Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16: La verdad al descubierto y la furia de la escarcha
Harlan se acomodó en una silla de respaldo alto en una esquina de la estancia. Tomó una pieza de fruta de una bandeja cercana, dio un mordisco pausado y se quedó observando a Mikeila con una intensidad que la obligó a desviar la mirada hacia Canaria, quien comenzaba a alinear varios frascos de vidrio sobre la mesa de madera para explicar sus descubrimientos.
—Mira, niña... Por lo que indican los rastros mágicos, el acónito ha sido ingerido de forma constante durante varios meses —comenzó diciendo la anciana con tono solemne—. No solo provocó que tu loba se sumergiera en un sueño profundo, sino que también comenzó a drenar tu poder mágico y a apagar tu aura de energía. Pero por gracia de la Diosa, con estas medicinas tomadas a diario podrás expulsarlo de tu sistema. Eso sí... debo advertirte algo: por más que intenté buscar hierbas para amortiguar el golpe, el despertar será violento. Ten en cuenta que después de cada dosis experimentarás fiebres altas, dolores musculares intensos y es muy probable que tu aura de energía comience a desbordarse sin control.
—¿Qué aconseja? —interrumpió Harlan de inmediato, dejando la fruta sobre la mesa y enderezándose con el ceño fruncido.
Canaria apartó los frascos con un suspiro.
—Lo ideal sería que alguien la vigile de cerca tras cada ingesta —explicó la curandera—. Y lo prudente es administrarlo únicamente por la noche, coincidiendo con cada cambio de luna, para que el contraste entre la energía liberada y el despertar de su loba no sea tan excesivo ni doloroso. Sin embargo... si la joven desea agilizar el proceso y está dispuesta a soportar el dolor, podría tomarlo todas las noches, pero únicamente cuando la luna alcance su punto más alto en el firmamento.
—No lo harás —sentenció Harlan de inmediato, con voz tajante.
—Sí, voy a hacerlo —replicó Mikeila al mismo tiempo, clavando sus ojos azules en los de él con desafío.
—¿Por qué diablos quieres someterte al dolor todas las noches? No lo voy a permitir —espetó el Alfa, poniéndose de pie de un salto.
—¡Pues lo haré de todos modos! —contraatacó ella, perdiendo la paciencia—. Estoy más que segura de que fue mi tía quien hizo esto; es la única persona que pudo manipular mi comida y mi bebida durante este tiempo. ¡Quiero despertar de una vez, recuperar lo que me pertenece e ir a buscarla para cobrarle cada maldito día que me robó!
—¡No! —rugió Harlan, perdiendo los estribos.
—¿Por qué me lo prohíbes? ¡No cuestiono tu autoridad, pero no soportaré seguir así! —exclamó ella con la voz quebrada por la frustración.
—No soportaré verte sufrir —soltó Harlan con una crudeza que dejó en absoluto silencio la habitación.
Mikeila se quedó petrificada por un segundo, parpadeando con desconcierto antes de endurecer el gesto.
—¿Qué tiene que ver eso con usted? Agradezco infinitamente tu ayuda y la de la curandera e incluso de su madre, pero no puedes decidir lo que haré o dejaré hacer con mi vida. ¡Te dejé claro desde el principio que no toleraría cadenas!
Un aire helado, una brisa gélida que desprendía el poder latente de su temperamento, comenzó a recorrer las esquinas de la sala.
—Señor... no sé por qué se preocupa tanto por mí, ni qué pretende —escupió Mikeila con altivez.
—¡Porque eres mi pareja! —bramó Harlan, incapaz de contener por más tiempo la frustración que lo consumía por dentro.
La verdad estalló en el espacio reducido de la estancia, cruda e inapelable, aunque ella aún no fuera capaz de verlo ni de sentirlo con claridad en su interior—. Lo eres, maldita sea. Y si sufres o no, si lloras o no, si estás al borde del abismo... ¡Claro que me importa una mierda el orgullo, porque me importas tú!
Sin esperar respuesta, con el pecho agitado y la mandíbula apretada por la ira y la impotencia, Harlan dio media vuelta y salió a zancadas de la sala, azotando la puerta a sus espaldas. Caminaba por los pasillos con el paso pesado, furioso consigo mismo por haber tenido que revelar un secreto que su lobo exigía guardar hasta que ella estuviera lista, y abrumado por una testarudez en la muchacha que ponía a prueba cada fibra de su autocontrol.