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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

—Dicen que Don Alejandro anda buscando esposa para su nieto —susurró una mujer mayor a las que estaban recogiendo brotes de té a su alrededor.

El susurro fue quedo, pero bastó para que las manos que llevaban un buen rato cortando brotes sin descanso se detuvieran un instante. Las recolectoras se miraron entre sí.

—¿El nieto sordo? —preguntó una mujer corpulenta mientras depositaba un puñado de hojas en la canasta de mimbre que llevaba a la espalda.

—¡Shh! —Varias le clavaron la mirada al mismo tiempo.

Una de las mayores giró la cabeza a un lado y a otro con apuro, asegurándose de que ningún capataz anduviera cerca.

—Si la familia de Don Alejandro llega a enterarse de lo que dijiste, mañana mismo te quedas sin trabajo.

La mujer corpulenta se tapó la boca de inmediato.

—Perdón, solo preguntaba.

La mayor exhaló un largo suspiro antes de retomar el tono bajo.

—El señor Sebastián es sordo desde niño, eso es verdad. Pero ¿quién no lo conoce? Es el heredero de toda esta plantación de té. Don Alejandro le ha insistido un montón de veces en que se case, pero siempre se niega. Ahora dicen que el patrón ya se hartó y decidió buscarle esposa él mismo.

—La dote tiene que ser enorme —soltó una joven—. Solo esta plantación ya es inmensa. Y además tienen la planta procesadora de té en la ciudad. Quien se case con el señor Sebastián, le cambia la vida de un día para otro.

La mujer mayor entrecerró los ojos.

—¿Te interesa?

—¡Ay, ni loca! —La joven negó con la cabeza tan fuerte que la coleta se le sacudió de un lado a otro—. El señor Sebastián es frío, casi nunca sonríe, y encima sordo. Don Alejandro tiene fama de tener un genio espantoso. Y dicen que la nuera, la que vive en la ciudad, es una presumida. Me muero joven del estrés de lidiar con esa familia todos los días.

Unas risas discretas estallaron entre las recolectoras.

Marta fingía estar concentrada en los brotes, pero desde hacía rato toda su atención estaba puesta en aquella conversación. Su expresión fue cambiando poco a poco. Primero indiferente, luego calculadora. Después, la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa difícil de descifrar.

No era una sonrisa de diversión. Era el gesto de una idea que acababa de encenderse en su cabeza.

Si Don Alejandro está buscando esposa para su nieto, ¿por qué no aprovechar la oportunidad?, pensó Marta, y desvió la mirada hacia la ladera de enfrente.

Allí, otro grupo de recolectoras trabajaba en silencio, concentradas en llenar sus canastas para que la paga del día no se viera mermada. Entre todas, una era inconfundible: Valeria, su sobrina.

Valeria tenía el cuerpo esbelto. El rostro sencillo, pero limpio y sereno. El sudor le empapaba las sienes, aunque una sonrisa leve nunca terminaba de abandonar sus labios.

Cada vez que se movía hacia el arbusto siguiente, sus pasos cojeaban ligeramente. Su pierna izquierda no estaba bien. Desde un accidente en la infancia, caminaba renqueando. Aun así, jamás se quejaba.

Las manos de Valeria seguían ágiles arrancando los mejores brotes. De hecho, su rendimiento solía superar al de muchas recolectoras que gozaban de plena salud.

Al observar a la muchacha, la sonrisa de Marta se ensanchó.

Seguro acepta. Y no va a pedir nada a cambio.

Cayó la noche. La casita de madera en la ladera de la montaña se fue iluminando con una luz amarilla y tenue. Valeria seguía en la cocina. Una columna fina de humo se elevaba del fogón recién apagado. El aroma de la sopa de verduras y las guarniciones aún flotaba en el aire.

Valeria levantó la última olla y la fregó con esmero. Las manos se le habían enrojecido por el agua helada de la montaña. De vez en cuando hacía una mueca al sentir el dolor en la pierna izquierda, resultado de pasar todo el día de pie en la plantación. Pero terminó cada tarea sin una queja. Para ella, los quehaceres de la casa eran mucho más llevaderos que escuchar los gritos de su tía.

—¿Todavía no acabas? —La voz de Marta brotó de golpe desde el umbral de la puerta.

Valeria se giró al instante. El gesto de su tía era agrio.

—Ya casi, tía —respondió en voz baja, acelerando el movimiento de las manos.

—¡Rápido! Tu tío quiere hablar contigo. No lo hagas esperar. —El tono de Marta fue cortante.

—Sí, tía.

Valeria enjuagó la última olla, se secó las manos y se quitó el delantal viejo que llevaba puesto. Respiró hondo. Por alguna razón, sentía un nudo en el pecho.

De camino a la sala, su mente giró entre mil posibilidades. ¿Camila necesitaba dinero para la universidad otra vez? ¿O el tío Ramón volvía a tener problemas con las deudas? Si era eso, trabajaría más duro. Mañana podía tomar un turno extra limpiando el almacén de té. Lo que fuera con tal de que la familia no pasara apuros.

Con un paso ligeramente desigual, Valeria se arrodilló frente a Ramón y Marta. Acomodó la pierna para estar más cómoda.

La sala se sumió en un silencio repentino. Solo se oía el canto de los grillos afuera, uno tras otro.

Ramón se aclaró la garganta.

—Valeria.

—Sí, tío.

—¿Recuerdas que, desde que tus padres murieron, vives en esta casa?

Valeria asintió despacio. Los recuerdos viejos le volvieron de golpe. Había sido demasiado pequeña para recordar con claridad los rostros de sus padres. Lo que sí recordaba era el abrazo cálido de su abuela. Sus padres habían muerto en un accidente de avión durante un viaje de trabajo.

Desde entonces, sus abuelos la criaron con todo el cariño del mundo. Pero aquella felicidad no duró mucho. El abuelo falleció de viejo. Y un año después, la abuela sufrió un infarto al enterarse de que Valeria había tenido un accidente que le dejó la pierna izquierda dañada para siempre.

A partir de ahí, la vida de Valeria dio un vuelco. Se fue a vivir con Ramón, hermano menor de su difunta madre, y con Marta. Se acabaron los abrazos, las caricias, la ternura. Lo que quedó fue trabajo. Levantarse antes del amanecer a hacer las tareas del hogar.

Cuando creció y empezó a trabajar en la plantación, la rutina no cambió. Valeria lo cumplió todo sin rechistar jamás, porque siempre creyó que sus tíos habían tenido la bondad de criarla.

—Valeria, ya tienes veinte años. —La voz de Ramón la sacó de sus pensamientos.

—Sí, tío. —Asintió despacio.

—Ya es hora de que te cases.

—¿¡Qué!?

El corazón le dio un vuelco. Los ojos se le abrieron de par en par. Jamás habría imaginado que la conversación de esa noche fuera por ahí.

—Tío, ni siquiera he pensado en casarme —dijo con la voz queda y ligeramente temblorosa.

—Nosotros ya lo pensamos todo. —Marta le dedicó una sonrisa dulce al instante.

Una sonrisa que, paradójicamente, puso a Valeria más nerviosa.

—Así es —agregó Ramón—. Ya encontramos un candidato excelente.

Valeria apretó el borde de su blusa. Sin saber por qué, las palabras de las recolectoras de esa tarde le resonaron en la cabeza. Don Alejandro anda buscando esposa para su nieto sordo. Una sensación espantosa le inundó el pecho.

—Si se puede saber... —Tragó saliva antes de continuar—. ¿Quién es ese hombre, tío?

Ramón y Marta cruzaron una mirada. En sus ojos brillaba la satisfacción, como si todo estuviera saliendo según lo planeado.

Ramón por fin soltó una sonrisa amplia.

—Sebastián. El nieto de Don Alejandro Montemayor.

El mundo de Valeria dejó de girar. Se le cortó la respiración. La cara se le puso blanca en un instante.

Mientras tanto, en un rincón de la sala, Marta contenía una sonrisa de triunfo. Porque sin que Valeria lo supiera, a la mañana siguiente ya tenían una cita con Don Alejandro.

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Joseanny Rociel
Me esta gustando la novela 👏
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