué puedo controlar?

—Lo que puedes demostrar.

Lucía miró los documentos.

—¿Y cómo demuestro que no hice nada?

—Construyendo una historia más sólida que la que están fabricando.

—¿Cómo?

—Fechas.

—Ya las tengo.

—Movimientos bancarios.

—También.

—Personas.

Lucía sacó una hoja.

—Tengo nombres.

—¿Qué más?

Lucía pensó.

—Testigos.

—Exactamente.

Irene continuó:

—Debes reconstruir tu vida desde fuera de la historia que Mateo dejó.

Lucía entendió.

—Trabajo.

—Sí.

—Mis horarios.

—Sí.

—Mis movimientos.

—Sí.

—Las personas con las que estuve.

—Sí.

—Los lugares donde estaba cuando aparecen esas operaciones.

—Exacto.

Lucía miró la carpeta.

De repente comprendió algo.

No necesitaba demostrar únicamente que no había firmado.

Tenía que demostrar que físicamente no podía haber realizado ciertas operaciones.

Necesitaba una línea temporal de su propia vida.

Y entonces recordó algo.

—Mi trabajo.

—¿Qué?

—Tenemos registros de entrada y salida.

Irene se quedó en silencio.

—¿Eso importa?

—Puede importar mucho.

Lucía pasó la tarde reuniendo información.

No salió de casa.

Revisó sus antiguos correos laborales.

Los horarios.

Los registros.

Las fotografías.

Los recibos.

Las conversaciones.

Los pagos.

Los trayectos.

Cada pequeño detalle podía convertirse en una prueba.

Descubrió que el día en que se había realizado una de las primeras operaciones a su nombre, ella estaba trabajando.

Su correo tenía actividad.

Había enviado un documento a las once y cuarenta y tres.

Había recibido otro a las doce y cinco.

La operación bancaria aparecía registrada a las once y cincuenta.

Lucía miró la hora.

Era imposible.

Ella había estado frente a una computadora en la oficina.

Además, el registro de ingreso mostraba que había entrado a las 7:58 de la mañana y salido a las 6:07 de la tarde.

Una pequeña esperanza apareció.

Por primera vez.

Tenía algo.

No era suficiente.

Pero era algo.

A las seis de la tarde, Roberto entró a su habitación.

Lucía estaba revisando documentos.

—¿Puedo pasar?

Ella levantó la mirada.

—Sí.

Roberto cerró la puerta.

Se quedó de pie.

—Lo siento.

Lucía no respondió.

—No debí decirte eso esta mañana.

Ella bajó la mirada.

—Te entiendo.

—No.

—Papá...

—No me entiendas todavía.

Roberto se acercó.

—Tengo miedo.

Lucía lo miró.

—Lo sé.

—Cuando me dijeron que tu nombre aparecía en esos documentos...

Su voz se quebró.

—Pensé que quizá no te conocía tanto como creía.

Lucía sintió una punzada.

—Eso dolió.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé.

Roberto se sentó.

—Pero también sé que algo no encaja.

Lucía levantó la mirada.

—¿Qué?

—Conozco a mi hija.

Lucía comenzó a llorar.

—No sé si el problema es que no te conozco.

Roberto negó.

—El problema es que quiero saber qué están haciendo contigo.

Lucía se acercó.

—Estoy tratando de descubrirlo.

—Entonces déjame ayudarte.

—Pensé que no me creías.

—Te creo.

—¿De verdad?

Roberto asintió.

—Sí.

Lucía lo abrazó.

Por primera vez en varios días, lloró contra el pecho de su padre como cuando era niña.

—Tengo miedo —dijo.

—Yo también.

—No quiero que les pase nada.

—Tampoco nosotros queremos que te pase algo.

Roberto la sostuvo.

—Pero a partir de ahora no harás esto sola.

Lucía asintió.

A la mañana siguiente, Roberto fue con ella hasta la oficina donde trabajaba.

Lucía necesitaba pedir copias de los registros.

El antiguo jefe la recibió con gesto incómodo.

—Lucía.

—Necesito solicitar algo.

—¿Qué?

—Los registros de ingreso y salida.

—¿Para qué?

—Para una investigación.

El hombre la miró.

—Claro.

—También necesito copia de algunos correos enviados desde mi cuenta laboral durante determinadas fechas.

—Eso puede requerir autorización.

—Haré el trámite necesario.

El hombre asintió.

—Voy a ayudarte.

Lucía sintió alivio.

Pero mientras esperaba, vio algo.

En la recepción había un hombre sentado.

No parecía empleado.

Llevaba un traje oscuro.

Tenía un teléfono en la mano.

Lucía lo observó.

Él levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

El hombre no apartó la mirada.

Lucía sintió un escalofrío.

—Papá.

Roberto se giró.

—¿Qué pasa?

—Ese hombre.

El hombre se levantó inmediatamente.

Caminó hacia la salida.

Roberto fue detrás.

Pero cuando llegó a la puerta, ya había desaparecido.

—¿Lo conoces?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

El antiguo jefe observó la escena.

—¿Quién era?

Lucía negó.

—No lo sé.

Esa misma tarde, recibió una fotografía.

Era una imagen tomada desde lejos.

Lucía aparecía entrando a la oficina.

Roberto estaba junto a ella.

En la parte inferior se podía leer:

“Tu padre también está en nuestra lista.”

Lucía sintió que el miedo se convertía en rabia.

—No.

Roberto vio la fotografía.

Su expresión cambió.

—Ya no se trata de ti.

—No.

—Entonces tenemos que irnos.

Lucía negó.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque si nos vamos ahora, exactamente eso es lo que esperan.

Roberto frunció el ceño.

—¿Qué propones?

Lucía miró la fotografía.

—Que dejemos de reaccionar.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero que ellos crean que seguimos haciendo lo que esperan.

Roberto la observó.

—Explícate.

Lucía respiró.

—Están observando nuestros movimientos.

—Sí.

—Entonces podemos usar eso.

—¿Cómo?

Lucía tardó.

—No lo sé todavía.

Pero por primera vez la idea apareció en su mente.

No tenía que ganarles fuerza.

No tenía que enfrentarlos directamente.

Podía utilizar sus propias expectativas en contra de ellos.

Esa noche, Lucía volvió a ordenar los documentos.

Esta vez hizo una tabla.

Fecha.

Hora.

Operación.

Documento.

Ubicación de Lucía.

Persona relacionada.

Prueba disponible.

Era meticulosa.

Revisó cada línea.

Después detectó algo.

Había una operación que se suponía que había realizado a las cuatro de la tarde.

Pero ese día Lucía estaba en otro distrito.

Había una fotografía familiar.

Teresa aparecía junto a ella.

Diego también.

Habían ido a comprar medicamentos.

La fotografía tenía hora automática.

4:13 p. m.

La operación había sido registrada a las 4:07 p. m.

No podía estar en dos lugares al mismo tiempo.

Lucía sonrió por primera vez en días.

—Te encontré.

Roberto se acercó.

—¿Qué?

—Una contradicción.

Le explicó.

Roberto observó el documento.

—Eso sirve.

—Sí.

—Entonces hagamos una copia.

Lucía asintió.

—Y otra.

—¿Para quién?

Lucía pensó.

—Para nosotros.

Durante esa noche, algo cambió entre padre e hija.

Ya no había una persona protegiendo a otra.

Comenzaban a trabajar juntos.

Roberto aportaba memoria.

Teresa aportaba recibos.

Diego revisaba fotografías.

Lucía organizaba todo.

La familia empezó a reconstruir su propia vida como si estuviera armando un rompecabezas.

No buscaban únicamente qué había hecho Mateo.

Buscaban demostrar qué había hecho Lucía realmente.

Era una diferencia enorme.

Porque por primera vez dejaban de preguntarse:

“¿Qué hizo Mateo?”

Y comenzaban a preguntarse:

“¿Dónde estaba Lucía cuando todo aquello ocurría?”

La respuesta empezaba a formar una defensa.

Tres días después, el fiscal recibió una carpeta.

Dentro había registros laborales.

Fotografías.

Recibos.

Mensajes.

Horarios.

Movimientos bancarios.

Una línea de tiempo.

El fiscal revisó todo.

Cuando terminó, miró a Lucía.

—Esto cambia algunas cosas.

Ella respiró.

—¿En qué sentido?

—Hay varias operaciones que usted no pudo haber realizado físicamente.

Lucía sintió alivio.

—Entonces me creerán.

El fiscal guardó silencio.

—No es tan sencillo.

Lucía bajó la mirada.

—Lo imaginé.

—Pero ahora tenemos una contradicción importante.

—¿Cuál?

—Alguien estaba operando con sus datos mientras usted estaba en otros lugares.

Lucía sintió que una pieza encajaba.

—Entonces podemos demostrar que fui utilizada.

—Podemos intentarlo.

—¿Y Mateo?

El fiscal la miró.

—Eso todavía no responde qué participación tuvo él.

Lucía sintió una tristeza profunda.

Incluso muerto, Mateo seguía siendo una pregunta.

Afuera de la fiscalía, Roberto la esperaba.

—¿Qué dijo?

—Tenemos pruebas.

—¿Buenas?

—Suficientes para demostrar que algunas operaciones no las hice yo.

Roberto sonrió por primera vez.

—Entonces estamos avanzando.

Lucía lo miró.

—Sí.

Pero había algo más.

Mientras salían, Lucía vio a un hombre al otro lado de la calle.

Traje oscuro.

Mirada fija.

Darío.

Ella lo reconoció.

No porque lo hubiera visto muchas veces.

Sino porque había aprendido su rostro de fotografías.

Él estaba allí.

Observándola.

Lucía se quedó inmóvil.

Roberto siguió su mirada.

—¿Quién es?

Lucía respondió:

—El hombre que nos está buscando.

Darío no se acercó.

No hizo ningún gesto.

Solo la miró.

Después se dio la vuelta y desapareció entre la gente.

Lucía respiró profundamente.

—¿Qué hacemos?

Roberto tomó su mano.

—Nos vamos.

Caminaron.

Sin correr.

Sin mirar atrás.

Pero Lucía supo que aquel encuentro significaba algo.

Darío había querido que ella lo viera.

Y lo había conseguido.

Esa noche, Lucía escribió en su cuaderno:

“Hoy mi padre volvió a creerme.”

Después agregó:

“Pero ahora sé que quieren que mi familia se vuelva contra mí.”

Y finalmente:

“No lo permitiré.”

Se quedó observando las palabras.

La vida que tenía antes de Mateo parecía cada vez más lejana.

Pero algo estaba cambiando.

No estaba recuperando lo perdido.

Estaba aprendiendo a construir algo nuevo con lo que quedaba.

A las once y treinta, llegó un mensaje.

“Disfruta de la confianza de tu padre mientras puedas.”

Lucía lo leyó.

Después llegó otro.

“La próxima prueba será más difícil de explicar.”

Ella no respondió.

Guardó el teléfono.

Miró a su padre, que dormía en la habitación contigua.

Miró a Teresa.

Miró a Diego.

Y comprendió que la amenaza ya no era una cuestión individual.

Habían decidido atacar el vínculo más importante que tenía.

Su familia.

Lucía apagó la luz.

Pero antes de dormir escribió una última frase:

“Pueden intentar hacerme parecer culpable. Pueden quitarme el dinero. Pueden quitarme el trabajo. Pueden obligarme a huir. Pero no voy a dejar que conviertan a mi familia en mis enemigos.”

Cerró el cuaderno.

Y, por primera vez desde la boda, durmió unas horas seguidas.

No porque el peligro hubiera desaparecido.

Sino porque había recuperado algo que creía perdido.

La confianza de su padre.

Sin embargo, al amanecer descubriría que esa misma confianza sería puesta a prueba de una manera mucho más cruel.

Porque el siguiente documento que aparecería no llevaría solamente la firma de Lucía.

Llevaría también la firma de Roberto.

Y entonces la familia tendría que enfrentarse a una nueva pregunta:

¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían destruirlos?

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