El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20 — Caer
No volví a la casa. Xime me recogió en aquel parque y me llevó a la residencia, y a los tres días mandé a Chente por mis cosas —solo mis cosas, las que había traído del cuartito de la colonia, nada de lo que él me había regalado—, y firmé el cambio de domicilio con el pulso firme por primera vez en semanas. Me pasé a un cuarto propio en la residencia estudiantil. Cerré esa puerta y me dije que ahí empezaba mi vida sin él.
Lo que empezó fue otra cosa.
Al principio fue no comer, que ya sabía hacer. Después fue no dormir. Después fue no ir a clases. Y un viernes, cuando el silencio del cuarto se me hizo insoportable, una chica del pasillo me dijo que si quería salir, que había un lugar, que me hacía falta, y yo dije que sí porque decir que sí era más fácil que quedarme sola con mi cabeza.
El antro era oscuro, ruidoso, y estaba lleno de gente a la que no le importaba quién era yo. Eso me gustó. Que a nadie le importara. Ahí nadie me miraba con lástima, nadie me decía "come algo, mija", nadie sabía que yo había sido la caridad de un hombre rico. Ahí yo era solo un cuerpo más entre las luces, y por unas horas eso fue casi un descanso.
Aprendí rápido las cosas que se aprenden en esos lugares. Aprendí que un vaso te quita el frío de adentro por un rato. Que si te ríes fuerte, la gente cree que estás bien. Que hay hombres que te invitan tragos y hay que saber cuáles, y yo no siempre sabía. Empecé a llegar a la residencia al amanecer, con los zapatos en la mano y los oídos zumbando, y a dormir el día, y a despertar solo para volver a salir.
No lo cuento con orgullo. No había nada de libre en eso, aunque yo me dijera que sí. Cada noche me convencía de que estaba haciéndome dueña de mi vida, y cada mañana me despertaba más rota, más flaca, más lejos de mí misma. La rebeldía no me sabía a fiesta; me sabía a castigo. Yo lo sabía y no me importaba. Quería castigarme por haber querido, y de paso castigarlo a él, aunque él no estuviera para verlo.
Una noche me metí en un pleito por defender a una muchacha a la que un tipo estaba jaloneando, y me llevé un empujón que me tiró contra una mesa y me abrió la ceja. Volví a la residencia con sangre seca en la cara y me miré al espejo largo rato. Me acordé de otra cara con moretones, la de una niña de dieciséis que un hombre de traje había mirado en una clínica con una furia callada, como si esos golpes fueran suyos. Y pensé, con una risa fea: mírame ahora. Los moretones me los estoy poniendo yo solita. Ya no necesito a nadie ni para eso.
Bajé de peso. Me salieron ojeras que ni con maquillaje. Dejé de contestarle a doña Reme, que me marcaba todas las noches, hasta que sus llamadas se volvieron un nombre en la pantalla que yo silenciaba con el pulgar sin sentir nada. Dejé de contestarle a Xime también, cuando me di cuenta de que cada vez que la veía me ponía a llorar, y llorar ya me daba flojera.
—Te andas juntando con pura basura —me dijo Xime una tarde, plantándose en la puerta de mi cuarto sin avisar, con esa cara de susto que yo ya no quería verle a nadie—. Ese güero con el que andas, el que le dicen el Bicho. Dali, ese tipo tiene una fama horrible. Se mete en broncas, debe dinero, anda en cosas feas. ¿Tú lo viste bien? ¿Viste con quién andas?
—Es divertido —dije, encogiéndome de hombros, pintándome los labios frente al espejo sin voltear a verla.
—No es divertido, es peligroso. —Me quitó el labial de la mano—. Escúchame. Sé que estás mal. Sé lo de Amelia, sé lo que viste, y te juro que no me lo trago, hay algo raro en todo eso, deja que averigüe...
—No hay nada que averiguar. —Le arrebaté el labial de vuelta—. Lo vi con mis ojos, Xime. Se acabó. Y ¿sabes qué? Mejor. Ya estaba cansada de portarme bien para que un señor me quisiera. Ahora hago lo que se me da la gana.
—Esto no es hacer lo que se te da la gana. —Se le quebró la voz—. Esto es hacerte pedazos para que a él le duela. Y él ni siquiera lo está viendo, Dali. Te estás rompiendo tú sola, para nada.
Le cerré la puerta en la cara. Fue lo más feo que hice en toda esa temporada fea, y todavía me arde acordarme.
Pero se equivocaba en una cosa. Él sí lo estaba viendo.
Yo no lo supe entonces. Lo supe después, como supe todo, tarde. Que Chente no me perdió de vista ni una noche. Que iba dos coches atrás cuando yo me subía a taxis con desconocidos, que se paraba en la barra del antro fingiendo tomar mientras me cuidaba de reojo, que una vez —una que yo ni recuerdo— sacó a un tipo del baño de una oreja porque se había metido detrás de mí. Que cada madrugada le mandaba a Max un mensaje de una sola línea: "En la residencia. A salvo." Y que Max leía esos mensajes a las cuatro, a las cinco de la mañana, despierto, sin haberse acostado, en el estudio, con algo azul guardado en un cajón.
Lo supe después. Que Chente, harto, le reclamó una noche.
—Señor, con todo respeto. Yo puedo seguir cuidándola de lejos toda la vida si usted quiere. Pero la niña se está hundiendo. Y usted está aquí, viendo el reloj. ¿Qué está esperando?
Y que Max, sin levantar la vista de la ventana, contestó con una voz que Chente no le había oído nunca:
—Que se me pase el miedo de que, si voy, le hago más daño quedándome que dejándola caer.
—Pues con todo respeto, señor, ese miedo es suyo, no de ella —dijo Chente—. Y usted se lo está cobrando a la niña. Se le va a acabar el tiempo antes que el miedo.
Max no contestó. Se quedó viendo por la ventana las luces de la ciudad, esa ciudad enorme y negra en la que yo andaba perdida, y apretó en el bolsillo algo que traía siempre desde hacía semanas y que Chente nunca alcanzó a ver bien: una tira de tela azul, doblada, gastada de tanto pasarle los dedos por encima.
Tenía razón, Chente.
La última noche —la noche en que todo se apretó como un nudo— fue distinta desde el principio. El Bicho llegó por mí con dos amigos que yo no conocía, en un coche que olía raro, y me dijeron que había una fiesta mejor, más lejos, en un lugar del que nunca había oído. Yo iba mareada antes de subir. Xime me había dejado siete mensajes que no abrí. Me subí de todos modos, porque el miedo, cuando ya no te queda nada, se parece mucho a la valentía, y yo confundí las dos cosas esa noche como las había confundido tantas veces.
El lugar estaba a las afueras. Poca luz. Demasiados hombres, ninguna cara conocida. El Bicho se puso a discutir con alguien por una deuda, alzando la voz, y de repente ya no era una fiesta, era otra cosa, algo que se estaba calentando en las orillas. Sentí, por debajo del mareo, esa vieja alarma que me había mantenido viva de niña: la que se prende cuando un lugar deja de ser un lugar y empieza a ser una trampa.
Quise irme. Busqué la puerta y estaba lejos. Busqué mi teléfono y no lo encontraba en el bolso. Un tipo me agarró del brazo, riéndose, diciéndome que a dónde iba, que la noche apenas empezaba, y yo le dije que me soltara, y no me soltó, y por primera vez en semanas sentí miedo del de verdad, del que no se confunde con nada, del que te avisa que esta vez sí, esta vez de veras te puede pasar algo.
Aferré la medalla que nunca me había quitado del cuello. La única cosa de él que no le devolví. "Para que siempre estés a salvo." La apreté hasta hacerme daño, ahí, en ese cuarto que se llenaba de gritos, rodeada de gente que no me conocía ni le importaba, tan lejos de todo, tan sola, tan increíblemente lejos de aquella niña arriba de un caballo con el cielo entero enfrente.
Y en algún lugar de la ciudad, en el mismo instante, un teléfono sonó.
Chente. La voz rápida, sin adornos:
—Señor, se la llevaron a un lugar que no controlo. Rumbo a la carretera vieja. Hay broncas. No me gusta nada. Voy en camino pero estoy lejos.
Dicen que Max ya estaba de pie antes de que Chente terminara la frase. Que no preguntó nada, que no dijo nada, que el miedo del que llevaba semanas escondiéndose se le acabó de golpe, todo junto, en un segundo.
Que agarró el saco de la silla, y las llaves, y salió a la noche corriendo como no corría desde hacía años.
Yo, del otro lado de la ciudad, con la mano cerrada sobre una medalla plateada, en el peor lugar en el que había estado desde la noche en que un hombre de traje me sacó de un coche a los dieciséis años, no lo sabía todavía.
No sabía que ya venía.