Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 1
El día de mi graduación olía a champán caro y a naftalina.
O mejor dicho, olía a la colonia de mi padre, que es básicamente lo mismo desde que tengo memoria. Enzo Fontana no usa otra fragancia desde que fundó Fontana Moda en el garaje de sus padres hace treinta y cinco años. Mi madre dice que es fidelidad. Yo creo que es terquedad. Pero viniendo de mí, el rey de las decisiones cuestionables, quizá no debería opinar.
—Sonríe, Leonardo
me susurró mi madre, Isabella, mientras me ajustaba la corbata como si aún tuviera doce años y estuviera a punto de tomar mi primera comunión
—Es tu día.
Mi día.
Asentí con esa sonrisa que ensayé frente al espejo durante años. La sonrisa Fontana, segura, despreocupada, ligeramente arrogante. La misma que usaba para cerrar tratos que no me importaban, para conquistar chicas cuyos nombres olvidaba a la mañana siguiente y para convencer a mis padres de que sí, claro que sí, todo estaba bajo control.
Debajo de esa sonrisa, lo único que pensaba era en la fiesta que Marco había organizado para esa noche. El mejor club de Roma reservado solo para nosotros. Champán francés, no el italiano que servían en la ceremonia. Y la rubia que me había estado lanzando miradas desde la tercera fila durante todo el discurso del rector.
Eso era mi día.
—¿Estás escuchando, Leonardo?
mi padre apareció a mi lado, con su traje impecable y ese ceño permanente que parecía juzgar hasta el aire que respiraba.
—El rector está hablando del futuro de los jóvenes. De la responsabilidad. Palabras que deberías empezar a tomar en serio.
—Por supuesto, papà.
Asentí con solemnidad fingida. Enzo Fontana llevaba años esperando que yo tomara en serio algo que no fuera mis propias diversiones. años de decepciones silenciosas, de miradas que decían podrías ser más y frases que terminaban con cuando sientes cabeza.
Y yo llevaba veintidós años demostrándole que sentar la cabeza era lo último que tenía en mente.
—Mira
mi madre me tomó del brazo, sus ojos brillaban con esa mezcla de orgullo y preocupación que me había visto desde la cuna
— tu padre solo quiere lo mejor para ti.
—Lo sé, mama.
Y lo sabía. Pero lo mejor para Enzo Fontana era que yo dejara las fiestas, dejara las chicas, dejara las malas compañías, léase Marco y Luca, y me pusiera el traje de heredero que me habían cosido a medida desde antes de nacer.
Lo mejor para mí, en ese momento, era terminar esta ceremonia, subirme a mi convertible y desaparecer en el horizonte romano con el volumen de la música al máximo y el viento despeinando lo que mi madre tardó veinte minutos en arreglar.
—...y por todo ello, entregamos el diploma a Leonardo Fontana, egresado con honores de la Facultad de Administración de Empresas.
Aplausos. Mi madre sollozó discretamente. Mi padre me dio una palmada en el hombro que pretendía ser afectuosa pero terminó siendo un empujón hacia el escenario.
Caminé los veinte metros que me separaban del rector con la seguridad de quien ha recorrido ese camino cien veces en su cabeza. Pero no en ensayos de graduación. En fantasías de huida. En planes de escapada. En cómo salir de aquí sin que nadie me vea.
Tomé el diploma. Sonreí para la foto. Bajé del escenario.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
Miré a mis padres. Mi madre me abrazó con una fuerza que no sabía que tenía. Mi padre... mi padre me miró. Realmente me miró. No con decepción. No con ese ya veremos cuándo te pones las pilas habitual.
Me miró con algo que tardé unos segundos en identificar.
Orgullo.
—Bien hecho, Leonardo
dijo, y su voz sonó más grave que de costumbre.
—Tu abuelo estaría orgulloso.
Me quedé paralizado. Enzo Fontana no repartía cumplidos. Los repartía como quien reparte herencias, con cuentagotas y solo cuando es estrictamente necesario.
—Ahora
continuó, recuperando su tono de CEO en junta directiva,
—de verdad espero que con esto terminen tus locuras. La empresa te necesita. Tú madre y yo te necesitamos. Ya es hora de que actúes como un Fontana.
Ahí estaba. El pero. Siempre había un pero con mi padre.
Pero sonreí. Porque después del abrazo de mi madre y la palmada de mi padre, por un momento, solo un momento, me sentí como si realmente hubiera hecho algo bien.
—Claro, papà. Como un Fontana.
Lo dije con la suficiente convicción como para que me creyera. Con la suficiente ambigüedad como para no sentirme atado.
Después de la ceremonia vinieron las fotos. Cien mil fotos. Con mis padres, con mis abuelas que me pellizcaron las mejillas como si aún tuviera cinco años, con mis tíos, con los socios de mi padre que se acercaban a felicitarme con esa mezcla de condescendencia y cálculo que usan los hombres de negocios cuando saludan al heredero.
—Un joven prometedor
decían, mientras sus ojos recorrían mi traje hecho a medida, pero manchado de champán en la manga derecha, mi sonrisa demasiado fácil y mi postura demasiado relajada para alguien que acababa de prometer sentar cabeza.
Yo asentía. Daba las gracias. Prometía con la mirada lo que mi boca no decía.
Y cuando finalmente, después de una eternidad de cortesías y sonrisas fingidas, pude escabullirme al estacionamiento, el alivio fue tan físico como sexual. Me quité la corbata antes de llegar al coche, me desabroché los dos botones superiores de la camisa y apoyé la frente contra el volante de mi convertible.
—Por fin
suspiré, y el eco de mi voz en el coche vacío sonó casi como un brindis.
El teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Marco.
—¿Dónde estás, hermano? La noche recién empieza y tú ya te escapaste.
Me reí. Marco siempre sabía. Por eso era mi mejor amigo. Bueno, por eso y porque su padre era el abogado de la familia Fontana desde hacía treinta años, lo que significaba que Marco sabía exactamente qué cosas podíamos hacer sin que llegaran a oídos de nuestros padres.
—En camino. ¿Qué hay?
—Champán, chicas y la mejor música de Roma. ¿Qué más quieres?
Nada, pensé. Absolutamente nada más.
Encendí el motor. El rugido del convertible llenó el estacionamiento subterráneo como una declaración de principios. Salí a las calles de Roma con la noche recién empezando y todo por delante.