Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 16
Ariana y Ramiro se acercaron para observar la pantalla de la computadora que tenía tan entusiasmados a los gemelos. Al ver a Rayan y a Zayan enfrascados en un sitio educativo para niños, Ramiro esbozó una sonrisa cálida. Enseguida se dio vuelta y sacó algo del armario de su despacho.
Era un maletín cuadrado de tamaño mediano. Ramiro lo puso sin más en las manos de Rayan.
—Esta es una laptop que nunca llegué a usar; siempre la tuve guardada en este armario. Creo que ya es hora de que ustedes tengan una para conocer el mundo de afuera. Les pido que la usen con cabeza, ¿sí? Y hace un rato también les instalé un módem para que tengan internet en la casa.
A los gemelos se les iluminaron los ojos. Los dos se lanzaron a abrazar a Ramiro y le besaron las mejillas por turnos.
—¡Gracias! ¡Ramiro es el mejor tío del mundo entero! —gritó Rayan, feliz.
—¡Cierto! ¡Eres el más genial de todos! —secundó Zayan, no menos entusiasmado.
Ariana, testigo de la escena, dejó asomar una sonrisa tenue mientras contenía la emoción. Le conmovía el corazón, pero al mismo tiempo la atravesaba una punzada amarga. Sabía muy bien cuánto anhelaban sus hijos la figura de un padre. Y, sin embargo, estaba convencida de que el padre biológico de los niños jamás entraría en sus vidas. Los separaba una distancia social como la que hay entre el cielo y la tierra. Además, pensaba que Edgar seguramente había olvidado hacía tiempo lo de aquella noche. Por si fuera poco, el secuestro estremecedor de siete años atrás no hacía sino reforzar su certeza: algo no andaba bien dentro de la familia de Edgar, y ella tenía demasiado miedo de que la vida de los gemelos llegara a correr peligro.
*
Mientras tanto, en la lujosa sala de estar de la mansión Alcázar, Edgar estaba sentado frente a don Fernando. Le mostraba los planos del proyecto de un resort en una zona rural de aire fresco.
—El ambiente allá es muy apacible, y el aire le vendría de maravilla para recuperar la salud, papá —explicó Edgar en voz baja.
Don Fernando, sentado en su silla de ruedas, sonrió de oreja a oreja; sus ojos brillaban de interés.
—Vaya, parece que ya no puedo esperar para ir hasta allá, Edgar... Conozco el nombre de ese pueblo. Hace años tuve un amigo por esa región, pero él ya falleció hace mucho. Mañana llévame para allá, ¿quieres?
Edgar dejó escapar un suspiro suave y miró a su padre con respeto.
—De acuerdo, papá. Pero mañana quizá no pueda acompañarlo; todavía tengo un asunto importante con la empresa del señor Ogawa. Tal vez recién pasado mañana pueda alcanzarlo. ¿Le parece que Daniel y los guardias lo lleven primero a usted?
—Como quieras, Edgar, tú decides. Lo que importa es que mañana yo salgo para allá —respondió don Fernando, impaciente.
Edgar sonrió apenas al ver el entusiasmo de su padre.
—Está bien, papá. Justo compré una villa de lujo por allá; queda muy cerca del proyecto del resort, que arranca dentro de poco. Yo también voy a asistir a la colocación de la primera piedra, como símbolo de que el complejo turístico del Grupo Alcázar queda oficialmente en marcha.
Don Fernando le palmeó el hombro a su hijo, henchido de orgullo, admirando los logros de Edgar, que jamás fallaba en traer gloria a la familia.
*
A la mañana siguiente, el aire fresco envolvía el pueblo de San Isidro. Ramiro, Ariana, Larisa y Renata aprovecharon el momento para salir a trotar sin prisa por los caminos del pueblo. Los gemelos, en cambio, prefirieron quedarse en el patio de la villa de Ramiro para afinar su juego de fútbol.
—Zayan, ¡pobre de ti si esta tarde en el partido haces una de las tuyas como ayer! —lo amenazó Rayan, apuntándolo con el dedo.
—Sí, sí, ¡tranquilo! Esta vez voy a pasar la pelota y no me la quedo yo solo —prometió Zayan, mostrando su sonrisa pícara.
—Más te vale. Vamos a entrenar otra vez para ganarle al equipo de Mono. Ese siempre me reta a duelo, ¡y esta tarde nuestro equipo tiene que ganar! —exclamó Rayan, pura energía. Zayan asintió, convencido.
Al caer la tarde, Ramiro y Renata se despidieron para volver a la ciudad. En la casa, Rayan y Zayan ya estaban listos, enfundados con orgullo en su uniforme de fútbol. Ariana, al ver cómo se comportaban sus dos hijos, no pudo sino llevarse la mano a la frente.
—Ustedes en vez de estudiar para sacar buenas notas en el examen del semestre, ¡nada más juegan a la pelota! —refunfuñó Ariana, negando con la cabeza.
—¡Mami, no protestes tanto! La prueba está en que el semestre pasado Zayan y yo sacamos el primer lugar. Aunque no estudiemos, lo que el maestro explica en la escuela se nos queda pegado en la cabeza, ¡mami! —contestó Zayan, seguro de sí.
Ariana solo pudo dejar escapar un largo suspiro. Tenía que admitir el talento de sus dos tesoros, que siempre se llevaban las notas perfectas de la primaria.
—Es que queremos ser como Cristiano Ronaldo, mami, ¡futbolistas de talla mundial! Ronaldo de chico vivía igual que nosotros, criado por una madre extraordinaria... ¡igual que tú, que nos criaste de maravilla! —dijo Rayan de corazón. El pequeño dio un paso al frente y abrazó a su madre con fuerza, y Zayan enseguida se le sumó.
A Ariana se le escapó, lenta, una lágrima de emoción. Contempló a los dos niños que crecían convertidos en seres tan cariñosos. Desde el umbral de la puerta, nana Meche y Larisa sonreían conmovidas ante aquella escena tan tierna; nunca imaginaron que los gemelos crecerían para ser el orgullo de una madre que hasta entonces había vivido siempre entre penurias.
*
El silbato del partido sonó al fin en la cancha de césped que limitaba con el terreno de la villa de lujo, una villa de dos plantas famosa por llevar largo tiempo deshabitada. El encuentro entre el equipo de los gemelos y el de Mono, del pueblo vecino, se peleó palmo a palmo.
Pero en plena jugada, Rayan soltó un disparo potente hacia el arco. La pelota voló alto, se fue desviada y cayó justo dentro del jardín de aquella villa de lujo.
Mono aprovechó la situación y sonrió con malicia.
—Rayan, ¡tú te haces responsable de ir a buscar esa pelota! Por tu patadón, ¡fue a dar dentro de la villa embrujada!
Zayan y Kiko sujetaron de inmediato a Rayan por el brazo.
—¡No, Rayan! ¡Te vas a espantar, esa villa está embrujada! —lo frenó Zayan, angustiado.
—Ya, no hay que tener miedo. Es pleno día; a esta hora no aparece ningún fantasma —replicó Rayan, tratando de mantener la calma.
Mono metió baza, burlón:
—¡Ay, por favor, ni que fuera un drácula que solo sale cuando se pone el sol!
Sin ganas de aguantar la cháchara de Mono, Rayan se armó de valor. Se atrevió a cruzar el portón de la villa, que por casualidad estaba entreabierto y sin llave. Sus pasos menudos pisaron el césped del patio, rumbo a la fuente donde se había atascado su pelota.
Pero apenas dio unos pasos hacia la fuente, se detuvo en seco.
Un anciano de cabello blanco, sentado en una silla de ruedas, se acercaba despacio a donde estaba la pelota y la recogía. Rayan se quedó congelado en su sitio, tragando saliva con dificultad.
¿Eso... es un humano o un fantasma? ¿No que esta villa estaba vacía?, se debatía Rayan por dentro, entre el miedo y la curiosidad.
De pronto le entraron los nervios; el temor empezó a trepar y a apoderarse de él.
Continuará...