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La satisfacción de ser subestimada

La satisfacción de ser subestimada

Status: Terminada
Genre:Doctor / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:205
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.

Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.

Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.

Pero los secretos tienen fecha de caducidad.

A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.

Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.

Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.

Es una ventaja.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Ariana permaneció de pie frente a la larga mesa del comedor, con las manos quietas a los costados. Su vestido de casa era sencillo, el cabello castaño oscuro le caía ordenado hasta los hombros. Apenas un toque de maquillaje —lo justo para lucir pulcra, profesional— le cubría el rostro.

En aquella sala imponente, sin embargo, seguía pareciendo alguien sin importancia.

Su suegra, Mirna Valverde, dejó caer la cuchara contra el plato con un golpe seco.

—Le falta sal —sentenció con frialdad.

Ariana asintió despacio.

—Tiene razón, señora. Lo corregiré.

En la cabecera opuesta, su esposo, Simón Valverde, ni siquiera levantó la vista de la pantalla del celular.

—Má, esta noche hay una cena con clientes de Singapur. Ariana no necesita ir.

Mirna esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Así es mejor. La esposa de un gran empresario debería tener criterio... no solo saber cocinar.

La frase se deslizó con suavidad, pero cortó como un bisturí. Ariana, sin embargo, permaneció erguida y clavó la mirada en su esposo.

—Si no me necesitan, no iré.

Simón por fin giró la cabeza hacia ella. La observó sin expresión alguna.

—¿No te molesta?

—No —respondió Ariana con calma.

Y era cierto: no le molestaba. Porque esa noche tenía una agenda infinitamente más importante que asistir a una cena repleta de formalidades vacías.

Una hora después, Ariana entró en su habitación del segundo piso de aquella casona. En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, su expresión se transformó.

Serena. Resuelta. Concentrada. Abrió un armario oculto detrás de un panel de madera. Dentro aguardaban un maletín de cuero negro y una bata de laboratorio blanca, pulcramente doblada.

El bordado sobre el pecho izquierdo rezaba: Dra. Ariana Montero — Especialista en Cirugía Torácica, Cardíaca y Vascular.

Se la puso con movimientos precisos, ensayados mil veces.

El celular vibró.

—¿Sí? —contestó, escueta.

La voz al otro lado sonó tensa, pero cargada de respeto.

—Doctora, la paciente con aneurisma acaba de llegar. Su presión arterial es inestable. La esperamos.

—Estaré ahí en veinte minutos. Preparen el quirófano. No comiencen sin mí.

Su tono había cambiado por completo: ni rastro de suavidad, ni un gramo de duda. Cortó la llamada, tomó el maletín y salió por la puerta lateral de la casa, la que nadie usaba.

Nadie lo supo, porque nadie preguntó. En aquella casa, su presencia jamás había sido considerada importante.

Al otro lado de la ciudad, las luces del quirófano del Hospital Horizonte se encendieron con intensidad. El equipo médico aguardaba en posición. En cuanto Ariana cruzó la puerta, la atmósfera de la sala entera cambió.

—Informe —ordenó mientras se calzaba los guantes estériles.

—Mujer, cuarenta y dos años. Aneurisma roto, hemorragia masiva.

Ariana estudió el monitor durante unos segundos.

—Clamp aquí —indicó, señalando con rapidez—. Primero controlemos el flujo. Sin pánico.

Un médico joven tragó saliva.

—Doctora... el riesgo de mortalidad...

—Concéntrate en el procedimiento, no en las estadísticas —lo atajó Ariana sin alterarse.

El bisturí pasó a sus manos. Sus movimientos fueron precisos, sin prisa, sin un solo temblor. El tiempo se extendió durante casi tres horas. Cuando por fin Ariana se retiró los guantes, el pulso en el monitor latía estable.

La paciente estaba a salvo.

Todo el equipo exhaló al unísono.

—Gracias, doctora Ariana —dijo el jefe de Anestesiología con una reverencia en la voz.

Ariana apenas inclinó la cabeza.

—Aseguren vigilancia estricta durante las próximas veinticuatro horas.

Salió del quirófano sin buscar elogios. Para ella, aquello no era proeza. Era responsabilidad.

Cuando regresó a la casa cerca de la medianoche, la sala aún tenía las luces encendidas. Simón estaba hundido en el sofá, todavía con el saco de vestir puesto.

—¿De dónde vienes? —preguntó sin rodeos.

—Salí un momento.

—¿Un momento... hasta casi la medianoche?

Ariana lo observó sin expresión.

—Tenía un asunto que atender.

Simón torció los labios en una media sonrisa despectiva.

—¿Qué asunto? Ni siquiera trabajas. Eres solo... una ama de casa cualquiera.

Silencio.

Ariana pudo haber respondido. Pudo haberle dicho que esa noche salvó una vida. Que sus manos realizaron una operación que la mayoría de los cirujanos no se atreverían a intentar. Pero eligió callar, porque el reconocimiento que se arranca a la fuerza no vale nada.

—Estoy cansada. Si no hay nada urgente... me voy a descansar —dijo en voz baja.

Simón se puso de pie.

—¿Sabes? A veces desearía tener una esposa de la que pudiera sentirme orgulloso frente a mis socios.

Los pasos de Ariana se detuvieron, pero no se dio vuelta.

—Ojalá algún día la encuentres —respondió con suavidad.

Subió las escaleras sin saber que esas palabras se harían realidad, de un modo que ninguno de los dos podría haber imaginado.

Esa noche, en la misma habitación que compartían pero que se sentía a kilómetros de distancia, Ariana se detuvo frente al espejo.

Contempló su propio reflejo. No necesitaba que nadie le dijera cuánto valía para saberlo. Pero un día —un día que llegaría— el mundo que la había despreciado se pondría de pie y pronunciaría su nombre con respeto.

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