Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 11: La traición en la sombra
Durante los primeros días de la ausencia de Alexander, la mansión pareció transformarse en un santuario helado. Para Elena, alejarse de la sofocante suite principal y explorar la inmensa biblioteca del primer piso se convirtió en su único refugio. Entre las altas estanterías de caoba, rodeada del olor a papel antiguo y el silencio de las tardes, lograba encontrar breves momentos de paz, lejos del constante temor que la presencia del mafioso le provocaba.
Sin embargo, esa aparente calma no era más que una ilusión.
Una tarde nublada, mientras caminaba entre los pasillos de la biblioteca buscando un libro para distraer la mente, Elena notó que la puerta del despacho contiguo estaba entreabierta. Al asomarse con timidez, vio a Marcus. El brazo derecho de Alexander estaba sentado frente al gran escritorio, revisando carpetas confidenciales y hablando por un teléfono encriptado.
El sonido de la madera crujiendo bajo los pies de Elena la delató. Sorprendida, intentó dar media vuelta para retirarse en silencio y evitar cualquier contacto, pero la voz fría y tajante de Marcus la detuvo en seco.
—¿A dónde vas, Sra. Vance? —preguntó Marcus con una sonrisa sombría, dejando el teléfono sobre la mesa y poniéndose de pie despacio.
Elena se congeló en el umbral, sintiendo que un frío helado le recorría la columna vertebral.
—Lo... lo siento, no quería interrumpir —murmuró con la voz temblorosa, dando un paso hacia atrás—. Solo buscaba un libro. Ya me iba.
—Quédate —ordenó Marcus, caminando con pasos calculados hacia ella hasta bloquearle la única salida—. Alexander no está. Y mientras él no esté, yo soy quien decide qué se hace y qué no se hace dentro de esta propiedad.
El tono del hombre no era el respeto profesional que mostraba cuando Alexander estaba presente. Había una burla descarada en su mirada, una ambición reprimida que hizo que Elena se encogiera por puro instinto de supervivencia.
—Déjeme pasar, por favor —suplicó Elena, apretando los puños sobre su falda, sintiendo que el pánico amenazaba con ahogarla.
Marcus dio un paso más, acortando la distancia de forma amenazante y sujetándola con fuerza del brazo para impedir que se alejara. Su agarre era rígido, directo, desprovisto de todo respeto.
—Suéltame... —chilló ella entre lágrimas, intentando zafarse—. Si el señor Vance se entera de cómo me tratas... ¡él te matará!
Marcus soltó una carcajada amarga y baja, un sonido cruento que resonó por toda la biblioteca vacía. Se inclinó sobre ella con una postura intimidante, invadiendo su espacio con absoluta frialdad.
—¿El señor Vance? —se burló Marcus, apretando el agarre en su brazo hasta hacerla jadear de dolor—. Alexander está a miles de kilómetros, ocupado intentando que la junta no lo despoje de su imperio. Aquí no hay nadie para protegerte, pequeña. Los guardias me responden a mí, las cámaras las manejo yo.
Elena intentó empujarlo, pero la diferencia de fuerza era aplastante. Estaba acorralada en medio de la penumbra de la sala, temblando descontroladamente.
—Si le dices una sola palabra a Alexander cuando regrese —susurró Marcus en su oído con una amenaza venenosa—, le diré que fuiste tú quien intentó vender información a las familias rivales a sus espaldas. ¿A quién crees que le va a creer? ¿A su hombre de confianza de hace diez años, o a la hija de un jugador miserable a la que compró para saldar una deuda? Si abres la boca, él mismo te disparará en la cabeza.
Elena rompió a llorar, paralizada por la angustia y el miedo visceral. La trampa estaba tendida. Marcus la soltó bruscamente, dejándola caer de rodillas sobre la alfombra, abatida y rota por la amenaza de un hombre que aprovechaba la sombra del ausente para imponer su propio dominio.
—Ahora vuelve a tu habitación —ordenó Marcus, arreglándose el saco con absoluta indiferencia mientras la miraba desde arriba—. Y recuerda quién manda en esta casa mientras Alexander no está.
Elena se levantó como pudo, abrazándose el cuerpo y huyendo a toda prisa por los pasillos de la mansión, sintiendo que la jaula de cristal en la que estaba atrapada se había vuelto infinitamente más oscura y peligrosa.