Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
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CAPITULO 13. LA ALIANZA DEL SILICIO Y EL DINERO.
El campus de la prestigiosa universidad londinense donde Tom continuó sus estudios superiores era un ecosistema de privilegios y mentes competitivas, pero para el joven especialista de los números, aquel entorno no era más que otro tablero de ajedrez donde adelantar jugadas. A sus diecinueve años, Tom se movía entre las aulas de la facultad de Ciencias Económicas con la frialdad de un témpano. Su mente superdotada asimilaba las teorías del mercado, los modelos de equilibrio general y los sistemas informáticos de inversión a una velocidad que dejaba atrás a los propios catedráticos. Sin embargo, su vida social era nula; esquivaba las fraternidades, las fiestas universitarias y los grupos de debate, ganándose la reputación de ser un genio inaccesible, un hombre de piedra cuyo único interés residía en las pantallas que parpadeaban con los índices bursátiles de la Bolsa de Londres.
Fue durante el segundo año de la carrera cuando la rutina de Tom chocó con una fuerza intelectual equivalente a la suya, aunque de una naturaleza completamente distinta. En el laboratorio de sistemas y análisis computacional de la universidad, los estudiantes debían desarrollar un algoritmo capaz de predecir la volatilidad de las divisas internacionales. Mientras la mayoría de los alumnos trabajaba en parejas o sufría tratando de estructurar el código, Tom completó el suyo en solitario antes de la mitad de la clase. Al ir a entregar el disquete con el proyecto, se percató de que otro joven permanecía de pie frente al escritorio del profesor, discutiendo acaloradamente sobre la arquitectura del sistema operativo de la red universitaria.
Era Gustav. Alto, de complexión atlética, cabello rubio alborotado y una mirada perspicaz que destilaba una seguridad desbordante. Gustav no estudiaba Economía, sino Ingeniería de Sistemas y Desarrollo de Software. Poseía una mente analítica brillante para la programación, el silicio y la creación de redes complejas, siendo el polo opuesto a la introversión de Tom: era carismático, hablador y poseía una capacidad innata para descifrar el comportamiento humano a través de los datos.
—Tu algoritmo de predicción tiene un cuello de botella en la línea cuarenta y dos, economista —soltó Gustav de repente, girándose hacia Tom en cuanto el profesor se retiró a atender una llamada—. Es robusto en la teoría matemática, pero si el mercado sufre un colapso de liquidez simultáneo en dos divisas, el código entrará en un bucle infinito y colapsará el servidor de la firma. Necesitas una ruta de escape lógica.
Tom frunció el ceño, deteniéndose en seco. Clavó sus intensos ojos verdes en el muchacho rubio, sintiendo una punzada de molestia que rápidamente se transformó en un frío interés profesional. Regresó a su terminal, tecleó una simulación de crisis financiera extrema en el sistema y observó la pantalla. Gustav tenía toda la razón; el programa se congeló tras procesar diez mil variables simultáneas.
—¿Cómo lo has sabido sin ver el flujo completo? —preguntó Tom, con su habitual voz ronca y pausada.
—Porque tú confías demasiado en la perfección de las matemáticas, y yo sé que las máquinas las construyen hombres falibles —respondió Gustav, acercándose con una sonrisa descarada y extendiéndole la mano—. Me llamo Gustav. He estado revisando tus notas de macroeconomía en la red de la facultad. Eres un monstruo con los números, pero te falta la infraestructura técnica para hacer que tus proyecciones se ejecuten a tiempo real. Yo puedo construir el software; tú pones la estrategia financiera. Piénsalo. Podríamos hacer mucho dinero antes de graduarnos.
Tom observó la mano extendida de Gustav. Su naturaleza desconfiada, forjada en los pasillos hostiles del orfanato de Santa María, le dictaba mantener las distancias. Sin embargo, su mente de economista vio de inmediato el valor estratégico de aquella alianza. El desarrollo de software financiero automatizado era el futuro del sector, y Gustav poseía la llave tecnológica que él necesitaba para expandir su influencia y, por encima de todo, para financiar la costosa estructura que requería su búsqueda privada.
—Tom —articuló de manera escueta, sellando el pacto con un firme apretón de manos—. Mañana a las siete de la tarde en la biblioteca financiera. Trae tu portátil. Vamos a reescribir ese código.
A partir de aquella tarde, nació una fraternidad inquebrantable. Gustav se convirtió en el hermano, amigo y confidente que Tom jamás pensó volver a tener tras la pérdida de Alie. El ingeniero informático fue el único capaz de perforar la coraza de silencio del especialista de los números, descubriendo la profunda herida que el joven arrastraba desde el día en que regresó a Kent y encontró el desván vacío.
Durante los siguientes tres años, mientras ponían en marcha los cimientos de lo que en el futuro sería una de las firmas de consultoría y gestión de capitales más importantes de las islas británicas, Gustav ayudó a Tom en su misión más sagrada. Utilizando sus conocimientos avanzados de programación, Gustav diseñó rastreadores de datos e intentó vulnerar, de forma confidencial y anónima, los registros digitalizados de adopción internacional del Reino Unido. Moviéndose en los límites de la legalidad cibernética, el informático buscó cualquier rastro de una niña llamada Alesandra que hubiera salido con destino al extranjero en las fechas exactas de la baja de Santa María.
Sin embargo, el muro legal de las adopciones internacionales de la época estaba blindado con protocolos analógicos y encriptaciones de alta seguridad gubernamental. Las agencias estatales y los consulados protegían las identidades de las familias de acogida con un celo absoluto para evitar que los lazos biológicos o los entornos pasados interfirieran en las nuevas vidas de los menores. Año tras año, cada búsqueda automatizada que Gustav ejecutaba chocaba contra una pared de confidencialidad o arrojaba miles de resultados idénticos imposibles de cribar sin un apellido o una ubicación exacta.
—Lo siento, Tom —le confesó Gustav una noche, tras pasar horas frente a tres monitores que mostraban pantallas de error de acceso en un servidor gubernamental—. El sistema analógico británico es un búnker. Si la adopción se tramitó bajo la categoría de protección de identidad absoluta, los datos físicos se archivaron en papel en un sótano ministerial y se destruyeron las copias digitales de origen. A menos que tengamos el nombre de la familia adoptiva o el país exacto al que voló, es como buscar una gota de agua específica en mitad del océano Atlántico.
Tom, que se encontraba de pie junto al ventanal del apartamento que ahora compartían como oficina improvisada, apretó los puños en los bolsillos de su pantalón. Su mirada verde se fijó en el reflejo de los rascacielos de Londres sobre el cristal. Habían pasado cuatro años desde la despedida en la campiña inglesa, y la impotencia volvía a morderle las entrañas.
—No me voy a rendir, Gustav —dictaminó Tom, y su voz sonó como un decreto inamovible—. Si los datos no se pueden comprar ni hackear desde aquí abajo, significa que aún no somos lo suficientemente grandes. Si el océano es demasiado inmenso, compraremos el océano. Seguiremos expandiendo la firma. Necesitamos más capital, más influencia, contratos internacionales. Tarde o temprano, un hilo de nuestro negocio cruzará la frontera correcta y me devolverá a Alie. No me importa cuánto tiempo tome ni cuántos millones de libras requiera el proceso.
Gustav observó a su socio con una mezcla de profunda admiración y lástima. Sabía que aquella obsesión era el motor que convertía a Tom en un estratega financiero infalible, un hombre que no temía al riesgo porque ya lo había perdido todo en la infancia. El pacto de la alianza del silicio y el dinero quedó sellado bajo la promesa silenciosa de un informático dispuesto a seguir picando piedra en la red y un economista decidido a asaltar la cima del mundo empresarial con tal de cumplir la palabra que le dio a una niña de ojos azules bajo el solsticio de Kent.