Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 18
La camioneta blindada emprendió el regreso a la residencia Rossi bajo la luz dorada y melancólica del atardecer. En el asiento trasero, el silencio entre Damián y Cassandra era tenso, absoluto y abrumador. Cassandra mantenía la vista fija en el paisaje que desfilaba tras el cristal ahumado, aferrándose al borde de su vestido con una frialdad auto impuesta, mientras que su mamá estaba a su lado y sostenía su mano. Damián, por su parte, revisaba informes en su tableta, pero su mirada oscura se desviaba de tanto en tanto hacia la joven, buscando descifrar la distancia infranqueable que ella había construido en cuestión de minutos.
Al llegar a la propiedad, el Alfa descendió primero y, como de costumbre, le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Cassandra, sin embargo, fingió acomodar su bolso y bajó por su propio pie sosteniendose de su madre, evitando cuidadosamente cualquier contacto físico con él.
—Buenas noches, señor Rossi —murmuró Cassandra con una cortesía tan pulida como distante
—Buenas noches — dijo Doña Elena dedicándole una breve inclinación de cabeza antes de encaminarse hacia la casa de huéspedes de la mano de Cassandra.
Damián permaneció en la entrada de la mansión, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, observando cómo la figura de la joven desaparecía por el sendero iluminado del jardín. La punzada de frialdad que ella le había devuelto le dejaba un sabor amargo en la boca. Había sido él quien exigió un contrato sin emociones, pero verla actuar exactamente según lo pactado le resultaba inesperadamente perturbador.
En el interior de la casa de huéspedes, el olor a caldo de verduras casero y pan recién horneado recibió a Cassandra con un abrazo cálido. Don Mateo estaba en la cocina, terminando de preparar la cena que su esposa le había pedido antes de ir a acompañar a su hija.
—¿Cómo te sientes, mi niña? —preguntó doña Elena, ayudándola a acomodarse en el sofá.
—Estoy bien, mamá —respondió Cassandra, esbozando una sonrisa esforzada para no preocupar a sus padres—. Solo necesito comer un poco y acostarme a descansar.
Don Mateo alzó la vista por encima de sus gafas y examinó el rostro de su hija con la sabiduría que otorgan los años.
—¿Pasó algo con el señor Rossi en la ciudad, Cassandra? —preguntó el anciano con voz suave pero certera—. Te noto muy seria.
Cassandra se sentó a la mesa, dejando escapar un suspiro largo.
—No pasó nada, papá. Solo que... este lugar me recuerda a cada segundo cuál es mi papel aquí. No soy parte de esta familia, ni de la vida de Damián Rossi. Solo soy la mujer que lleva a su heredero por un contrato, y es mejor que no lo olvide jamás.
Doña Elena y don Mateo se miraron en silencio. Elena se acercó a la cocina, le sirvió un tazón caliente.
—Recuerda quién eres, mi amor. Tu dignidad no depende de los millones de ese hombre ni de las paredes de esta mansión. Tú estás haciendo esto por amor a nosotros, y ese bebé, aunque lleve la sangre de un Alfa, está creciendo alimentado por tu fortaleza.
Mientras tanto, en la residencia principal, la mansión parecía desierta tras la abrupta partida de Victoria. La esposa del Alfa había acatado las órdenes de Damián a regañadientes, recogiendo sus maletas a toda prisa para trasladarse al apartamento del norte de la ciudad a la espera de su vuelo a París.
Sin embargo, el peligro no había desaparecido.
En la galería del ala norte, doña Beatriz caminaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja. La voz de Victoria al otro lado de la línea sonaba histérica, cargada de rencor y humillación.
—¡Me echó, mamá! ¡Me mandó al departamento como si fuera una apestada! —chillaba la modelo—. Todo por culpa de esa infeliz. Si esa campesina llega a abrir la boca sobre lo de la clínica, Damián me va a quitar el apellido y nos dejará en la ruina.
—Cálmate de una vez, Victoria —siseó doña Beatriz en un susurro gélido, asegurándose de que ningún empleado anduviera cerca—. Damián cree que al mandarte a París el problema está resuelto, pero se equivoca. Yo sigo aquí en la residencia.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Victoria, conteniendo el aliento.
—Si esa muchacha cree que puede chantajearnos con sus secretitos, descubrirá lo que significa meterse con nosotras —respondió la mujer mayor con una sonrisa malévola en los labios—. Mientras tú brillas en las pasarelas de Francia para la prensa, yo me encargaré de que la estadía de Cassandra y sus queridos padres en esta villa se convierta en una pesadilla insoportable. Un accidente desafortunado le puede ocurrir a cualquiera... y un embarazo tan reciente es tan frágil como un cristal.
Doña Beatriz colgó la llamada y contempló las luces encendidas de la casa de huéspedes a lo lejos. La guerra por el heredero de la dinastía Rossi acababa de entrar en su etapa más oscura y silenciosa.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏