Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.
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Capítulo 10: Lo que renace del metal
Los primeros intentos fueron torpes. Isolde se caía más de lo que se mantenía en pie, las piezas de metal todavía sin el ajuste perfecto, el peso distinto al que su cuerpo recordaba de antes. Más de una vez, frustrada hasta las lágrimas, quiso arrancárselas y quedarse así, incompleta, antes que seguir fallando frente a los únicos dos testigos de su vergüenza.
—No voy a lograrlo —dijo, una tarde, después de caer por sexta vez seguida sobre el suelo de tierra de la cueva—. Es inútil.
—No es inútil. —Kate se arrodilló junto a ella, ayudándola a incorporarse sin ninguna lástima en el gesto, solo paciencia—. Es difícil. Son cosas distintas.
—Se siente igual desde aquí abajo.
—Lo sé. —Kate le ofreció la mano—. Pero la primera vez que sostuve una lanza, también terminé en el suelo más veces de las que puedo contar. Nadie nace sabiendo sostenerse.
Isolde tomó su mano, dejándose ayudar, aunque cada fibra de su orgullo quisiera negarse.
—Tú al menos naciste con las manos que necesitabas para sostenerla.
—Y tú vas a construir las tuyas, pieza por pieza, hasta que sean más tuyas de lo que las de nacimiento fueron para cualquiera de nosotros. —Kate la miró directamente, sin suavizar la verdad, pero sin crueldad tampoco—. Eso no te hace menos. Te hace distinta. Y distinta no es lo mismo que rota.
Isolde no respondió, pero algo en esas palabras se le quedó grabado más profundo de lo que hubiera esperado.
Blanck no podía cruzar todas las noches — el riesgo de ausencias demasiado frecuentes seguía siendo real, y cada vez que faltaba de la base por más tiempo del habitual, sentía el peso de la mirada de su padre un poco más cerca de la verdad. Pero cada vez que lograba escaparse, encontraba a Isolde un poco más firme sobre sus propios pies, un poco más cómoda en un cuerpo que ya no odiaba del todo.
—Mírala —le dijo Kate una noche, señalando hacia donde Isolde practicaba sola, moviendo los brazos mecánicos con una fluidez que semanas atrás habría sido impensable—. Lleva así casi una hora. No ha pedido ayuda ni una sola vez.
—Es terca.
—Es como tú.
Blanck sonrió, observando a su hermana desde la distancia con algo parecido al orgullo puro — no el orgullo frío de Ray X, medido en fuerza y utilidad, sino algo mucho más simple: la felicidad de ver a alguien que amaba, reconstruyéndose a sí misma con sus propias manos, aunque esas manos ya no fueran del todo las que nació teniendo.
Esa noche, Isolde se atrevió a algo que no había intentado antes: un movimiento completo, un giro con el brazo mecánico que terminó en un golpe certero contra un tronco viejo que el herrero había dejado como blanco de práctica. La madera se astilló con el impacto.
Se quedó mirando su propio brazo, sin poder creerlo del todo.
—¿Vieron eso?
—Lo vimos —dijo Kate, la voz cargada de una calidez que rara vez mostraba tan abiertamente—. Lo vimos perfectamente.
Isolde se rió — una risa genuina, la primera que Blanck le escuchaba desde antes de aquella noche con su padre, y el sonido de esa risa le dolió y lo sanó al mismo tiempo, en partes iguales.
Con el tiempo, aquellas noches en la cueva se convirtieron en algo más que entrenamiento. Kate llevaba comida, a veces más de la necesaria, y los tres terminaban sentados junto a una pequeña fogata, hablando de cualquier cosa que no tuviera que ver con Ray X, con la guerra, con la sangre pura que se suponía debían proteger por encima de todo.
—Cuéntame de tu pueblo —le pidió Isolde a Kate, una de esas noches—. Antes de que existiera esta cueva de secretos.
—Era ruidoso. Feliz, a su manera. —Kate miraba el fuego mientras hablaba, los recuerdos llegando despacio—. Mi hermana solía cantar mientras trabajaba, desafinada, sin que le importara. Yo la molestaba por eso todo el tiempo.
—¿Y ahora?
—Ahora el pueblo es más silencioso. Pero se está reconstruyendo. Igual que tú.
Isolde bajó la mirada hacia sus propios brazos, la luz del fuego reflejándose en el metal.
—A veces pienso que nunca voy a sentir esto como mío del todo.
—Yo pensé lo mismo, la primera vez que tuve que reconstruir mi casa con mis propias manos, piedra por piedra —dijo Kate—. Y ahora, cuando entro, no pienso en las manos que la construyeron. Solo pienso en que es mi hogar. Con el tiempo, esto también va a ser así.
Blanck las observaba a ambas, sentado un poco apartado del fuego, sintiendo algo que no tenía del todo nombre — la certeza extraña y hermosa de que, en algún punto sin que ninguno lo planeara, aquellas dos mujeres se habían vuelto tan importantes la una para la otra como lo eran para él. Ya no era solo su hermana y la mujer que amaba, coexistiendo por su causa. Se habían convertido en algo parecido a una familia elegida, construida en secreto, lejos de cualquier trono, de cualquier sangre pura, de cualquier promesa hecha por obligación en vez de por amor genuino.
—¿En qué piensas? —le preguntó Kate, notando su silencio.
—En que esto —señaló con un gesto suave hacia el fuego, hacia ambas, hacia la cueva entera— es lo más parecido a la felicidad que he sentido en toda mi existencia. Y me aterra pensar en lo que estaría dispuesto a hacer para protegerlo.
Isolde y Kate intercambiaron una mirada, ninguna de las dos con una respuesta fácil para eso.
—Entonces no pienses en perderlo —dijo Isolde, finalmente—. Piensa en disfrutarlo, mientras dure.
—¿Y si no dura?
—Nada dura para siempre, hermano. Ni siquiera el sufrimiento. —Se miró los brazos una vez más, el metal brillando tenue bajo la luz del fuego—. Si esto puede renacer de lo que padre me quitó, entonces creo que cualquier cosa puede renacer de cualquier pérdida. Incluso esto. Incluso nosotros.
Blanck no supo qué responder a eso. Pero se quedó con las palabras de su hermana el resto de la noche, aferrándose a ellas de la misma forma en que Isolde se había aferrado, semanas atrás, a la promesa que él le había hecho sin saber todavía cómo iba a cumplirla del todo.
Ninguno de los tres sabía que aquella noche, sentados junto al fuego, compartiendo algo tan simple como comida y conversación, sería recordada después —mucho después, en circunstancias que ninguno podría haber imaginado— como el último momento de calma completa antes de que todo comenzara a romperse.
Continuará...