Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 13
Alexander guardó el acuerdo dentro del sobre después de comprobar mi firma.
Eso fue todo. Doce páginas, dos firmas y un matrimonio prácticamente decidido.
—Entonces ya está. - dije, tratando de sonar natural
—Ya está.
Se puso de pie y tomó su saco del respaldo del sillón. Pensé que se marcharía, pero en lugar de hacerlo abrió la puerta de la terraza y volvió a entrar a la casa.
Lo seguí.
Mis padres todavía estaban en la sala. Samantha ocupaba uno de los sillones, hojeando una revista que claramente no estaba leyendo, y mi madre levantó la vista apenas nos vio entrar.
Alexander no dijo nada sobre el acuerdo. Se acercó directamente a mi padre con la misma calma con la que parecía hacer todo.
—Señor Mason, ¿puedo hablar con usted un momento?
Mi papá dejó la taza de café sobre la mesa y aceptó.
Miré a Alexander, intentando adivinar qué estaba planeando, pero él sostuvo mi mirada sin mostrar absolutamente nada.
Y entonces entendí.
Mi madre también.
Samantha bajó lentamente la revista.
Alexander siguió a mi padre hacia el estudio y la puerta se cerró detrás de ellos.
—Va a pedir tu mano —dijo Samantha, demasiado emocionada.
Mi madre sonrió.
—Por fin alguien hace las cosas como corresponde.
No hacía falta preguntar a quién se refería.
Me senté e intenté parecer mucho menos nerviosa de lo que estaba.
Técnicamente, Alexander no necesitaba permiso para casarse conmigo. Yo ya había aceptado y acababa de firmar un acuerdo que dejaba bastante claro cuáles eran nuestras intenciones.
Pero empezaba a entender que para él aquello no solo tenía que ver con necesitar autorización.
Tambien había "tradición"
Pasaron varios minutos, más de los que esperaba.
Mi madre intentó fingir que no estaba pendiente de la puerta. Samantha hizo lo mismo con su revista.
Yo ni siquiera lo intenté.
No podía escuchar nada y quizá era mejor así. No sabía qué podía estar diciéndole Alexander a mi padre ni cuánto tiempo necesitaba una conversación de ese tipo cuando, en realidad, el matrimonio ya estaba decidido.
Finalmente la puerta del estudio se abrió.
Me puse de pie antes de darme cuenta de que lo había hecho.
Mi padre salió primero y Alexander apareció justo detrás.
Samantha fue la primera en preguntar qué había pasado. Mi madre la reprendió, aunque estaba tan pendiente de la respuesta como ella.
Mi padre me miró y se acercó.
—La primera vez te fuiste de esta casa dejando una nota. Esta vez será diferente. Cuando te cases, vas a salir de aquí como corresponde.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta.
—Sí, papá.
Entonces me abrazó.
Fue breve, pero suficiente para desarmarme un poco. Lo rodeé con los brazos y cerré los ojos apenas un instante antes de que se apartara.
Después de dos años, aquella era la despedida que nunca habíamos tenido.
Mi madre, en cambio, ya estaba varios pasos adelante.
Se volvió hacia Alexander y comenzó a hablar de la boda. De fechas, ceremonia, invitados y de que tenía que coordinarse con su madre.
Alexander escuchó con paciencia hasta que, unos minutos después, miró su reloj.
—Es tarde. Debo irme.
Algo dentro de mí reaccionó antes de que pudiera evitarlo.
—¿Ya?
Él volvió la vista hacia mí y me arrepentí de haberlo preguntado apenas salió de mi boca.
—Tengo asuntos que atender mañana temprano.
Mi padre se despidió de él con un apretón de manos. Mi madre volvió a recordarle que hablaría con Victoria, su madre, y Samantha recibió también un saludo breve.
Finalmente Alexander se volvió hacia mí.
—Voy a acompañarte. - dije
No era necesario. Lo hice de todas formas.
Caminamos hasta la entrada, donde el auto ya esperaba frente a la casa. Alexander se detuvo antes de bajar los escalones y me observó durante unos segundos.
—Aún sigues un poco pálida.
—Qué amable.
No sonrió.
En lugar de responder, levantó una mano y rozó suavemente mi mejilla con los dedos.
El gesto me tomó por sorpresa.
Fue breve. Apenas el contacto de sus dedos contra mi piel.
—Me preocupo por ti.
La frase me dejó quieta.
No había nada exagerado en las palabras, pero dichas por él sonaron demasiado cercanas.
Alexander bajó la mano.
—Descansa un poco más. Pasa tiempo con tu familia. Con tu hermana.
Aquello me sorprendió.
Después de todo lo que había hecho en apenas unos días, esperaba que llegara con reuniones, abogados, preparativos y una lista de cosas que debía aprender antes de convertirme en su esposa.
Pero no.
Seguía dándome espacio.
—Te llamaré.
Solo pude asentir.
Alexander caminó hacia el auto, abrió la puerta, pero antes de entrar volvió a mirarme durante unos segundos.
Después se marchó.
El acuerdo estaba firmado. Mi padre había dado su permiso. Nuestras madres empezarían a hablar de la boda al día siguiente.
Y Alexander, después de poner otra pieza en su lugar, volvía a marcharse, dejándome en la puerta de mi casa con algo que no esperaba recibir de él.
Tiempo.