Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 20
Capítulo 20
El papel
El viernes amaneció con lluvia.
Valentina se despertó con el sonido del agua golpeando las ventanas de la habitación principal y el olor a tierra mojada que se colaba por una rendija que Nana Carmela nunca había logrado sellar. Se quedó acostada un minuto, mirando el techo, con la mano izquierda sobre el hombro derecho. Ahí donde él la había tocado anoche. La tela del suéter ya no guardaba nada, pero la piel debajo insistía en recordar.
Se levantó y se duchó sin pensar. Se vistió con unos jeans y un suéter de algodón que no era de Mariana sino suyo —se lo había comprado con la tarjeta de Alejandro en un descuido que eligió no examinar— y bajó a la cocina.
Alejandro no estaba.
—El señor salió temprano —dijo Nana Carmela, poniéndole el jugo verde y la tableta de ácido fólico en la barra—. Tiene reunión en la oficina todo el día. Dijo que no lo esperara para comer.
Valentina desayunó sola. Los huevos revueltos le supieron a sábado sin él, que era distinto a los sábados de antes, cuando su ausencia era un alivio. Ahora era un hueco.
Lavó su plato —Nana protestó, como siempre— y subió a la oficina a trabajar. Tenía tres contratos pendientes de traducción y un informe financiero que Alejandro necesitaba para el lunes. Tradujo durante cuatro horas sin parar, con el café enfriándose a su lado y la lluvia como único ruido de fondo.
A las dos de la tarde, bajó a buscar más café. La casa estaba en silencio. Nana Carmela había ido al mercado. Bruno estaba con Alejandro. El guardia de la entrada era una figura borrosa detrás de la lluvia.
Valentina pasó frente al estudio de Alejandro.
La puerta estaba entreabierta. Nunca estaba entreabierta. Alejandro cerraba su estudio con llave cuando salía, un hábito que Bruno le había confirmado una vez sin que ella preguntara. Pero hoy la puerta mostraba una franja de oscuridad de tres centímetros, como si alguien hubiera salido con prisa y olvidado empujarla hasta el final.
Valentina se detuvo. Miró hacia el pasillo. Vacío.
Empujó la puerta.
El estudio olía a él: madera, cuero de los sillones, y ese residuo de colonia que impregnaba todo lo que tocaba. El escritorio era de caoba oscura, enorme, con una laptop cerrada en el centro y dos pilas de carpetas a los lados. La silla de cuero estaba girada hacia la ventana, como si Alejandro se hubiera levantado mirando la lluvia.
Valentina entró tres pasos. Sabía que no debía estar ahí. Sabía que si Alejandro la encontraba en su estudio sin invitación, la mirada que le daría sería peor que cualquier palabra. Pero la puerta estaba abierta y ella llevaba semanas viviendo en la casa de este hombre sin conocer el lugar donde pasaba sus noches cuando no dormía.
Había un librero en la pared izquierda, de piso a techo, con libros de economía, derecho mercantil, y tres novelas en inglés que desentonaban entre los lomos serios. En la pared derecha, una foto enmarcada de Doña Carmen joven, con un hombre alto que debía ser el abuelo de Alejandro. Y al lado, una foto más pequeña: Alejandro y Fabián adolescentes, con uniformes de fútbol, embarrados de lodo y riéndose con los dientes sucios.
Valentina sonrió. Era la primera foto en la que veía a Alejandro sonreír con la boca abierta. Tenía quince, tal vez dieciséis años, y la sonrisa le transformaba la cara en algo irreconocible: un chico flaco con barro en la nariz que todavía no sabía que iba a heredar un imperio.
Escuchó un ruido en la planta baja. La puerta de la entrada.
Los dedos se le enfriaron sobre la manija. Salió del estudio, cerró la puerta hasta la posición en la que la había encontrado —tres centímetros, ni más ni menos— y caminó hacia la cocina con los pasos más naturales que le salieron.
Era Nana Carmela, con bolsas del mercado.
—¿Necesita algo, señora?
—No, Nana. Solo bajé por café.
Se sirvió el café con las manos firmes y subió de vuelta a la oficina. El corazón le latía en la garganta. Había entrado al estudio de Alejandro Quirós, había visto sus fotos, había olido su espacio, y había salido sin que nadie la descubriera.
No había encontrado secretos ni documentos comprometedores, nada que reportarle a Mariana o que sirviera para la columna izquierda de su libreta.
Pero le temblaban las manos, y no era por el miedo a que la atraparan.
…
Lo que Valentina no vio fue el cajón.
El cajón superior derecho del escritorio de caoba estaba cerrado con llave, y dentro había una carpeta de cuero negro sin etiqueta. Alejandro la había armado en las últimas tres semanas, desde antes del viaje a Monterrey.
La carpeta contenía siete páginas.
La primera era un informe de Bruno Estrada, fechado cuatro semanas atrás: "Investigación preliminar — Lucero Vargas." Tres párrafos de datos que no cuadraban: la dirección que "Lucero" había proporcionado al ser contratada no existía. El número de seguro social correspondía a una mujer de sesenta y dos años en Guadalajara. Y la referencia laboral —una casa en Coyoacán— confirmó haber empleado a una Lucero Vargas, pero la descripción física no coincidía.
La segunda página era una nota escrita a mano por Alejandro, sin fecha: "Café: lo toma con crema. M. lo tomaba solo. Música: la pieza que toca a las 11 no está en ningún repertorio de M. Pronunciación del inglés: acento neutro, sin las marcas del colegio suizo de M. Tobillo izquierdo: la caída en las escaleras fue real. La forma en que dijo 'Alejandro' la primera noche fue distinta."
La tercera era una copia del acta de nacimiento de Mariana Solís Navarro, obtenida del registro civil.
La cuarta era una copia del acta de nacimiento de Valentina Reyes Navarro, obtenida de la misma fuente.
La quinta era un recorte de periódico de hacía catorce años: "Sirvienta de la familia Solís encontrada muerta en circunstancias no aclaradas." La nota mencionaba el nombre Aurora Reyes y una hija menor de edad.
La sexta era una foto impresa en papel bond: dos niñas de edades distintas pero asombrosamente parecidas por los rasgos heredados de Arturo. Una llevaba un vestido blanco con listón. La otra, un delantal. El peinado, la ropa y la postura hacían el resto del engaño que años después Elena convertiría en un plan.
La séptima página estaba en blanco, excepto por dos palabras escritas en el centro con la letra angular de Alejandro Quirós:
Valentina Reyes.
La tinta estaba seca. Las letras, firmes. No había signos de interrogación ni de duda. Valentina Reyes. Así, sin interrogación. Una certeza.
Alejandro Quirós sabía el nombre de la mujer que dormía en la habitación de al lado, que tocaba el arpa a las once, que le preparaba el café con crema, que traducía para él con una inteligencia que Mariana Solís nunca había tenido. Sabía que no era su esposa. Y había elegido no decir nada.
El cajón seguía cerrado con llave cuando Valentina pasó frente al estudio. La carpeta de cuero negro seguía adentro, con sus siete páginas, esperando.
Y en la cocina, con el café en las manos, Valentina Reyes seguía sin saber que el hombre que se había negado a buscar un hijo bajo aquella mentira ya conocía su nombre, su historia y el color exacto del delantal que usaba a los ocho años.
…
Esa noche, Alejandro llegó a las nueve. Venía mojado de la lluvia que no había parado en todo el día. Se cambió, bajó al estudio —cerró la puerta con llave; Valentina escuchó el clic desde la escalera—, y a las once salió para sentarse en la silla de lectura.
—¿Vas a tocar? —preguntó.
Valentina asintió. Tocó una pieza suya, como él le había pedido. La había empezado el verano posterior a la muerte de su madre, cuando tenía ocho años y el arpa era lo único que no le habían quitado; tardó años en terminarla.
Alejandro la escuchó con los ojos abiertos. Cuando terminó, se quedó un momento en la silla.
—¿Cuántas piezas tuyas tienes?
—Unas doce.
—Tócame una diferente cada noche. Quiero escucharlas todas.
Valentina le sostuvo la mirada. Los dedos le dolían de las cuerdas y de algo más.
—¿Por qué?
—Porque las de antes ya me las sé.
Se levantó. Pasó junto a ella. Esta vez no le tocó el hombro. Pero se detuvo lo suficiente para que Valentina sintiera el calor de su cuerpo a través del aire húmedo de la casa, y eso fue peor.
Cuando Alejandro cerró la puerta de su habitación, Valentina se quedó frente al arpa con las cuerdas vibrando en el silencio.
"Las de antes ya me las sé."
Las de antes eran las de Mariana. Las nuevas eran las de ella. Y Alejandro Quirós quería las nuevas.
En la libreta, la columna derecha ya no cabía en una página. Valentina empezó la segunda hoja y escribió arriba, subrayado: "Él distingue."
No sabía cuánto. No sabía qué. Pero distinguía.
Y eso la aterraba más que cualquier otra cosa en esta casa.