Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 16.
Martin permanecía solo en su habitación, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolían la mandíbula. Sus ojos brillaban, inundados de lágrimas que se negaba a dejar caer. Cada risa, cada palabra suave que llegaba desde la habitación de al lado —la de Ignis y Bellamy— era como un latigazo sobre su piel. Aquella felicidad ajena lo torturaba, y el dolor pronto se transformó en una furia silenciosa, ardiente.
Se tambaleó hasta el escritorio, apoyándose con manos temblorosas, y comenzó a escribir. Una y otra vez repitió aquellas palabras, bajas y cargadas de veneno:
—Tu sobrino… —escupió la frase—. Bellamy, no eres el indicado para tenerlo. Ignis y su bebé son míos por derecho. Yo puedo darles a ambos lo que necesitan.
Bajó la mirada, y sus ojos se llenaron de un odio helado, despojados de esa dulzura fingida que siempre mostraba.
Debiste morir aquel día en el campanario. Debí arrojarte al acantilado. Así no serías un obstáculo para mi pensó, y la idea le quemó el pecho.
Se miró las manos, y una expresión de dolor profundo cruzó su rostro.
—Si no fuera por este don… —susurró—. Yo sería el esposo de Ignis. Tú no eres más que un intruso.
Apretó el bolígrafo hasta que sus nudos se blanquearon.
—Tengo que abrirle los ojos a Ignis. Tiene que ver quién eres en realidad.
Siguió escribiendo, sin detenerse, durante horas. No salió de la habitación, no habló con nadie. Solo escribía y murmuraba oraciones que no eran oraciones, palabras extrañas que se filtraban entre las paredes como un veneno invisible.
Mientras tanto, la paz que había encontrado Bellamy duró apenas una mañana.
El huevo brillaba. Por primera vez en días, lo hacía sin ayuda de nadie más que de mí. Estaba tibio, sereno, y había dormido tres horas seguidas abrazado a Ignis, con el huevo acurrucado entre nuestros cuerpos. Por un instante, todo pareció posible.
Pero al bajar a desayunar, El mayordomo nos esperaba con el rostro tenso, los labios apretados en una línea severa.
—El joven Martin no ha bajado —dijo en voz baja—. Toqué su puerta y me dijo que no lo molestara. Que está ayunando.
Ignis dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Ayunando? ¿Por qué?
El mayordomo me miró de reojo, con angustia.
—Dijo que anoche sintió que su presencia era una carga. Que prefiere orar por el huevo desde lejos antes que causar otra pelea entre ustedes.
Sentí como si me hubieran arrojado agua helada. Ahí estaba. Su venganza, tejida con delicadeza, imposible de detener.
Ignis se levantó de un salto. Lo seguí, con el huevo pegado al pecho, el corazón latiéndome con fuerza.
La habitación de Martin estaba sumida en penumbras. Olía a cera quemada e incienso denso, sofocante. Velas consumidas hasta la base rodeaban la estancia. Y allí estaba él, arrodillado en el suelo, pálido como un cadáver, con la misma túnica blanca de siempre. Parecía más delgado, más frágil.
—Martin —dijo Ignis, con voz temblorosa de verdadero temor—. ¿Qué has hecho?
Martin levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos y hundidos, como si no hubiera dormido en semanas.
—No pude cerrar los ojos—susurró, con la voz rota—. No dejaba de pensar en lo que dijiste. Tienes razón. Soy solo el tío. El sobrino no me necesita. Me dejé llevar por la codicia. Perdóname.
—No dije eso para lastimarte —Ignis se agachó y lo tomó de los hombros con cuidado—. Solo quería que descansaras.
—Lo sé —Martin me miró entonces. A mí. Directo a los ojos, con una tristeza que parecía infinita—. Pero Bellamy tiene razón. Desde que llegué, solo he traído problemas. Si me voy, ustedes volverán a estar bien. El huevo ya no me necesita.
Era mentira. Cada palabra era una mentira. Y el huevo lo confirmó: justo en ese instante, se movió entre mis brazos. Y se enfrió. Un descenso leve, pero lo suficientemente rápido para que Ignis lo notara al instante.
—Bellamy… —dijo él, con alarma.
—No —lo apreté con más fuerza contra mi pecho, desesperado—. Está bien. Sigue tibio.
Pero no lo estaba. Catrina se acercó sin pedir permiso y posó una mano sobre el cascarón. Su expresión se desplomó.
—Mi señor… está helado —susurró, solo para mí.
Martin bajó la cabeza, como si contuviera un sollozo.
—Lo siento. No quería que esto pasara. Solo… —se le quebró la voz— solo quería sentir, por una vez, lo que es tener un bebé que te elija a ti.
Esa frase fue el golpe final. Ignis es bueno. Demasiado bueno. Vio a su amigo de toda la vida, aquel que nunca tuvo nada suyo, que se entregó por completo a la fe y nunca pidió nada para sí mismo, llorando por un deseo que no era malo… y su corazón se rompió.
Ignis me miró con el rostro serio.
—Bellamy, no puede irse —dijo Ignis, sin mirarme, con los ojos fijos en el huevo frío entre mis brazos—. No hasta que nazca. Sabes que lo necesitamos. No es por él, es por nuestro hijo. Dile que se quede.
Catrina me apretó la mano. Con fuerza. No ceda señor. Es una trampa. Lo sabes.
Pero si me negaba, yo sería el monstruo. El esposo cruel que expulsa a un hombre devoto que solo quiere el bien de todos. Si aceptaba… lo dejaba entrar de nuevo.
Miré a Martin, arrodillado, con lágrimas en las mejillas. Miré el huevo frío entre mis manos. Y sentí que me ahogaba.
—Está bien —dije, con la voz muerta—. No eres una molestia. Puedes quedarte.
Una sonrisa triste, perfecta, se dibujó en los labios de Martin. Se levantó con la ayuda de Ignis, tambaleándose como si no tuviera fuerzas para sostenerse.
—Gracias —susurró, y abrazó a Ignis con una ternura que parecía real—. Gracias por no dejarme ir.
Cuando salieron de la habitación, abrazados como hermanos, Catrina se quedó conmigo. Me quitó el huevo de las manos con delicadeza.
—Mi señor —dijo, con rabia contenida—, no ayunó. Vi migas de pan en su mesa. Y la jarra de agua está a la mitad. Todo es mentira. Cada palabra.
Lo sabía. Lo sabía desde el principio. Pero ya era tarde. Ignis ya lo llevaba escaleras abajo, hablándole con suavidad, tratando de consolarlo.
Y el huevo, en los brazos de Catrina, no volvió a calentarse… hasta que escuchó los pasos de Martin acercándose de nuevo al comedor.
Había sido una mentira. Y ahora él tenía toda la tarde. Y yo… se lo había entregado con mis propias manos.
—Catrina… ¿cuántos días faltan para que se cumplan las dos lunas? —pregunté, sin fuerza, con la voz apagada.
—Faltan veinticuatro días más, mi señor —respondió ella, suave y triste.
Cerré los ojos, apretando los puños a los costados.
—Puedo soportarlo. En veinticuatro días mi bebé nacerá… y entonces ya no necesitará la energía de Martin. —Mi voz es una decisión tallada en el dolor—. Solo veinticuatro días. Y todo habrá terminado.