Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 21
Andrés no pudo pegar el ojo en toda la noche por el estrés de la deuda de diez millones de dólares, y apenas logró conciliar el sueño cuando el reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Se acurrucó sobre el colchón delgado, intentando olvidar la amarga realidad de que su vida se había desmoronado por completo.
Pero esa paz no duró mucho.
Un chorro de agua helada le cayó encima sin aviso.
—¡Agghh! ¡Agghh! ¡Dios mío! ¿Una inundación?! —Andrés saltó de la cama con la respiración entrecortada. La cara, el cabello y la camiseta que llevaba puesta estaban empapados. El agua fría le calaba hasta los poros esa mañana.
Al borde de la cama, Romina lo miraba erguida con las manos en la cintura. En la mano derecha sostenía una jícara de plástico vacía. Su rostro sin maquillar estaba fruncido en una mueca agria, los ojos desorbitados de furia clavados en Andrés.
—¿Inundación? ¡Inundación ni qué nada, Andrés! ¡Levántate! ¡Muy a gusto a estas horas roncando como animal! —chilló Romina con voz estridente, quebrando la quietud de la mañana.
Andrés se secó la cara empapada con brusquedad, tratando de recobrar la conciencia.
—¡Romina! ¿Qué te pasa?! ¿Estás loca o qué? ¡Echarme agua encima a estas horas! ¡Estoy agotado, apenas pude dormir en la madrugada!
—¿Ah, entonces te sientes torturado? —replicó Romina, alzando la voz aún más, negándose a quedarse atrás. Estrelló la jícara contra el piso, que retumbó con un golpe seco.
—¡El que no tiene vergüenza eres tú, Andrés! ¡Ya son las siete de la mañana! ¡Estás en la quiebra, ya no tienes oficina! ¡Deberías estar levantándote desde el amanecer, exprimiéndote el cerebro para buscar cómo pagar esos diez millones de dólares y devolverme mis lujos! ¡En vez de eso, te instalas gratis en mi casa y duermes hasta mediodía!
Andrés suspiró largo y profundo, presionándose el pecho que le palpitaba de dolor. Ya no le quedaba energía para lidiar con los arranques de Romina.
—Ya lo sé, Romina. Yo también estoy pensando. Pero por favor, no seas tan infantil.
—¡Pensar nada! ¡Llevas desde ayer nomás lamentándote! ¡Ándale, ve a bañarte! ¡Apestas! ¡No quiero que mi colchón termine oliendo a indigente por tu culpa! —se burló Romina con sorna.
Andrés no contestó. Con el cuerpo todavía temblando de frío y agotamiento, se levantó de la cama, agarró una toalla raída y caminó arrastrando los pies hacia el baño común en la parte trasera del edificio.
Veinte minutos después, Andrés salió con la ropa más presentable que pudo rescatar de la banqueta el día anterior. El estómago le ardía, retorciéndose de un hambre feroz. Se dirigió a la mesita que servía de comedor, con la esperanza de encontrar algo para calmar las tripas esa mañana.
Al llegar frente a la mesa, la esperanza se le desvaneció de golpe.
La mesa estaba completamente vacía. No había huevos fritos, ni guisado, ni siquiera una rebanada de pan. Solo un vaso vacío rodeado de unas cuantas hormigas.
—Romina... ¿Romina? —llamó Andrés, asomándose hacia la cocineta desordenada—. ¿No hay desayuno? ¿No compraste algo en la tienda?
Romina, sentada en el sofá limándose las uñas, le contestó sin siquiera voltear a verlo.
—¿Comprar con qué, Andrés? ¿Con hojas de árbol? El dinero que me dabas cada mes ya me lo gasté en una bolsa el mes pasado. En mi cartera solo me queda lo justo para que mamá y yo comamos algo en la tarde.
—Por Dios, Romina. Al menos cómprame unos huevos o una sopa instantánea. No he comido nada desde ayer en la tarde —suplicó Andrés, la voz quebrada.
Regina, la madre de Romina, apareció de pronto desde la recámara con el cabello todavía enredado en tubos. Soltó la respuesta con un tono cortante.
—¡Oye, Andrés! ¡Eres hombre! Tienes manos y pies. ¿No puedes ni resolver lo de tu estómago sin andarle rogando a mi hija? Si tienes hambre, sal a la calle a buscar cualquier trabajo que te dé para un plato de comida.
Andrés se quedó de piedra, mirando a su suegra con incredulidad.
—Señora, se supone que voy a ser su yerno. ¿Cómo puede hablarme así cuando estoy en el peor momento de mi vida?
—¡Yerno rico es el que yo respeto, Andrés! ¡Un muerto de hambre como tú solo me estorba! —escupió Regina sin el menor remordimiento, y se fue al baño sin mirarlo.
Andrés retrocedió y se dejó caer en una silla de madera destartalada. Agachó la cabeza, contemplando las palmas de sus manos, ahora vacías, sin un solo activo a su nombre.
Las lágrimas de arrepentimiento que venía conteniendo desde el día anterior empezaron a escurrirle por las mejillas, cayendo sobre la mesa polvorienta.
La mente de Andrés viajó directo al pasado, a la mansión que Valeria ya había sellado con candado.
Antes, a esta misma hora, la casa siempre estaba inundada de un aroma delicioso. Valeria se levantaba a las cuatro de la mañana para prepararle el mejor desayuno: pollo frito, salsa fresca y picante, café negro con azúcar servido puntualmente en la mesa. Y Luna, su pequeña, corría a abrazarle las piernas diciendo: "¡Buenos días, papi guapo!".
Valeria jamás lo dejó pasar hambre ni un solo minuto. Nunca le gritó, siempre lo elogiaba y lo trataba como a un rey al que se venera con devoción.
—Dios mío... ¿cómo pude ser tan cruel con Valeria? Cambié a un ángel por una víbora que ahora está a punto de tirarme a la basura —gritaba el alma de Andrés, destrozada, el pecho aplastado por una nostalgia y un arrepentimiento que llegaban demasiado tarde.
—¡Andrés! ¡Otra vez ahí de soñador y llorón! ¡Qué patético ver a un hombre chillando así! —le gritó Romina desde el sofá, rompiendo su ensoñación—. ¡Sal de aquí! ¡Ve a pedirles dinero prestado a tus amigos ricos! ¡Deja de ser un adorno inútil en mi casa!
Andrés solo pudo quedarse inmóvil como una estatua, recibiendo cada insulto de Romina con el corazón completamente anestesiado.
*
*
Esa mañana, el lujoso carro de Valeria se deslizaba suavemente por las calles de la ciudad llevando a Luna a la escuela. Sin embargo, cuando se detuvieron en un semáforo en rojo, los ojos inocentes de Luna captaron una figura muy conocida en la banqueta.
Era Andrés, caminando con desgano, la camisa arrugada, abrazando contra el pecho varias carpetas de documentos.
—¡Mami, mira por la ventana! —exclamó Luna, jalándole la manga del blazer a Valeria—. ¿Ese no es papi? Pero ¿por qué trae la ropa toda fea? ¿Ya se volvió indigente de verdad, o todavía está practicando, mami?
Valeria, que estaba tomando un sorbo de su té caliente, se atragantó. Se asomó rápidamente por la ventanilla y luego miró a su hija, conteniendo la carcajada que amenazaba con escapársele.
Las palabras inocentes de Luna le asestaron un golpe demoledor a la dignidad de su exesposo, aun desde la distancia.
—Luna, no debes hablar así, mi amor —la aconsejó Valeria mientras le acomodaba el cabello, aunque los labios le seguían temblando aguantando la risa—. Lo que le pasa a tu papá es que está recibiendo los resultados de un examen de Dios por haberse portado mal. Tú no vayas a practicar como él, ¿eh? Solo estudia mucho y sé una niña obediente.
—¡Ay, yo tampoco quiero, mami! Luego se me pone la piel toda reseca como a papi —respondió Luna con una inocencia que hizo estallar la risa de Valeria dentro del lujoso carro.
—Pobrecito, Andrés —sacudió Valeria la cabeza para sus adentros.