Sinopsis del Argumento
Diana Monasterio vive su vida bajo el pulso exacto de un quirófano: disciplina férrea, éxito absoluto y una reputación intachable dentro de la alta sociedad. A los 45 años, viuda y consagrada como una de las cardiocirujanas más respetadas del país, dirige su imperio médico con la misma frialdad con la que protege su vida privada. Sin embargo, su mundo milimétricamente ordenado se fractura el día que ingresa de urgencia la matriarca de la familia Blake, una paciente de 78 años al borde de la muerte.
Al frente de la sala de espera está Samantha Blake, una experimentada y magnética jefa de división del FBI. Con 54 años, una presencia imponente y una vida vivida sin armarios ni complejos, Samantha deslumbra a Diana desde el primer segundo.
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LA ARMADURA DE LA LIBERTAD
La tarde avanzaba sobre la ciudad proyectando destellos dorados a través de los ventanales de la mansión. En el vestidor principal, rodeada por percheros repletos de trajes sastre impecables, abrigos de lana y vestidos de alta costura diseñados exclusivamente para la alta sociedad, Diana Monasterio contemplaba su reflejo con una extraña sensación de extrañeza y liberación.
Por primera vez en más de dos décadas, no había abierto el armario buscando la armadura de la médica perfecta ni el camuflaje protocolario exigido por las cenas con Patricio.
Siguiendo las directrices del improvisado comando de rescate, se había quitado la ropa formal para enfundarse en unas prendas que hacía años no se atrevía a usar. Llevaba unos vaqueros de tubo en tono azul oscuro, ajustados con precisión a su esbelta silueta, que estilizaban sus piernas; combinados con una delicada camisa de seda en color marfil, de mangas tres cuartos, que aportaba una elegancia desenfadada y fluida. Y como toque final, un par de stilettos de infarto: unos zapatos de tacón fino de doce centímetros en tono nude que estilizaban aún más su porte, obligándola a caminar con una verticalidad imponente, casi desafiante.
Diana se recostó ligeramente contra el borde del tocador, pasándose los dedos por el cabello suelto, que caía en ondas suaves sobre sus hombros, libre de la coleta estricta y tirante de todos los días.
—Estás increíble, Didi —la voz de Mariana rompió el silencio de la habitación. Su amiga, junto con la hermana de Diana y Clara, entraron al vestidor con tazas de café en mano, deteniéndose en seco al ver el resultado del cambio de look.
—¿Están seguras de esto? —preguntó Diana, con un leve temblor en la voz y una mezcla de vértigo y coquetería reflejada en el fondo de sus ojos oscuros—. Siento que voy desnuda... No estoy acostumbrada a vestir así fuera de un entorno estrictamente social.
—Estás hermosa, mamá —terció Clara con una sonrisa de oreja a oreja, aplaudiendo suavemente con las manos—. Si la agente del FBI te ve con esos tacones de doce centímetros, te aseguro que se olvida de todos los protocolos del hospital en medio segundo.
—Ese es exactamente el objetivo, sobrina —bromeó la hermana de Diana, bebiendo un sorbo de café con aire aprobatorio—. Ya estuvo bien de camuflajes grises. Ahora bien, el plan de alta seguridad ya está sobre la mesa. Mariana hizo algunas llamadas discretas y averiguó que la madre de Samantha fue dada de alta esta misma tarde de la unidad de cuidados intensivos y trasladada a una habitación privada en el ala de hospitalización general. Y adivina quién firmó la orden de alta definitiva...
Diana arqueó una ceja, sintiendo un vuelco en el estómago.
—¿El doctor Sotomayor?
—¡Exactamente! Lo que significa que el camino en terapia intensiva está despejado —explicó Mariana con una sonrisa astuta, cruzándose de brazos—. Pero la verdadera jugada maestra no es ir a buscarla al hospital como una colegiala asustada. El plan consiste en interceptarla en el punto de encuentro estratégico que nosotras ya calculamos.
Diana la miró con recelo, aunque una chispa de curiosidad le brillaba en la mirada.
—¿Qué punto de encuentro estratégico?
—La cafetería gourmet del atrio central, exactamente a las seis de la tarde —intervino Clara, mostrando la pantalla de su teléfono con una serie de notas cronometradas—. La abuela Blake ya está descansando con enfermería privada, lo que significa que Samantha suele bajar sola a tomar un café antes de encargarse del traslado a casa. Tú vas a entrar al hospital con la excusa de revisar los reportes de fin de jornada de cirugía cardiovascular, pasarás por el atrio... y el destino hará el resto.
Diana sintió que las piernas le flaqueaban ligeramente, y no precisamente por la altura de los vertiginosos tacones de doce centímetros. La idea de caminar por los mismos pasillos donde había huido despavorida la noche anterior, pero esta vez con la guardia baja y vistiendo unos vaqueros ajustados, le provocaba una descarga de adrenalina pura.
—¿Y si me ve y cree que la estoy persiguiendo? —murmuró Diana, mordiéndose ligeramente el labio inferior, traicionando por un segundo toda su compostura habitual.
Mariana soltó una carcajada ligera y se acercó para acomodarle con cariño el cuello de la camisa de seda.
—Querida, una mujer como Samantha Blake no cree en casualidades, y mucho menos se asusta porque la busquen. Lo único que va a pensar al verte caminar hacia ella con esos zapatos es que finalmente has decidido rendirte.
Diana respiró hondo, cerrando los ojos por un instante para acallar las últimas dudas de su mente cuadriculada. Miró a su alrededor: su hermana asintiéndole con orgullo, su mejor amiga sonriéndole con complicidad y su hija menor sosteniéndole la chaqueta con una confianza ciega. El miedo seguía allí, agazapado en el fondo del pecho, pero el anhelo de sentir latidos reales era infinitamente mayor.
Tomó aire, ajustó su postura frente al espejo sintiendo la firmeza de los doce centímetros de tacón bajo sus pies, y levantó el mentón con una mezcla de elegancia y desafío.
—De acuerdo —dijo Diana con voz firme, tomando su bolso de diseñador del tocador—. Vamos a cazar al FBI.