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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La tercera niñera

La casa de los Rojas tenía una regla que todos los vecinos conocían.

Si escuchabas un ruido extraño, no preguntabas qué estaba pasando.

Simplemente aceptabas que algo relacionado con Emma, los animales o Pelé estaba ocurriendo.

Porque en aquella casa las cosas normales dejaron de existir hacía mucho tiempo.

Un martes cualquiera podía convertirse en una aventura.

Un desayuno tranquilo podía terminar con un perro dentro de la despensa.

Una tarde de lectura podía transformarse en una persecución de gallinas por toda la sala y el patio..

Y una visita de cinco minutos podía terminar con alguien prometiendo nunca volver a sentirse agraviado por unos inocentes animales.

Tomás Rojas ya no sabía si debía sentirse preocupado o resignarse.

A sus treinta y ocho años había aprendido muchas cosas.

Sabía arreglar motores complicados.

Sabía reparar autos que parecían imposibles de salvar.

Sabía trabajar bajo presión.

Sabía cuidar a una hija traviesa .

Pero había algo para lo que nadie lo había preparado:

Criar a Emma junto a un gallo llamado Pelé, que juntos eran un torbellino de doble lío,  tanto que un minuto era suficiente para que la casa se encuentre en  un caos enorme.

—Algún día escribiré un libro sobre esto —murmuró Tomás una mañana mientras recogía plumas del suelo.

Emma, sentada en la mesa desayunando, levantó la mirada.

—¿Sobre qué?

—Sobre cómo sobrevivir en esta casa.

La niña sonrió.

—Sería famoso.

—¿Por qué?

—Porque nadie más tiene una familia como la nuestra ( única).

Tomás se quedó mirándola.

Durante unos segundos vio a la antigua Emma risueña y pícara.

La niña que reía sin miedo.

La niña que corría por el jardín con su madre.

La niña que llenaba la casa con canciones y alegría.

Desde la muerte de Mariana, esos momentos habían desaparecido casi por completo.

Pero últimamente pequeñas sonrisas comenzaban a aparecer.

Pequeñas.

Casi invisibles.

Pero estaban ahí.

Y Tomás se aferraba a ellas.

Porque cualquier señal de felicidad en su hija era un regalo.

Después de la renuncia de Verónica, Tomás pensó seriamente en dejar de buscar una niñera.

Quizás podía pedirle ayuda a algún familiar.

Quizás podía cambiar los horarios del taller.

Quizás podía trabajar menos.

Aunque sabía que eso significaba ganar menos dinero.

Pero cada opción parecía complicada.

La realidad era simple:

Necesitaba alguien que cuidara a Emma.

Alguien que pudiera entenderla, y no recordarle lo doloroso que había sido perder a su madre.

Alguien que no huyera después de descubrir que en esa casa las mascotas tenían más autoridad que las personas.

Por eso, cuando la agencia llamó nuevamente, aceptó escuchar.

—Señor Rojas, tenemos otra candidata.

Tomás suspiró con nostalgia y preguntó:

—¿Cuánto tiempo cree que durará?

La mujer al teléfono rió suavemente.

—No debería decir eso, pero sus últimos reportes fueron bastante particulares.

Tomás cerró los ojos.

—¿Particulares?

—Una niñera dijo que una gata hizo sus necesidades su bolso.

—Eso pudo ser una coincidencia.

—Otra dijo que un gallo parecía que el gallo la tenía como objetivo, como si la siguiera o molestara de manera

especial a ella y no a los demás.

Tomás miró hacia el patio.

Pelé estaba parado sobre una piedra observándolo.

Como si supiera que estaban hablando de él.

—No fue una coincidencia.

Hubo silencio.

—La nueva candidata tiene experiencia con niños.

—¿Y animales?

—No mucho.

Tomás miró otra vez a Pelé.

El gallo inclinó la cabeza.

Era como si estuviera esperando conocer a su nueva víctima.

—Está bien —dijo Tomás—. Que venga.

La tercera niñera llegó un jueves por la mañana.

Su nombre era Carolina.

A diferencia de las anteriores, no parecía nerviosa.

Era una joven de veintisiete años, alegre y con mucha energía y confianza.

Tenía una mochila llena de juegos educativos y una sonrisa enorme.

Cuando llegó a la puerta, encontró a Tomás intentando sacar a Copito de una caja de herramientas.

—No entiendo cómo entró ahí —dijo él.

Carolina observó la escena y sonrió.

—Creo que esta casa tiene mucha personalidad.

Tomás soltó una pequeña risa.

—Esa es una forma amable de decirlo.

En ese momento Emma apareció.

Llevaba una camiseta con dibujos de animales y tenía a Pelé caminando detrás de ella.

Carolina se agachó para saludar.

—Hola, Emma.

—Hola.

—Me dijeron que te gustan mucho los animales.

—Sí.

—A mí también.

Emma la observó.

Era diferente.

No parecía asustada.

No miraba la casa como si fuera un lugar extraño.

Eso incomodó un poco a Emma.

Porque las anteriores siempre reaccionaban igual.

Entraban por la puerta y observaban el ambiente de la casa.

Se sorprendían al ver el desorden y a los animales.

Intentaban cambiar las cosas, imponer nuevas rutinas pero al final no les funcionaba.

Y luego se iban.

Pero Carolina parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Emma miró a Pelé.

El gallo también la estaba observando.

Ambos pensaron lo mismo.

Había que investigar.

Durante las primeras horas, Carolina intentó conocer la rutina de Emma.

—¿Qué te gusta hacer después de la escuela?

—Nada.

—¿Nada?

—Sí.

Carolina sonrió.

—Nadie hace nada todo el día.

Emma se encogió de hombros.

—Yo sí.

Carolina no insistió.

Había aprendido que algunas personas necesitan tiempo antes de hablar.

Pero Emma notó algo.

Carolina no preguntaba por su mamá.

No decía frases como:

"Sé que la extrañas mucho, pero poco a poco volverás a sonreír."

"Han pasado días, pero tu corazón todavía necesita tiempo para sanar."

"No tienes que fingir que no duele, está bien sentirse triste."

Y eso llamó su atención.

Porque muchas personas querían arreglarla.

Como si estar triste fuera una enfermedad.

Como si extrañar a Mariana fuera algo incorrecto.

"Carolina simplemente estaba allí para cuidarla, para ofrecerle compañía en sus momentos más difíciles y hacer que el dolor de Emma pesara un poco menos. No buscaba borrar sus heridas, solo acompañarla mientras aprendía a vivir con ellas."

Por supuesto, Pelé no confiaba.

El gallo tenía una lista mental de enemigos.

Aunque nadie sabía cómo funcionaba su mente, Emma estaba segura de que existía.

Primero había estado Patricia.

Después Verónica.

Ahora Carolina.

Pelé caminaba detrás de ella por toda la casa y en el patio.

La observaba cocinar .

La observaba limpiar.

La observaba jugar con Emma.

Pero había un problema.

Carolina no se asustaba.

Cuando Pelé apareció detrás de ella mientras ordenaba la sala, simplemente lo miró.

—Hola, pequeño guardián.

Pelé se quedó quieto.

Emma, escondida detrás de la puerta, abrió los ojos sorprendida.

Nadie le había hablado así.

La mayoría gritaba.

Pelé dio un paso hacia Carolina y agitó sus alas con furia, como si se preparara para atacarla. Sus movimientos eran una clara amenaza, intentando intimidarla y hacerla retroceder.

Ella extendió la mano, para acariciarlo.

El gallo la miró.

Luego miró a Emma.

Parecía confundido.

Como si preguntara:

"¿Por qué esta humana no tiene miedo?"

Emma tampoco entendía.

Esa tarde, Emma decidió llevar el desafío un poco más lejos y aumentar la dificultad.

Si Carolina no se rendía fácilmente, tendría que hacer algo más grande.

Mucho más grande.

La idea nació aquella tarde, mientras Emma observaba a Max dormido junto al sofá, con esa tranquilidad que parecía imposible en una casa donde el caos siempre encontraba la manera de aparecer.

Lo miró durante unos segundos y suspiró.

—Necesito un último intento —susurró, como si se estuviera convenciendo a sí misma.

Como si hubieran entendido sus palabras, Max levantó lentamente una oreja. Sus ojos se abrieron con curiosidad, aunque todavía conservaba esa expresión de sueño que lo hacía parecer ajeno a cualquier problema.

Pelé fue el primero en acercarse. Caminó con paso firme, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si quisiera saber qué nueva aventura estaba planeando Emma.

Poco después, los gatos aparecieron desde distintos rincones de la casa. Incluso las gallinas dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron, formando alrededor de ella una especie de pequeña reunión improvisada.

Parecía una junta de emergencia.

Emma sonrió al verlos juntos.

—Escuchen —susurró mientras se agachaba para hablarles como si fueran un verdadero equipo.

Todos la observaron con atención.

Aunque, siendo sinceros, algunos probablemente solo esperaban que de sus manos saliera algo de comida.

Emma respiró profundo.

—Tenemos que demostrarle que esta casa no es tan sencilla como parece.

Pelé soltó un sonido bajo, casi como si estuviera aprobando la misión.

Emma sonrió.

—Exactamente. Sabía que entenderías.

Y así comenzó el plan.

Primero, Copito tendría que esconder algunas cosas en lugares donde nadie esperaría encontrarlas.

Después, Max se encargaría de mover ciertos objetos para hacer que todo pareciera más desordenado.

Las gallinas tendrían una misión especial: aparecer en los lugares más inesperados, justo cuando alguien creyera que por fin había encontrado un poco de tranquilidad.

Cada uno tenía un papel.

Cada uno aportaría su propio talento.

Y aunque para cualquiera desde afuera aquello parecía una locura, para Emma era algo más importante: era su manera de demostrar que aquella casa no era simplemente un lugar lleno de animales y problemas.

Era su hogar.

Un hogar extraño, ruidoso y lleno de caos, pero también lleno de compañía y amor.

Y Pelé tenía la misión más importante.

Controlar la situación.

El problema era que nadie podía controlar a Pelé.

Ni siquiera Emma.

Al día siguiente Carolina llegó temprano.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Cuando entró a la cocina encontró una nota.

"NO ABRAS LA PUERTA DEL PATIO".

Carolina miró la nota.

Después miró a Emma.

—¿Esto lo escribiste tú?

Emma negó con la cabeza.

—No.

Era mentira.

Pero Carolina sonrió.

—Entonces supongo que debo descubrir quién fue.

Abrió la puerta.

Y en ese instante las gallinas salieron corriendo de la cocina agitando su alas   hacia el patio y la sala .

Una pasó entre sus piernas.

Otra saltó sobre una silla.

Otra entró a la sala.

Carolina quedó completamente sorprendida.

Emma esperaba un grito.

Una queja.

Una llamada a Tomás contándole lo que había ocurrido.

Pero no ocurrió lo esperado.

Carolina simplemente comenzó a reír a carcajadas.

Reír de verdad .

Una risa que llenó la casa.

Emma se quedó quieta.

No recordaba la última vez que alguien nuevo había reído allí.

—Creo que ellas también querían saludarme —dijo Carolina.

Emma intentó mantenerse seria.

—Ellas no saludan.

—¿No?

—No.

—¿Entonces qué hacen?

Emma pensó.

—Creo que juzgan.

Carolina volvió a reír.

Y por primera vez en mucho tiempo, Emma casi se ríe con ella.

Casi.

Pero Pelé todavía no había terminado.

El gallo tenía preparada la prueba final.

Cuando Carolina fue al patio, Pelé apareció caminando lentamente.

Con una expresión seria.

Emma observaba desde la ventana.

Sabía que algo ocurriría.

Pelé se acercó furioso agitando las alas, con el  fin de intimidarla.

Carolina se quedó quieta.

—¿Y tú eres el jefe?

El gallo levantó la cabeza sorprendido por lo que le decía Carolina.

Emma sonrió.

—Sí.

Carolina continuó:

—Entonces supongo que debo pedirte permiso para quedarme.

Emma abrió los ojos.

Eso era algo que nadie había hecho.

Nadie había reconocido la importancia de Pelé.

El gallo caminó alrededor de Carolina con las alas extendidas y agitándolas  .

Una vuelta.

Dos vueltas.

Tres vueltas.

Pelé clavó sus fuertes patas en el suelo y levantó la cabeza con orgullo

Carolina entendió.

—¿Eso significa que estoy aprobada?

Pelé respondió: con un

—¡Quiquiriquí!

Emma salió corriendo.

—¡Ganaste!

Carolina la miró.

—¿Ganó quién?

Emma señaló al gallo.

—Pelé decidió que puedes quedarte.

Carolina sonrió.

—Me siento muy importante.

Y por alguna razón, Emma también sonrió.

Esa noche, cuando Tomás llegó del trabajo, encontró algo extraño.

La casa estaba tranquila.

No completamente tranquila.

Porque era imposible.

Pero tranquila.

Emma estaba haciendo tareas en la mesa.

Carolina preparaba algo en la cocina.

Los animales estaban calmados.

Incluso Pelé estaba descansando.

Tomás dejó sus herramientas.

—¿Todo bien?

Emma levantó la mirada.

—Sí.

Una palabra sencilla.

Pero para Tomás significaba mucho.

Porque hacía tiempo que Emma no decía "sí" con esa tranquilidad.

—¿Carolina seguirá viniendo?

La niña miró a la joven.

Luego miró a Pelé.

El gallo cerró los ojos.

Como si ya hubiera tomado una decisión.

Emma respondió:

—Creo que sí.

Tomás sonrió.

—Me alegra.

Más tarde, cuando Emma estaba en su habitación, miró una fotografía de su madre.

—Mamá...

Hizo una pausa.

—Hoy alguien nuevo llegó a la casa.

Sus dedos tocaron la imagen.

—No te preocupes. Nadie puede reemplazarte.

Guardó la fotografía.

Y por primera vez en mucho tiempo, antes de dormir, pensó en algo diferente al dolor.

Pensó en que quizás algunas personas podían quedarse.

Aunque todavía no estaba lista para aceptarlo completamente.

Porque Emma Rojas aún tenía una promesa:

Nunca permitiría que nadie ocupara el lugar de Mariana.

Y para cumplirla, estaba dispuesta a enfrentar cualquier cosa.

Incluso a Pelé.

Aunque eso era difícil.

Porque Pelé siempre tenía otros planes traviesos

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