Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capitulo 10
Zaira observó a su prima durante unos segundos.
Sabía cuánto había sufrido.
Había estado allí cada noche.
Cada lágrima.
Cada miedo.
Cada paso de aquel embarazo.
—Eres demasiado buena para tu propio bien.
Marel soltó una pequeña risa amarga.
—Tal vez.
Terminaron el almuerzo poco después.
Pagaron la cuenta y comenzaron a caminar de regreso hacia Larcor.
La tarde estaba agradable.
Y durante algunos minutos avanzaron en silencio.
Hasta que Zaira volvió a hablar.
—¿Qué harás cuando Brian te pregunte por su padre?
Marel se detuvo apenas un instante...
Aquella era la pregunta que más temía.
Porque sabía que tarde o temprano llegaría.
—No lo sé.
La respuesta salió en un susurro.
—Todavía no lo sé.
Zaira no insistió.
Porque por primera vez en toda la conversación, Marel parecía verdaderamente vulnerable.
Continuaron caminando hasta llegar al edificio de Larcor.
......................
La oficina de Zaira ...
Sobre el escritorio las esperaban las muestras de organza De seda francesa que habían quedado de analizar después del almuerzo.
Zaira dejó su bolso a un lado.
—Por fin podremos revisar las muestras.
Marel sonrió.
—Llevas toda la mañana hablando de ellas.
—Porque prometen mucho.
Zaira abrió cuidadosamente la primera caja.
En su interior descansaban varias piezas de tela perfectamente protegidas.
Tomó una muestra color marfil y la extendió bajo la luz.
—Mira esto.
Marel se acercó.
La tela era ligera.
Etérea.
Con una transparencia elegante y una caída delicada.
—Es preciosa.
—Y el acabado es impecable.
Zaira pasó los dedos por la superficie con la familiaridad de quien sabía por experiencia trabajar con textiles.
—Exactamente lo que esperaba.
Marel tomó otra muestra en tono champagne.
—Esta funcionaría perfectamente para velos.
—Y para capas desmontables.
Zaira asintió inmediatamente.
Durante la siguiente hora ambas revisaron una por una las muestras.
Analizaron tonalidades.
Caídas.
Acabados.
Y las posibles aplicaciones que podrían tener en futuros diseños de Larcor.
Era una de las partes favoritas de Marel.
Porque antes de convertirse en vestidos espectaculares, todas sus creaciones comenzaban exactamente así.
Con una tela entre las manos.
Con un boceto.
Y con la imaginación suficiente para transformarla en algo inolvidable.
—Definitivamente estoy ansiosa por trabajar con estas telas —concluyó Zaira mientras organizaba las muestras seleccionadas.
—Estoy de acuerdo.
—Sabía que te gustaría.
Marel sonrió.
Y por un momento, concentrada en telas, diseños y futuros proyectos, logró olvidarse de todo lo demás.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El sol comenzaba a ocultarse cuando el automóvil de Rainer atravesó los portones de la residencia familiar.
Habían pasado varios días desde su última visita.
No porque no quisiera ver a sus padres.
Sino porque el trabajo rara vez se lo permitía.
Apenas entró en la casa, una sonrisa apareció en su rostro.
—Mamá.
Sabina se levantó inmediatamente del sofá.
—¡Rainer!
Lo abrazó con fuerza.
—Me alegra verte.
—Yo también me alegro de verte.
Rainer se separó apenas para observarla.
Saludable.
Cinco años atrás había temido perderla.
Ahora verla así seguía pareciéndole un milagro.
—Te ves bien.
—Porque estoy bien.
Sabina acarició su mejilla.
—Los médicos dicen que mis análisis son excelentes.
—Me alegra escucharlo.
—Y deberías venir más seguido para comprobarlo por ti mismo.
—Lo intentaré.
—Eso dijiste la última vez.
Rainer sonrió.
No tenía defensa contra eso.
—¿Dónde está papá?
—En su despacho.
Como siempre.
Ambos sabían que aquello no era una exageración.
Octavio pasaba más tiempo trabajando que descansando.
—Voy a saludarlo.
—No tardes mucho.
La cena estará lista pronto.
Rainer asintió y caminó hacia el despacho.
La puerta estaba entreabierta.
Octavio revisaba varios documentos cuando levantó la vista.
—Llegas tarde.
Ni un saludo.
Solo una observación.
Rainer ya estaba acostumbrado.
—Buenas noches para ti también.
Octavio dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Cómo va la preparación para el traslado de la sede?
—Según lo planeado.
—Bien.
El silencio se instaló durante unos segundos.
—Escuché que volverás a competir.
Rainer arqueó una ceja.
—Las noticias viajan rápido.
—Diriges una empresa internacional.
Las noticias importantes siempre llegan rápido.
Rainer cruzó los brazos.
—Es solo una carrera.
—Las carreras nunca son solo carreras.
Octavio se puso de pie.
—La imagen de la empresa está involucrada.
—Lo sé.
—Entonces gana.
Rainer soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo igual.
—Y tú sigues tomándote algunas cosas demasiado a la ligera.
El comentario habría molestado a cualquiera.
Pero no a él.
Llevaba toda la vida escuchando a Octavio.
—A veces creo que si el mundo se acabara seguirías preocupado por una junta directiva.
—Si el mundo se acabara, alguien tendría que organizar la evacuación.
Rainer negó con la cabeza.
Aquello era tan propio de su padre que resultaba imposible discutir.
Por suerte, Sabina apareció en la puerta.
—¿Ya empezaron?
—No hemos empezado nada —respondió Octavio.
—Claro.
Y yo nunca tuve cáncer.
Rainer soltó una carcajada.
Octavio suspiró resignado.
—Siempre tomas su lado.
—Porque normalmente tengo razón.
Sabina tomó a su hijo del brazo.
—Ven.
Vamos a cenar antes de que tu padre convierta esta visita en una reunión de negocios.
—No es una mala idea.
—Octavio.
—Está bien.
La sonrisa divertida de Sabina fue inmediata.
Mientras caminaban hacia el comedor, Rainer observó a sus padres.
Tan diferentes.
Tan opuestos.
Y sin embargo, después de tantos años, seguían juntos.
A veces se preguntaba cuál de los dos tenía razón.
Y por alguna razón que no lograba entender, aquella noche terminó recordando unos ojos color verde avellana que había intentado olvidar durante cinco años.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Más tarde...
Rainer regresó a su departamento después de cenar con sus padres.
Apenas tuvo tiempo de dejar las llaves sobre la consola cuando alguien llamó a la puerta.
Al abrir, encontró a Alessia al otro lado.
—Pensé que ya estarías dormido —dijo ella con una sonrisa.
—Sabes que eso nunca pasa.
Alessia entró sin esperar invitación y rodeó su cuello con los brazos.
Rainer sonrió levemente antes de besarla.
Ella respondió de inmediato, profundizando el beso.
La tensión de la jornada comenzó a desaparecer poco a poco.
Entre caricias, risas y besos, ambos terminaron alejándose de la entrada y perdiéndose en la intimidad del departamento, dejando que el resto de la noche les perteneciera únicamente a ellos.