Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 20
Horas más tarde, el médico revisaba a Gala. La presencia del psicólogo hacía que las cosas fluyeran, aunque ella no quería aceptar las sesiones. No había negado tener un trauma, pero ¿cómo lo explicaba?
¿Cómo les decía que en su vida anterior había sufrido en manos de Boris? ¿En manos de Elia y de sus hermanos? ¿Que sus padres nunca la quisieron? Todo caía sobre ella como enormes piedras que aplastaban su alma.
—Gala, no seas terca —dijo Boris, mientras leía una tableta donde recibía los tratamientos de Gala: desinflamantes, gotas para su oído—. Es mejor que tomes una sesión con el doctor Antonio. Esa reacción no es saludable.
—Presidente Ricci, entiendo que usted me salvó y le agradezco —respondió Gala, con una calma que no sentía—. Pero, de verdad, no necesito tanto cuidado. No sé cómo pagarle. Y además, sobre Eliana, en serio, lo siento. Tampoco debería...
Pero antes de que pudiera terminar, la puerta se abrió.
Una mujer de mediana edad entró. Era hermosa y serena, pero tenía un frío encantador que la hacía más enigmática. Sus ojos grises se posaron en Gala y luego en Boris, quien parpadeó varias veces sin saber qué rayos estaba pasando.
—Boris Ricci —dijo la mujer, con una voz que helaba la sangre—. Es realmente la última vez que me haces buscarte por todos los hospitales. Yo te lo advierto. No quiero mentiras.
Boris frunció el ceño.
—¿Madre?
Barbara Ricci había llegado alertada por Lorgio. Quería ver con sus propios ojos lo que realmente estaba pasando. Y al ver a Gala, las cosas le aparecieron más lógicas.
—Tú debes ser Gala Ponce, ¿verdad? —dijo, mirándola con cautela.
Gala, sin embargo, asintió con seguridad. No le debía nada a nadie en esta vida. Y menos en la anterior.
—Buenas tardes, señora. Sí, soy Gala Ponce. Mucho gusto —dijo, como si fuera una presentación común. Que estuviera hospitalizada, con un oído vendado y el rostro amoratado e hinchado, era otra cosa.
La mujer asintió y luego esbozó una linda sonrisa.
—Hola, cariño. Soy Barbara Ricci, y vine para llevarte a casa. Eliana está loca esperando a que te lleve.
Gala abrió los ojos, sorprendida. Miró a Boris, luego a Eliana, luego a Helen. Todas tenían expresiones diferentes: Boris, de desconcierto; Eliana, de triunfo; Helen, de alivio.
—Señora Ricci, no quiero causar molestias —dijo Gala, con cuidado—. De verdad, puedo quedarme en la residencia. No quiero ser una carga.
—Tonterías —respondió Barbara, con una sonrisa que no admitía réplica—. Eres la amiga de mi hija. Eso te convierte en familia. Y en esta familia, nos cuidamos unos a otros.
Boris la miró, incrédulo.
—Madre, ¿qué estás haciendo?
—Lo que deberías haber hecho tú desde el principio —respondió Barbara, sin apartar los ojos de Gala—. Proteger a esta joven de esa familia de buitres. ¿O creías que no me iba a enterar de lo que pasó? Lorgio me mantiene informada. Siempre.
Boris apretó la mandíbula. Maldito Lorgio. Pero en el fondo, no podía negar que su madre tenía razón. Gala necesitaba protección. Y la mansión Ricci era el lugar más seguro de Puerto Azul.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero yo también voy a estar pendiente.
—Por supuesto que sí —respondió Barbara, con una sonrisa ladina—. No esperaba menos de ti.
Gala las miró a todos, sintiéndose abrumada. En su vida anterior, la mansión Ricci había sido su prisión. El lugar donde Boris la encerró, donde Elia la manipuló, donde sus sueños se marchitaron uno por uno.
Pero esta vez... esta vez era diferente.
Esta vez, entraba a esa casa por voluntad propia. Como invitada. Como protegida. Como alguien que tenía aliados, no carceleros.
—Gracias, señora Ricci —dijo, su voz temblando ligeramente—. Acepto su invitación.
Barbara asintió, satisfecha.
—Bien. Vamos. Lorgio ya tiene el auto listo.
Mientras salían del hospital, Boris se quedó atrás un momento. Miró a Lorgio, que esperaba junto a la puerta.
—¿Sabes que te puedo asesinar por esto, verdad? —dijo Boris, con un tono que mezclaba irritación y gratitud.
—Lo asumo, señor —respondió Lorgio, impasible—. Pero consideré que era lo mejor para la señorita Ponce.
Boris lo miró por un largo momento. Luego, asintió.
—Hiciste bien.
Y salió, siguiendo a su madre, a su hermana y a Gala.
Mientras el auto se alejaba del hospital, Gala miraba por la ventana. Las luces de Puerto Azul brillaban en la distancia, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro no le parecía tan aterrador.
Esta vez, no estaba sola.
Esta vez, tenía una familia. Una familia que la había elegido. Una familia que la protegería.
Y en el asiento del copiloto, Barbara Ricci sonreía. Porque sabía algo que nadie más sabía: que Gala Ponce no era una simple invitada. Era la mujer que su hijo, sin saberlo, había estado buscando toda su vida.
Y Barbara Ricci no iba a permitir que nadie se la arrebatara.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia