Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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6. Capítulo 6
Pequeños pasos en una casa helada
La mañana en la mansión Mercier comenzó de una manera completamente inusual. Durante cinco años, los desayunos en esa casa siempre fueron fríos y silenciosos. Mateo solía salir antes de que saliera el sol sin dirigirle la palabra a Isabela, dejando a la joven con la única compañía de su tristeza y la mirada inocente de su hijo Mael.
Sin embargo, ese día todo cambió.
Isabela bajó a la cocina con Mael de la mano, preparada para hacer el desayuno como de costumbre. Sorprendentemente, al entrar al comedor, se encontró con una escena que la dejó petrificada: la mesa estaba servida con frutas frescas, pan recién horneado y el té preferido de Isabela. Mateo, vistiendo solo una camisa blanca de mangas remangadas y sin la rigidez de sus trajes ejecutivos, preparaba un tazón de cereales.
—Buenos días —dijo Mateo con una sonrisa suave y tímida en cuanto los vio entrar.
Mael se escondió instintivamente detrás de las faldas de su madre. El niño estaba acostumbrado al distanciamiento de su padre, por lo que la presencia repentina de Mateo le generaba desconfianza.
—¿Qué significa esto, Mateo? —preguntó Isabela, manteniendo la guardia en alto y una distancia prudente.
—Solo quise preparar el desayuno para ustedes —respondió Mateo con la voz serena, bajando la mirada al notar el rechazo involuntario de su hijo—. Sé que durante años te dejé toda la carga del hogar, Isabela. No pretendo que esto borre el pasado, pero es lo mínimo que puedo hacer.
Isabela caminó hacia la mesa con frialdad. Sentó a Mael y le sirvió su tazón, asegurándose de probar el alimento primero antes de dejar que su hijo comiera. La falta de confianza en sus ojos era un dardo transparente que perforaba el pecho de Mateo, pero él aceptó en silencio el castigo de su propia cosecha.
—No necesito que hagas esto —expresó Isabela firmemente—. Viví cinco años atendiendo este hogar sola. Que de la noche a la mañana quieras jugar al esposo y padre perfecto solo me parece una falta de respeto a todo el dolor que me hiciste pasar.
—Tienes toda la razón en dudar de mí, Isabela —admitió Mateo sin defenderse ni levantar la voz—. Te fallé de la peor manera. Pero te prometo con mi vida que no es un juego. No me iré a la empresa hoy; me quedaré a apoyarte con lo que necesites.
Antes de que Isabela pudiera responder con mayor firmeza, el sonido del timbre de la residencia interrumpió la tensión. Mateo caminó a abrir la puerta y se encontró con una visita muy especial: su madre, la señora Helena Mercier.
Mamá de Mateo.
Helena era una mujer elegante, de gran carácter y un corazón enorme. Desde el primer día en que conoció a Isabela años atrás, la amó como a una verdadera hija, siendo la única en la familia que siempre abogó por ella y condenó la ceguera y frialdad de Mateo.
—¡Mateo! —exclamó Helena al entrar, observando a su hijo con sorpresa—. ¿Qué haces en casa a esta hora? Pensé que estarías en la corporación como siempre.
—Madre... qué bueno que viniste —dijo Mateo ofreciéndole un abrazo sincero que tomó por sorpresa a la mujer—. Decidí que la empresa puede esperar. Mi prioridad es mi familia.
Helena abrió los ojos de par en par, incrédula ante el tono cambiado de su hijo. Al avanzar hacia el comedor y ver a Isabela y a Mael, la mujer corrió a abrazar a su nuerita con un cariño maternal incondicional.
—¡Mi niña hermosa! ¿Cómo estás? —dijo Helena besando la mejilla de Isabela y luego cargando al pequeño Mael, quien sonrió feliz al ver a su abuela—. Vine a visitarlos porque tenía una corazonada extraña... Mateo, ¿puedes explicarme qué está pasando aquí? Te noto distinto.
Mateo miró a Isabela, quien mantenía el rostro serio, y luego volvió la mirada hacia su madre con profunda humildad.
—Mamá... me di cuenta de lo ciego y miserable que fui durante cinco años —confesó Mateo frente a ambas—. Le causé mucho dolor a Isabela y descuidé a mi hijo por estar atrapado en tonterías. He decidido cambiar por completo. Quiero recuperar a mi familia y ganarme el perdón de la mujer que amo.
Helena miró a su hijo fijamente, buscando cualquier rastro de falsedad en su rostro. Al notar la sinceridad y las lágrimas retenidas en los ojos de Mateo, soltó un largo suspiro.
—Más te vale que sea verdad, Mateo Mercier —sentenció Helena con firmeza maternal—. Isabela ha aguantado más de lo que cualquier mujer debería soportar en esta vida. Si esto es otra de tus equivocaciones, no solo perderás a tu esposa, también me perderás a mí como madre. Isabela cuenta con todo mi respaldo.
—Lo sé, mamá. Y acepto las consecuencias —respondió Mateo con humildad.
Más tarde esa misma mañana, Mateo aprovechó un momento a solas en su estudio para realizar una llamada urgente. Contactó directamente al director del hospital donde se encontraba la madre de Isabela, la señora Elena.
—Doctor, habla Mateo Mercier —dijo con voz autoritaria y resuelta—. Necesito que trasladen inmediatamente a la madre de Isabela a la mejor suite médica del hospital. Traiga a los mejores especialistas en hepatitis C del país y traigan los tratamientos importados más avanzados de Europa. No me importe lo que cueste, yo asumiré absolutamente todos los gastos en secreto.
Mamá de Isabela.
Mateo colgó el teléfono y miró a través de la ventana. Sabía que comprar medicamentos no borraba sus faltas, pero salvar a la suegra que jamás pudo cuidar en el pasado era el primer paso real para aliviar el peso del corazón de Isabela.
En la sala, Isabela observaba desde lejos cómo Mateo intentaba armar un castillo de juguetes junto a Mael. El niño reía tímidamente por primera vez al ver a su padre sentarse en el suelo a jugar. Aunque el corazón de Isabela sentía un leve alivio al ver a su hijo feliz, su mente permanecía alerta.
"Cinco años de desprecio no se borran en un solo día, Mateo", pensó Isabela para sus adentros, prometiéndose a sí misma que protegería su corazón hasta estar completamente segura de que el arrepentimiento de su esposo era real.