"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Simetria de un rechazo
El resto de la tarde transcurrió en un silencio tenso, de esos que anuncian una tormenta inevitable. Me quedé en la sala, sentada cerca del ventanal que daba al jardín de la entrada, pretendia leer un libro cuyas páginas ni siquiera procesaba. Cada pocos minutos, mi mirada se desviaba involuntariamente hacia la consola del recibidor, donde la elegante caja de madera devuelta descansaba como una bomba de tiempo.
Cerca de las siete de la noche, los faros del auto de Adrián iluminaron la entrada.
Escuché el motor apagarse y el chasquido seco de la puerta del garaje. El estallido de sus pasos apresurados sobre el mármol anticipó su entrada. No venía caminando; venía marchando, con la chaqueta del traje desabotonada, la corbata ligeramente torcida y esa expresión ensombrecida que solía traer cuando los negocios no salían como él pretendía.
—¿Salió ya el envío a la corporación Blackwood? —preguntó de golpe, sin molestarse en saludar ni en mirarme, mientras arrojaba el maletín sobre la mesa del vestíbulo.
Me puse de pie despacio, obligándome a mantener una postura serena para no delatar el nerviosismo que me devoraba por dentro.
—Llegó un mensajero está tarde—dije con voz pausada, midiendo cada palabra—. Pero no para confirmar la entrega, Adrián.
Adrián se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en la caja de madera oscura sobre la consola, reconociéndola de inmediato.
—¿Qué es eso? —murmuró, acortando la distancia con pasos rápidos y pesados.
—Lo devolvieron. El asistente personal de Dorian Blackwood vino en persona a dejarlo. Dijo que... el señor Blackwood no considera adecuados los obsequios personales para asuntos de negocios.
Durante un par de segundos, el silencio en la casa fue absoluto, denso como el plomo.
Adrián se quedó mirando la caja como si fuera un insulto dibujado en la pared. Abrió la tapa de golpe, revelando la botella intacta de coñac descansando sobre la cuna de terciopelo. Su rostro pasó de un pálido enfermizo a un rojo encendido por la humillación. Que un hombre como Dorian ni siquiera aceptara su cortesía no era solo un rechazo profesional; era una bofetada directa a su estatus, un gesto que lo catalogaba como un insignificante subordinado tratando de comprar atención.
—Maldito... —masculló entre dientes.
Con un movimiento violento de la mano, cerró la caja de golpe. El impacto de la madera retumbó en todo el salón.
—Es un arrogante de mierda —escupió, pasándose las manos por la cara en un gesto de absoluta desesperación—. Cree que puede tratarme como si fuera un principiante. Cree que voy a rogarle.
Se giró hacia mí bruscamente. Por un instante temí que volviera a volcar su rabia en mi contra, pero su mirada estaba perdida en la fijación obsesiva de su propio ego herido. Ni siquiera notó que mi respiración estaba contenida o que mis manos se apretaban disimuladamente contra la falda.
—No voy a dejar que me pisotee —dijo, más para sí mismo que para mí, comenzando a caminar de un lado a otro por la sala como un animal acorralado—. Si no quiere responder a mis llamadas ni aceptar mis gestos, tendré que obligarlo a escucharme. La licitación de la bahía no se le va a entregar a nadie más. Voy a buscar la forma de estar en la misma mesa que ese tipo, así tenga que mover cielo y tierra.
Lo observé en silencio. La ceguera de su narcisismo era impactante.
—Adrián... tal vez deberías dejarlo estar por un tiempo —me atreví a sugerir con voz muy baja, intentando sondear el terreno.
Él se frenó en seco y me lanzó una mirada cargada de desprecio.
—Tú no entiendes nada de esto, Valeria —cortó con frialdad—. Quédate al margen y encárgate de tus cosas. Esto es entre Blackwood y yo. Y no pienso perder.
Se sirvió un vaso de whisky con la mano temblándole ligeramente por la rabia y caminó a pasos agigantados hacia su despacho, cerrando la puerta con fuerza tras de sí.
Me quedé sola en la penumbra del salón. Solté el aire que llevaba minutos reteniendo en el pecho y subí lentamente las escaleras hacia la recámara.
Una vez adentro, caminé directamente hacia el peinador. Abrí el joyero, levanté la bandeja de terciopelo y saqué la pequeña tarjeta de papel. Leí nuevamente la caligrafía perfecta de Dorian a la luz tenue de la lámpara de noche.
Un pequeño escalofrío me recorrió los brazos. Guardé la tarjeta en su sitio, sintiendo cómo el silencio de la casa se volvía de pronto demasiado pesado. Mientras escuchaba el sonido apagado de los pasos de Adrián al otro lado del pasillo, me pregunté por primera vez en años qué tanto de la farsa que vivíamos era invisible para el resto del mundo... y qué fue lo que Dorian Blackwood creyó ver en mí.
me quedo en curiosidad sigue o la finalizaste .... por que la verdad esperaba mas capítulos 🥰🤭