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Vas A Ser Mi Hombre

Vas A Ser Mi Hombre

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Romance / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

​«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
​Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
​Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: Reclamo pasional

El trayecto desde el Salón Dorado del Hotel Gran Plaza hasta el edificio donde Leónidas poseía su penthouse fue un trayecto silencioso, pero cargado de una electricidad tan densa que el aire dentro de la camioneta parecía a punto de inflamarse. Leónidas conducía con la vista fija en la avenida iluminada, pero sus dedos apretaban el volante de cuero con una fuerza bruta que delataba el volcán a punto de hacer erupción en su interior. A su lado, Mía se mantenía erguida en el asiento del acompañante, acomodándose la falda de su vestido rojo rubí con una parsimonia estudiada, saboreando cada segundo de la tensión que había provocado.

​En cuanto la camioneta ingresó al garaje subterráneo del edificio y se detuvo en su cochera privada, el silencio se rompió. Leónidas apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar inmediatamente. Giró el rostro hacia ella en la penumbra del subsuelo; sus ojos oscuros chispeaban con una mezcla de posesividad, deseo desenfrenado y una ligera recriminación.

​—¿Te pareció muy gracioso lo que hiciste allá atrás, verdad? —preguntó él con una voz profunda, baja y rasposa que retumbó en el habitáculo.

​Mía ladeó la cabeza, dedicándole una sonrisa lenta y felina mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad.

​—No fue gracioso, Leónidas. Fue glorioso. Vanessa llevaba semanas creyendo que podía reclamarte como su trofeo ejecutivo frente a media ciudad. Solo le dejé las cosas claras a ella... y a ti también, por si se te había olvidado a quién le perteneces.

​Leónidas soltó una exhalación pesada que sonó casi como un gruñido. Bajó del vehículo a pasos agigantados, rodeó la camioneta y le abrió la puerta a Mía antes de que ella pudiera siquiera poner un pie en el suelo. Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la mano con firmeza y la guio hacia el ascensor privado que conducía directamente a su penthouse.

​El trayecto en el ascensor fue un suplicio de contención. Leónidas la mantenía acorralada sutilmente contra la pared de cristal templado mientras los pisos subían a gran velocidad. Su mirada recorría el escote corazón del vestido rojo, los hombros desnudos de Mía y la hendidura lateral que dejaba ver la curva perfecta de su pierna a cada respiro. Mía no dio un solo paso atrás; al contrario, alzó la barbilla, sosteniéndole el duelo de miradas mientras se humedecía los labios con la punta de la lengua.

​Apenas las puertas del ascensor se abrieron con un chasquido suave directamente en el recibidor del penthouse, la cordura de Leónidas se pulverizó por completo.

​Tomó a Mía por la cintura con ambas manos, la alzó levemente del suelo y la empujó suavemente contra la puerta de madera maciza que acababa de cerrarse tras ellos. El impacto suave del cuerpo de Mía contra la madera fue el detonante final.

​—Eres insoportable, Mía del Campo —murmuró Leónidas contra sus labios, con la voz destruida por la urgencia—. Una provocadora profesional que no tiene la menor idea del peligro que corre cuando me desafía de esa manera frente a cientos de personas.

​—Sé perfectamente el peligro que corro, Leónidas —respondió ella en un susurro ardiente, enredando las manos en el cabello de él y tirando hacia abajo para acortar el último milímetro de distancia—. Y no hay nada en este mundo que desee más que arder en él.

​Leónidas capturó su boca en un beso voraz, implacable y de una intensidad salvaje. No había nada de la caballerosidad sobria ni del restraint ejecutivo que mostraba en su día a día. Era el reclamo de un hombre maduro que reclamaba a la única mujer capaz de desarmar toda su existencia. Mía abrió los labios con un gemido de satisfacción pura, correspondiendo la embestida con la misma hambre, sintiendo la dureza del cuerpo de Leónidas presionando contra el suyo, aprisionándola entre la puerta y su tórax musculoso.

​Las manos de Leónidas no perdieron un solo segundo. Subieron por los costados de su torso, sintiendo la firmeza del vestido de alta gala, hasta encontrar el cierre invisible que corría a lo largo de la espalda de Mía. Con un movimiento rápido y decidido, bajó la corredera, dejando que la tela rojo rubí cediera y comenzara a deslizarse hacia abajo.

​—Leónidas... el dormitorio... —alcanzó a jadear Mía entre besos que bajaban a fuego lento por su barbilla y se instalaban en su cuello estilizado.

​—No voy a llegar al dormitorio —sentenció él con un gruñido posesivo.

​Leónidas la alzó por los muslos, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura mientras la caminaba unos pasos en medio de la penumbra del recibidor, hasta depositarla sobre la amplia mesa de mármol negro que adornaba el pasillo principal. Los adornos de cristal sobre la mesa fueron apartados a un lado con un movimiento brusco de su brazo, dejando el espacio libre para ella.

​El vestido de alta gala cayó por completo hasta la cintura de Mía, dejando al descubierto sus pechos erguidos y firmes en medio de la penumbra. Leónidas se congeló una fracción de segundo, contemplando la visión casi divina de la muchacha iluminada apenas por las luces de la ciudad que ingresaban por los ventanales del piso alto.

​—Dios mío, Mía... me vas a matar —susurró él, bajando la cabeza para envolver uno de sus pezones con la boca, succionando con un ritmo profundo y hambriento que hizo que Mía arqueara la espalda sobre el mármol, soltando un grito agudo de placer que resonó en el penthouse.

​Mía clavó las uñas en los hombros del esmoquin de Leónidas, sintiendo el contraste delicioso entre el tejido fino de la ropa de él y la desnudez incandescente de su propia piel. Leónidas se despojó de la chaqueta del esmoquin lanzándola al suelo con desgano, desabrochó los primeros botones de su camisa blanca y volvió a concentrarse en el cuerpo de la joven con una devoción física que rozaba la locura.

​Sus manos bajaron por la hendidura del vestido rojo, retirando las pequeñas prendas íntimas de seda que la cubrían. Cuando los dedos largos y calientes de Leónidas tropezaron con la humedad tibia y evidente de Mía, un gemido ronco escapó de la garganta del hombre.

​—Mírate... estás deseándome tanto como yo a ti —dijo él con voz dominante, acariciando su centro sensible con un ritmo lento y tortuoso que hizo que Mía retorciera las caderas sobre el mármol frío.

​—Te deseo desde que tengo memoria, Leónidas... muévete ya, por favor —suplicó ella con la respiración rota, tirando de la camisa de él para buscar su boca de nuevo.

​Leónidas se desabrochó el pantalón del esmoquin con rapidez, liberando su masculinidad rígida e impaciente. Se colocó entre los muslos abiertos de Mía, sosteniéndola firmemente por la parte posterior de las caderas para elevarla al ángulo perfecto.

​Sin más esperas, con un impulso decidido, profundo y absoluto, se hundió en el interior de Mía de una sola estocada.

​El placer fue tan violento y abrumador que ambos soltaron un jadeo unísono que se convirtió en un gemido prolongado. Mía envolvió la cintura de Leónidas con sus piernas con más fuerza, sintiendo cómo cada centímetro de la anatomía del hombre la llenaba hasta el límite, encajando de una forma tan perfecta que resultaba casi religiosa.

​Leónidas comenzó a marcar un ritmo sobre la mesa de mármol. Al principio fue una embestida profunda, pausada, saboreando el apriete húmedo y caliente de Mía a su alrededor; pero a medida que los gemidos de ella se volvieron más agudos y desenfrenados, el ritmo se transformó en una tormenta de golpes de cadera potentes, rápidos e implacables.

​—Eres mía, Mía. Dime de quién eres —exigió él con la voz entrecortada por el esfuerzo físico, embistiéndola con una fuerza salvaje que hacía vibrar el mueble de mármol.

​—Tuya... siempre tuya, Leónidas... ¡ahhh! —gritó Mía, apoyando las manos sobre los hombros desnudos de él, dejándose llevar por la marejada de sensaciones que amenazaba con hacerle perder el conocimiento.

​El sonido de sus cuerpos chocando con pasión en medio de la penumbra del recibidor, sumado a las respiraciones agitadas y las palabras de devoción susurradas al oído, llenó el espacio. Leónidas la tomó por la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos mientras aceleraba el ritmo al máximo de su capacidad, llevándola directo al borde del abismo.

​Mía sintió que su centro se contraía en una serie de espasmos violentos e incontrolables. El clímax estalló dentro de ella con la fuerza de un rayo, haciendo que apretara a Leónidas con una presión brutal mientras gritaba su nombre al techo del penthouse.

​Sostener la mirada de Mía mientras ella se desmoronaba de placer en sus brazos fue más de lo que Leónidas pudo resistir. Con una última embestida visceral, profunda y definitiva, Leónidas soltó un rugido masculino de liberación y se derramó en el interior de ella con pulsaciones cálidas y prolongadas, cayendo abrazado a su cuerpo mientras ambos intentaban recuperar el aliento en medio de la noche.

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Martha Divas Delgado
❤️❤️❤️🤭🥰 estoy henamorada☺️
Martha Divas Delgado
hay Vanesa te van a ASER k comas polvo en tu caida🤭
Martha Divas Delgado
🥰me encanta mia sabe lo k quiere❤️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja pobre leonidas☺️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja leonidas cuídate por k mia te comerá y🤭 completito
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