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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

...Val....

Camila llegó al aeropuerto como si fuera la dueña.

La vi desde la ventana de la torre de control: tacones altos, vestido blanco ajustado, pelo suelto con ondas perfectas, lentes de sol que se quitó con un movimiento calculado mientras las cámaras la grababan cruzando la puerta de la terminal. Detrás de ella venían dos personas de producción, un camarógrafo y un tipo con un micrófono de boom.

Vestido blanco. Pelo suelto. Lentes de sol.

Exactamente como yo me vestí en la cena de los Altamira hace dos meses. Le mandé una foto a Nati ese día. Camila la vio. Y ahora traía puesto mi look, copiado al detalle.

Siempre fue así.

Cuando tenía catorce años, me compré una mochila roja en el mercado del centro. A la semana, Camila apareció en la escuela con la misma mochila roja pero de marca, más cara, más nueva. "¿Ay, tienes la misma? Qué coincidencia."

Cuando tenía dieciséis, me inscribí en el equipo de tiro. Gané tres torneos estatales. Camila se inscribió al mes siguiente. Nunca le dio a un blanco, pero subía fotos con el uniforme y el rifle como si fuera francotiradora profesional.

Cuando empecé con Luciano, Camila lo agregó a Instagram, le mandaba mensajes y marcaba Me gusta en todo. "Es que tu novio es muy gracioso, hermanita." Y yo sabía — porque siempre supe, desde que éramos niñas— que Camila no quería lo que yo tenía. Quería quitármelo.

Todo lo que yo tocaba, ella lo copiaba. Y lo que no podía copiar, lo destruía.

A las diez de la mañana, Camila entró a la torre de control.

Yo estaba en mi estación con los audífonos puestos, monitoreando tres vuelos en aproximación final. El Ingeniero Gallardo la traía del brazo como si fuera una pieza de museo, seguido por el equipo de cámaras.

—Mendoza, nuestra invitada está aquí —dijo Gallardo—. Te la presento: Camila Mendoza, empresaria y creadora de contenido.

—Nos conocemos —dije, sin quitarme los audífonos.

Camila me sonrió. Esa sonrisa que solo yo sabía que era veneno disfrazado de dulce.

—¡Hermanita! —Abrió los brazos—. ¡Qué emoción estar aquí!

No me levanté. No la abracé.

—Bienvenida a la torre de control. Las reglas son simples: no toques nada, no hables cuando yo esté en frecuencia, y mantén el teléfono apagado.

El camarógrafo grabó mi cara. Probablemente pensó que era seriedad profesional. No tenía idea de que era control. Puro control para no decirle a Camila lo que realmente pensaba frente a una cámara nacional.

—¡Claro, claro! —Camila miró alrededor con ojos grandes—. ¿Y todos estos botones? ¿Qué hacen? ¿Este para qué es?

—No toques nada —repetí.

—Es que se ve todo tan interesante. —Se acercó a mi estación y se inclinó para ver las pantallas del radar—. ¿Esos puntitos son aviones? ¿En serio controlas todo eso tú sola?

—No estoy sola. Somos un equipo.

—Pero tú eres la jefa, ¿no? —Le guiñó un ojo a la cámara—. Mi hermana mayor siempre ha sido la responsable de la familia.

La forma en que dijo "responsable" me raspó por dentro. Porque venía de la misma persona que sabía dónde estaba mi abuela y no me lo dijo. De la misma persona que le mandaba fotos a mi ex. De la misma persona que, desde que nacimos, había usado nuestra relación de sangre como un arma.

—El segmento en la torre dura treinta minutos —dije, mirando a Gallardo—. Treinta minutos y sale.

Gallardo asintió.

Los treinta minutos fueron eternos.

Camila se paseó por la torre haciendo preguntas que sonaban inocentes pero que estaban diseñadas para incomodarme. "¿Es verdad que los controladores tienen el trabajo más estresante del mundo?" "¿Por eso mi hermana no tiene novio, porque vive muy estresada?" "¿Cuánto les pagan? Porque Val siempre se queja de que no le alcanza."

Paty me miraba desde su estación con cara de "¿quieres que la saque?". Jorge disimulaba la risa. El camarógrafo grababa todo.

Y Camila, mientras hablaba, mientras sonreía, mientras posaba frente a las pantallas como si la torre de control fuera un set de fotos, hizo algo que yo no vi.

Sacó su teléfono del bolso.

Lo puso en silencio.

Y abrió la aplicación de transmisión en vivo.

No lo vi porque estaba concentrada en un Airbus que pedía autorización de aproximación por la pista 28 izquierda. No lo vi porque estaba haciendo mi trabajo. No lo vi porque Camila siempre fue mejor que yo en una cosa: esconder lo que realmente estaba haciendo.

El teléfono quedó apoyado en su bolso, con la cámara apuntando a las pantallas operativas y la transmisión activa. Miles de personas podían ver información que nunca debió salir de aquella sala.

Treinta minutos. Camila salió de la torre sonriendo, despidiéndose de todos con besos al aire. Me dio un abrazo que no le devolví.

—Estuvo increíble, hermanita —susurró en mi oído—. Tu trabajito es bien bonito.

Se fue con las cámaras. Me quedé en mi estación. Paty se acercó.

—Tu hermana es una...

—Sí.

—¿Estás bien?

—Sí.

No estaba bien. Pero no sabía exactamente por qué. Había algo — una sensación rasposa en el estómago, como cuando sabes que algo malo va a pasar pero no puedes identificar qué.

Miré las pantallas del radar. Todo se veía normal. Los puntitos moviéndose en sus rutas, las frecuencias funcionando.

Pero algo no estaba bien.

Y no iba a tardar en descubrir qué.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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