Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 3
Después de que la llamada telefónica que le destrozó el corazón se cortó de golpe, Valeria seguía sentada, congelada, en el sofá de la sala. Ambas manos aferraban el celular con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, mientras las lágrimas seguían corriendo en silencio, empapándole las mejillas.
En su regazo, Luna por fin se había quedado dormida, agotada de tanto llorar. El vestido de cumpleaños que se había puesto esa mañana con tanto orgullo lucía ahora arrugado y deslucido.
Valeria contempló el rostro inocente de su hija, que todavía tenía rastros de lágrimas en la comisura de las mejillas. El pecho le dolía con una opresión asfixiante, como si el oxígeno de la habitación se hubiera evaporado de pronto.
"¿Qué culpa tiene esta niña, Andrés? ¿Tan difícil te resulta dedicarle una sola noche a tu propia hija?", pensó Valeria con el alma en pedazos, lamentando la desdicha de ambas.
Las manecillas del reloj de pared ya marcaban pasadas las once de la noche cuando el rugido de un motor de auto de lujo se escuchó entrando al patio de la casa. Valeria irguió la espalda de inmediato. Trasladó con sumo cuidado el cuerpo dormido de Luna al sofá y se puso de pie.
Sus ojos hinchados miraron fijamente hacia la puerta principal con una mirada que ya no era la de antes. Una mirada llena de heridas que ahora empezaba a cubrirse con un muro de hielo.
La puerta se abrió con un chasquido.
Andrés entró con toda tranquilidad. Ni siquiera despegó la vista de la pantalla de su celular mientras cruzaba la sala sin dedicarle una sola mirada a los globos ni al pastel de cumpleaños que resaltaban en medio de la habitación.
No había el menor trazo de culpa en su rostro apuesto. No hubo explicación. Tampoco salió de sus labios una sola palabra de disculpa. Se comportaba como si esa noche fuera una noche cualquiera, transcurrida sin el menor tropiezo.
—Andrés —lo llamó Valeria.
Andrés se detuvo junto al perchero de sacos, volteó con desgano y una ceja levantada.
—¿Hmm? ¿No te has dormido?
—¿Dónde andabas que apenas llegas?
Andrés bufó suavemente y se quitó el saco de trabajo con un gesto indiferente.
—Estaba trabajando, Valeria. Ya te dije esta mañana que hoy tenía la agenda llena.
La respuesta salió de su boca como algo mecánico. Plana, fluida, sin el más mínimo asomo de duda. Valeria observó a su esposo fijamente durante unos segundos, tratando de encontrar algún último vestigio de honestidad que pudiera estar escondido, pero no encontró nada más que arrogancia.
—¿Trabajando? —repitió Valeria con un dejo de sarcasmo.
—Sí, trabajando. ¿Por qué? ¿Ahora me vas a interrogar? —replicó Andrés, empezando a encenderse.
—Luna te esperó desde las cuatro de la tarde. Se negó a soplar la vela hasta que se le hincharon los ojos y se quedó dormida de tanto llorar —dijo Valeria, señalando hacia el sofá donde Luna estaba acurrucada.
Andrés le echó una mirada fugaz a su hija y enseguida volteó la cara.
—¿Y qué quieres que haga? Estaba ocupado. Los asuntos de la oficina no se pueden dejar así como así por cosas como esta.
—¿Cosas como esta? —La voz de Valeria empezó a temblar, conteniendo la furia a punto de explotar en su pecho—. ¡Le diste tu promesa de meñique esta mañana! ¡Le prometiste que llegarías a tiempo!
—¡Valeria, ya basta! ¡Ya te dije que surgió un trabajo de último momento! ¡No te portes como una niña que no sabe ordenar prioridades! —bramó Andrés, elevando el tono.
Valeria respiró hondo, tratando de reunir todas las fuerzas que le quedaban en el alma. Normalmente, habría optado por callarse. Normalmente, habría cedido, pedido disculpas y tragado todo ese dolor sola para mantener la paz del hogar.
Pero esta noche era diferente. Eran demasiadas mentiras acumuladas. Demasiadas heridas soportadas en los últimos dos años.
—Si de verdad estabas tan ocupado trabajando en la oficina, ¿por qué cuando llamé contestó otra mujer? —preguntó Valeria directo, clavando justo en el blanco.
El movimiento de la mano de Andrés, que estaba a punto de aflojarse la corbata, se detuvo en seco. Solo un instante, antes de que recuperara rápidamente el control de su expresión y caminara con calma hacia el sofá largo, donde se sentó recargándose con arrogancia.
—¿Otra mujer? ¿De qué otra mujer hablas? —preguntó Andrés de vuelta, haciéndose el confundido.
—No te hagas. Sabes perfectamente quién tenía tu celular esta noche.
Andrés chasqueó la lengua y lanzó una mirada de hastío hacia el techo.
—Valeria, empieza a hablar claro. No me marees después de un día entero matándome por ganar dinero.
—¡Escuché la voz de una mujer en tu teléfono! ¡Lo escuché todo clarísimo! —exclamó Valeria, y las lágrimas volvieron a rodar.
—¿Y? ¿Qué escuchaste exactamente? —desafió Andrés, cruzándose de brazos con calma.
Valeria se acercó al sofá, aferrando la orilla de su blusa hasta que las uñas se le pusieron blancas.
—Esa mujer dijo que te estabas bañando.
—¡Ja, ja, ja! —Andrés soltó una carcajada breve. Una risa cínica que se sintió como una navaja rebanándole el corazón a Valeria en pedazos—. ¿Y? ¿Solo por eso me acusas de quién sabe qué?
—Y después te llamó por tu nombre con una voz coquetísima, como de mucha confianza —la voz de Valeria temblaba cada vez más, conteniendo el llanto que le presionaba la garganta.
—¿Y qué tiene que me llame por mi nombre? Está en todo su derecho, ¿no?
Valeria miró a su esposo con una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Hablas en serio? ¿Te parece que eso es normal?
—Sí, completamente normal.
—¡Es otra mujer, Andrés! ¡Otra mujer contestando tu celular personal en la noche! —gritó Valeria, incapaz de contener más sus emociones.
Andrés resopló con fuerza por la nariz y puso cara de fastidio extremo.
—Dios mío, Valeria... de verdad eres mezquina.
—¡También escuché tu voz detrás del teléfono! ¡No estoy sorda!
—¿Qué más escuchaste, a ver? —le espetó Andrés de vuelta, con los ojos relampagueando de rabia porque su privacidad estaba siendo invadida.
—¡Escuché con mis propios oídos cómo le dijiste "mi amor" a esa mujer! ¿Qué más vas a negar?
La sala se sumió en un silencio sepulcral durante unos segundos después de que esas palabras salieron de los labios de Valeria. Lejos de entrar en pánico o sentir temor porque su fachada se hubiera derrumbado, Andrés volvió a esbozar una sonrisa cínica cargada de desprecio.
Se puso de pie, mirando a Valeria de arriba abajo con desgano.
—Por Dios, Valeria... —Andrés negó lentamente con la cabeza.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así?
—De verdad te has pasado de la raya. No tienes dignidad.
Valeria frunció profundamente el ceño, el pecho aplastado como si le hubiera caído encima una roca enorme.
—¿Yo me pasé de la raya? ¿Yo?
—¡Sí, tú! —Andrés avanzó un paso, intimidando a Valeria con su estatura—. Valeria, ¿desde cuándo te convertiste en una mujer paranoica que acusa a su esposo de serle infiel sin una sola prueba clara? ¡Estás pura y llanamente especulando!
—¡No estoy acusando sin pruebas! ¡Escuché tu propia voz en esa llamada!
—¡Escuchaste mal! —Esa frase tajante y gélida salió disparada de la boca de Andrés, dejando a Valeria paralizada al instante.
—¡Imposible! No puedo haber escuchado mal tu propia voz —murmuró Valeria, negando con la cabeza.
—¡Claro que sí! ¡Tú siempre has sido así: te entra el pánico por cualquier cosa y eres demasiado desconfiada! —la acribillaba Andrés sin compasión—. Te la pasas imaginando cosas en esta casa.
—¡No escuché mal! ¡Tu voz era clarísima!
—¡Si te digo que escuchaste mal, escuchaste mal! ¡No me contradigas! —vociferó Andrés.
Valeria sentía el pecho cada vez más ardiente; la rabia había alcanzado el punto de ebullición.
—¡Andrés, soy tu esposa! ¡Estuve a tu lado durante siete años, conozco perfectamente tu voz! ¡Y no soy estúpida!
—¡Pero tu actitud y tu cabeza esta noche funcionan como las de alguien que jamás ha usado el sentido común para pensar!
El corazón de Valeria recibió la puñalada en seco. En siete años de matrimonio, por más rico o exitoso que se hubiera vuelto Andrés últimamente, jamás le había lanzado un insulto tan brutal como ese.
Ahora, cada palabra que salía de la boca de Andrés se sentía como un pisotón deliberado para aplastar su dignidad como mujer.