Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 20 HILOS EN LA SOMBRA
Las tres semanas posteriores a la huida de la costa se transformaron para Estela en un desierto de monotonía y dolor silencioso. Había intentado con todas sus fuerzas sumergirse de nuevo en las rutinas de su hogar en Madrid, traduciendo textos hasta altas horas de la madrugada y dedicando cada minuto libre a cuidar de su madre, cuya salud afortunadamente comenzaba a estabilizarse. Sin embargo, el olvido era una meta inalcanzable. El aroma sutil de la rosa que aún conservaba disecada entre las páginas del libro de Bécquer, el pañuelo de seda negra con bordados plateados guardado en el cajón y, sobre todo, los acordes de "El Vals de Estela" resonando en su cabeza, eran recordatorios diarios de que su corazón se había quedado atrapado en aquella suite frente al mar. Se sentía apagada, marchita, como si la chispa soñadora que siempre la había definido se hubiera extinguido para siempre tras descubrir la máscara de la fama de David.
Mientras tanto, en los teatros del norte del país, la gira de El Fantasma de la Ópera continuaba su rumbo ineludible, rodeada de un éxito crítico sin precedentes. La prensa especializada no escatimaba en elogios hacia David, asegurando que el barítono estaba ofreciendo las interpretaciones más desgarradoras, potentes y brillantes de toda su carrera profesional. Los titulares hablaban de una "conexión sobrehumana con el dolor del personaje". Lo que los críticos y el público aplaudían de pie, sin embargo, no era una simple técnica de actuación; era David sangrando emocionalmente sobre las tablas. Cada nota alta y cada grito de desesperación del Fantasma eran un canal de expulsión para la tremenda frustración y la culpa que le devoraban el pecho desde que Estela lo había bloqueado de su vida.
Tras una de las funciones más intensas en la ciudad de Bilbao, Carlos, el representante de David, entró al camerino privado del artista. Encontró al cantante desplomado en el sofá, aún vistiendo la levita negra y con la mirada perdida en el techo, exhausto y con los ojos inyectados en sangre. Carlos soltó un largo suspiro, cerrando la puerta con llave detrás de sí. Sabía que la situación era insostenible; si David seguía forzando su voz y su mente de esa manera, terminaría por arruinar su salud antes de que la gira concluyera.
Tomando una decisión drástica, Carlos salió al pasillo lateral de artistas, buscando un rincón apartado cerca de las salidas de emergencia. Sacó su tableta digital y buscó el número de teléfono que había registrado durante sus investigaciones en taquilla: el de Laura Martínez. Respiró hondo y pulsó el botón de llamada.
En Madrid, Laura se encontraba en su propio apartamento revisando unos correos cuando su teléfono comenzó a sonar con un número de prefijo profesional de empresa. Al aceptar la llamada con curiosidad, la voz firme y analítica de Carlos la tomó por sorpresa.
—Señorita Martínez, mi nombre es Carlos, soy el representante de David —se presentó el mánager, midiendo cada una de sus palabras—. Sé perfectamente que esta llamada debe parecerle una intromisión, pero le ruego que no cuelgue. Lo hago con una urgencia absoluta y como amigo de David, no como su agente.
Laura se endrezó en la silla, con el rostro serio y la vena protectora hacia Estela activándose de inmediato.
—Sé perfectamente quién es usted, señor —respondió Laura con un tono cortante y gélido—. Y también sé perfectamente lo que su representado le hizo a mi mejor amiga. Estela está destrozada en Madrid por culpa de sus "juegos de actor de cine". No creo que tengamos nada de qué hablar.
—Le aseguro que no ha sido ningún juego —insistió Carlos con una honestidad tan palpable que hizo que Laura guardara silencio—. David cometió un error garrafal al estirar el anonimato, se lo concedo, y yo mismo se lo advertí mil veces. Pero le doy mi palabra de honor de que los sentimientos de David hacia Estela son la cosa más real, pura y limpia que he visto en los diez años que llevo gestionando su carrera. Ese chico está perdiendo la cabeza en el escenario. Canta con una furia que asusta a los directores porque está muriéndose por dentro. Estela lo ha bloqueado de todas partes y él no sabe cómo pedirle perdón. Necesito saber cómo está ella, necesito saber si hay alguna forma de que hablen. Ambos se están marchitando por un malentendido que la fama ha magnificado.
Laura escuchó los argumentos de Carlos, sintiendo que su rígida postura comenzaba a ablandarse sutilmente ante la evidente preocupación del mánager. Como mejor amiga de Estela, había sido testigo del profundo vacío que la joven arrastraba y sabía perfectamente que Estela seguía enamorada de él a pesar de la rabia y el shock del engaño.
—Estela no está lista para recibir una llamada de David, Carlos —confesó Laura, suspirando de forma resignada—. Sigue sintiéndose humillada, piensa que fue una apuesta o una diversión para una gran estrella inalcanzable. Pero... admito que me duele verla así. Está apagada. Si usted me jura que las intenciones de David son sinceras y que no busca un capricho mediático, estoy dispuesta a mantener esta vía de comunicación abierta con usted. Veré cómo avanza la situación en Madrid y si encuentro el momento adecuado para que Estela escuche razones. Pero David tiene que darle espacio y dejar de presionarla.
—De acuerdo. Me parece un trato justo —aceptó Carlos, sintiendo un leve alivio en el pecho—. Mantengamos el contacto en secreto. Gracias, Laura.
Lo que ni Carlos ni Laura podían imaginar era que la conversación no había sido tan privada como ellos creían. Oculta detrás de los pesados cortinajes negros de la salida de emergencia, a escasos metros de donde Carlos hablaba por teléfono, se encontraba Elena.
Elena era la actriz coprotagonista de la compañía, una soprano bellísima, estilizada y sumamente ambiciosa que interpretaba a Christine Daaé sobre el escenario. Elena llevaba años persiguiendo a David, intentando captar su atención en cada cóctel y en cada ensayo, no por un sentimiento de amor real, sino por la frialdad analítica de lo que una relación con él representaría para su estatus. Sabía perfectamente que si la prensa del corazón los captaba juntos, sus contratos se duplicarían y su nombre alcanzaría el estrellato internacional que tanto ansiaba.
Al escuchar los fragmentos de la llamada de Carlos, los ojos de Elena se entornaron con una mezcla de rabia y astucia de depredador. «¿Una muerta de hambre de Madrid?», pensó, apretando los dientes con envidia al darse cuenta de que David estaba perdiendo la cabeza por una completa desconocida mientras a ella la ignoraba sistemáticamente tras las bambalinas. Pero la mente retorcida de la actriz no tardó en encontrar el cabo suelto perfecto para dar la vuelta a la situación a su favor. David estaba vulnerable, deprimido y completamente desconectado del control mediático. Era el momento exacto para dar el zarpazo definitivo.
Al día siguiente, aprovechando el revuelo de la llegada de la compañía al gran teatro de la siguiente ciudad de la gira, Elena se encerró en su camerino y realizó una llamada de larga distancia a uno de los periodistas de prensa rosa más influyentes del país, un hombre sediento de exclusivas que no dudaba en publicar cualquier rumor con tal de conseguir clics.
—Hola, querido. Tengo una exclusiva que va a hacer temblar los quioscos mañana por la mañana —susurró Elena con una sonrisa gélida y triunfal dibujándose en sus labios perfectos—. Es sobre David. Sí, el barítono del momento. Resulta que las increíbles y apasionadas actuaciones que está dando estas semanas tienen un motivo muy claro... Hemos decidido dejar de ocultarnos. Ponlo en primera plana: Elena y David son, por fin, la pareja oficial del año.
La mentira estaba echada a rodar en los engranajes de los medios de comunicación. Un hilo sutil de cizaña que prometía desatar un caos monumental en la vida de ambos protagonistas, levantando un muro de desconfianza aún más alto y destructivo entre Madrid y la gira, justo cuando los aliados secretos apenas comenzaban a tejer la esperanza de una reconciliación.