Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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LAS TRES REGLAS DEL IMPERIO
El frío de la sala de urgencias se le metía a Verónica hasta la médula de los huesos. El olor a antiséptico marcaba un contraste abrumador con el aroma a perfume caro y champagne que aún impregnaba las telas rasgadas de su vestido carmesí. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban, marcando el pulso acelerado de su corazón roto.
—Lo sentimos mucho, señora Benítez —dijo la doctora, retirándose los guantes de látex con un chasquido seco que sonó como un disparo en la pequeña habitación—. Hubo un prendimiento de la matriz grave tras el impacto de la caída. No pudimos salvar el embarazo... y la lesión en el útero es severa. Las probabilidades de que vuelva a concebir en el futuro son casi nulas.

Verónica no lloró. No emitió un solo gemido. La anestesia comenzaba a perder su efecto, cediendo el paso a un dolor punzante en el vientre, pero el vacío en su pecho era mucho más devastador. La doctora asintió con lástima y salió de la habitación, dejando a Verónica sumida en el silencio abrumador del hospital.
Nadie llamó. Reinaldo no envió un solo mensaje de texto para preguntar si seguía viva. La fiesta de su futuro cumpleaños seguramente continuaba, entre copas de licor caro y las risas victoriosas de Carolina y Margarita.
De pronto, el silencio fue interrumpido por el sonido pesado de pasos coordinados en el pasillo exterior. Un par de sombras masculinas se recortaron tras la cortina de la entrada. La puerta se abrió sin pedir permiso y la temperatura del cuarto pareció descender diez grados.
Ahí estaba Donato Comellas. A sus sesenta años, el patriarca del imperio hotelero, bancario y del crimen organizado vestía un traje hecho a medida que imponía un respeto visceral. A su lado, su esposa Catalina Bermúdez lucía impecable, con una mirada helada que ocultaba apenas la furia contenida. Detrás de ellos, la silueta imponente de su hermano Víctor Comellas custodiaba la puerta, con la mano diestra reposando con naturalidad bajo el saco de su traje.

—Mírate, Verónica —habló Donato con una voz cavernosa que retumbó en las paredes de azulejo—. Cinco años jugando a la cenicienta con un miserable de poca monta. Cinco años mendigando amor a una familia de hienas que ni siquiera conocen el peso real de la tierra que pisan. Y este es el resultado.
—Papá... —susurró Verónica. Su voz sonó rasposa, pero sus ojos permanecían fijos y firmes.
Catalina se acercó a la cama y con una delicadeza casi maternal pero desprovista de debilidad, le tomó la mano a su hija.
—Tu hermano quería matar a ese imbécil de Reinaldo Benítez y a su amante en cuanto nos enteramos de lo que pasó en las escaleras —dijo Catalina con frialdad implacable—. Víctor tenía a diez hombres listos para incendiar su inmobiliaria con ellos adentro. Pero le dije que esperara. Tu padre y yo queríamos escuchar de tu propia boca si vas a seguir arrastrándote en esta miseria o si vas a recordar de qué sangre estás hecha.
Verónica apretó la mano de su madre. La calidez del dolor se transformó en una llama de odio puro y cristalino.
—No quiero que lo maten —respondió Verónica, y por primera vez en toda la noche, su voz sonó firme, afilada como una hoja de afeitar—. Si lo matan ahora, será una muerte rápida y piadosa. Quiero destruirlo. Quiero quitarle todo lo que ama, arrancarle el apellido, la empresa, el orgullo... y ver cómo se arrastra en la misma basura donde me quiso dejar a mí.
Donato dibujó una sonrisa sombría, la misma sonrisa que infundía terror en los hombres más poderosos del país.
—Esa es mi hija —dijo el viejo capo, dando un paso al frente—. Pero si vas a volver bajo el techo de los Comellas, no lo harás como una víctima. Volverás como la reina que eres. Y para eso, hay tres reglas incuestionables que debes aceptar hoy mismo.
Verónica lo miró directamente a los ojos, sin pestañear.
—Te escucho.
—Primero: Vas a dejar tus ridículos temores al lado. Asumirás la dirección ejecutiva del bloque legal del imperio: te harás cargo de la reestructuración de los bancos y los desarrollos turísticos. Para algo te graduaste con honores en Economía y Finanzas. Usarás ese cerebro para controlar el capital del país.
—Acepto —dijo ella sin titubear.
—Segundo: Volverás al entrenamiento. Te entrenarás físicamente con los hombres de Víctor. Serás una mujer fuerte, capaz de defenderte, disparar y no permitir jamás que nadie vuelva a ponerte una mano encima o a empujarte por una escalera.
—Acepto.
—Tercero: Te casarás de inmediato con el hijo de mi mejor socio. Un matrimonio de alianza para blindar nuestras empresas legales y expandir el dominio de la familia.
Verónica frunció levemente el ceño.
—¿De quién se trata?
—Isaías San Román Yépez —respondió Donato.
Verónica conocía el nombre. Todo el mundo en las altas esferas lo conocía. Isaías San Román era un titán de treinta y ocho años y un metro noventa de estatura. Un hombre con un cuerpo moldeado con precisión, un rostro esculpido que parecía tallado en piedra y una reputación terrible. Dueño de un conglomerado gigantesco que abarcaba graveras, la constructora más grande de la región, casinos de lujo y una colección privada de autos de última generación. Pero sobre todo, era conocido por su arrogancia: un hombre dominador, serio, que no le sonreía a nadie y que esperaba que el mundo entero le rindiera pleitesía. Un sujeto prepotente al que Verónica aborrecía profundamente desde la única vez que lo vio en una convención de negocios.
—¿Ese idiota engreído? —murmuró Verónica con desprecio—. Piensa que es un dios intocable.
—Es el hombre que necesitas a tu lado para que nadie vuelva a dudar de tu poder —intervino su hermano Víctor desde la puerta, cruzándose de brazos—. Los padres de Isaías, Celestino San Román y Esperanza Yépez, ya dieron su bendición. Su hermana Fabiola también está al tanto. La boda se hará en secreto legal primero, y luego a lo grande.
Verónica permaneció en silencio durante unos segundos. Sintió el dolor físico de su vientre, el recuerdo del bebé que le fue arrebatado y la cara de satisfacción de Reinaldo al abandonarla. La compasión había muerto.
—Acepto las tres reglas —sentenció Verónica, mirando a su padre—. Pero con una condición infranqueable: nadie toca a Reinaldo Benítez ni a su amante Carolina. Mi venganza me pertenece. Yo seré quien los lleve al infierno con mis propias manos.
Donato asintió con la cabeza, complacido.
—Trato hecho, mi niña. Mañana firmas el alta voluntaria. Es hora de regresar al mundo real.