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De las cenizas, me levanté

De las cenizas, me levanté

Status: Terminada
Genre:Mujer despreciada / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:255
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.

Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.

En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episode — 20.

Capítulo 20

El vestíbulo del Grupo Valverde se convirtió de pronto en el centro de todas las miradas. Los empleados que cruzaban la recepción echaban vistazos discretos a la mujer de vestido blanco que aguardaba con elegancia frente al elevador ejecutivo.

No pocos reconocían su rostro: Miranda Castellanos, hija única de Capital Group, uno de los conglomerados más grandes y socio comercial del Grupo Valverde desde hacía años.

Algunos cuchichearon en voz baja.

—Es la señorita Castellanos.

—Dicen que la quieren casar con el señor Valverde.

—¿En serio?

—El rumor viene de lejos.

Santiago se detuvo a unos metros de Miranda. Su mirada era fría, cortante, sin el menor rastro de cordialidad.

—¿Por qué viniste a la oficina sin avisar? —El tono era bajo, firme, cargado de autoridad. No era la voz de un hombre que recibe a una visita, sino la de un directivo cuestionando una invasión a los límites que él mismo había trazado.

Miranda le sonrió con dulzura.

—Quería darte una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas en el trabajo.

La sonrisa de Miranda se apagó un poco.

—¿No podemos hablar un momento?

—Sí. —Santiago se dirigió a su asistente—. Posponga la reunión quince minutos.

—Sí, señor.

—Vamos a la sala de visitas.

—¿No a tu oficina? —preguntó Miranda.

—No. —La respuesta fue seca, pero bastó para que Miranda entendiera la línea que Santiago estaba marcando.

Desde el segundo piso, Valentina alcanzó a ver a Santiago caminar junto a aquella mujer hacia la sala de visitas ejecutiva. No le dio mayor importancia. La vida personal de su jefe no era asunto suyo.

—Señora Montero, hay una revisión de rutas de distribución —le avisó un supervisor.

—Bien, veámoslo ahora.

Sin volver a mirar hacia el vestíbulo, Valentina se encaminó a la planta de operaciones.

En la sala de visitas, Miranda observaba a Santiago, que permanecía de pie.

—¿No me invitas a pasar a tu oficina?

—La oficina es para asuntos de trabajo.

—¿Y nosotros?

Santiago la miró con tranquilidad.

—¿Qué relación hay exactamente entre nosotros?

La pregunta dejó a Miranda en silencio, pero recuperó la sonrisa enseguida.

—Tú mismo lo sabes: nuestros padres llevan tiempo queriendo unirnos.

—Esa es la voluntad de ellos —replicó Santiago con frialdad.

—¿Qué tiene de malo intentarlo?

—No tengo ninguna obligación de aceptar.

Miranda apretó el bolso pequeño entre las manos.

—Santiago... sé que eres un hombre racional. ¿No conviene un matrimonio así a ambas empresas?

—Precisamente por eso lo rechazo. —Su tono no varió.

Miranda frunció el ceño, intentando descifrar lo que quería decir.

—Mi padre construyó el Grupo Valverde con esfuerzo; yo lo continúo con los mismos principios. Esta empresa no necesita un matrimonio como herramienta para fortalecer negocios.

—Un vínculo familiar nos pondría en una posición mucho más sólida —insistió Miranda.

—Si la alianza es genuinamente sólida, se sostiene sin necesidad de una boda. —De nuevo, la respuesta fue tajante, sin margen de interpretación—. Voy a demostrar que el Grupo Valverde puede crecer por la calidad de su trabajo, no por con quién se case su director general.

Miranda respiró hondo. Empezó a comprender que Santiago no le estaba siendo frío por capricho: estaba defendiendo un principio de vida.

Segundos después, alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

La asistente entró con varios documentos.

—Señor, la señora Montero solicita su firma para la revisión del presupuesto operativo.

—Que pase.

—Sí, señor.

Valentina entró poco después. Al ver a Miranda sentada, frenó un instante.

—Disculpe, señor. No sabía que estaba con alguien.

—No hay problema.

Santiago tomó la carpeta que Valentina le traía.

—¿Qué cambió?

—Encontramos dos proveedores locales con la misma calidad, pero costos de distribución un once por ciento menores. Si se aprueba, la empresa ahorra cerca de medio millón de dólares al año.

Santiago abrió el documento y revisó varias páginas sin que la presencia de Miranda lo distrajera lo más mínimo.

—¿Los cálculos están verificados?

—Sí, señor. El equipo de Finanzas ya revisó todos los datos.

Santiago tomó un bolígrafo y firmó.

—Impleméntelo a partir del mes entrante.

—Entendido.

La conversación no duró ni tres minutos. Valentina recogió la carpeta.

—Si no hay nada más, con permiso.

—Adelante —respondió Santiago, escueto.

Su tono fue el de siempre, pero Miranda percibió algo: la manera en que hablaba con Valentina sonaba notablemente más suave que cuando se dirigía a ella.

—Con permiso. —Valentina le hizo un asentimiento cortés a Miranda y salió.

Todo transcurrió con profesionalismo absoluto. Sin embargo, la mirada de Miranda siguió a Valentina hasta que la puerta se cerró. Recordó las palabras de la mujer que la había llamado el día anterior.

«Ten cuidado, Santiago siempre sale en defensa de esa empleada suya. Fueron compañeros de preparatoria. Él estuvo enamorado de ella.»

Al principio no le había dado mucho crédito. Pero ahora lo vio con sus propios ojos: Santiago hizo pasar a Valentina sin la menor incomodidad y le habló con más suavidad.

—¿Ella entra seguido a tu oficina?

—Cuando hay trabajo que atender.

—¿Solo trabajo?

Santiago le clavó la mirada.

—Nunca mezclo lo personal con lo profesional.

La respuesta sonó convincente, pero la duda ya había echado raíces en Miranda.

En una cafetería cercana al edificio del Grupo Valverde, Camila recibió un mensaje del número de Miranda.

«Ya conocí a Valentina.»

Al leerlo, la sonrisa le volvió a florecer en los labios. Estaba segura de que la semilla de sospecha que acababa de plantar crecería despacio en el interior de Miranda. Y cuando llegara el momento, sería la propia Miranda quien destruyera a Valentina.

Al terminar la jornada, Valentina salió del edificio. Un auto de lujo estaba estacionado frente al vestíbulo, como si la esperara.

Un chofer descendió y se le acercó.

—Disculpe, señora Montero. La señorita Castellanos desea hablar con usted.

—¿Sobre qué? —Valentina arqueó una ceja.

—Solo cumplo órdenes, señora.

Aunque la sorprendió, Valentina siguió al chofer hasta detenerse junto a un sedán negro estacionado no lejos de allí. La ventanilla trasera bajó despacio; Miranda la miró de reojo.

—Sube. Hablemos en otro lugar.

Valentina no se movió.

—Disculpe, no creo que tengamos nada de qué hablar.

La mirada de Miranda se afiló al instante.

—¡No te estoy preguntando! ¡Dije que subieras!

—Lo siento. —Valentina siguió negando con calma.

La mandíbula de Miranda se tensó.

—Si es así, no me culpes cuando tu vida en esta empresa se vuelva un infierno.

La amenaza apenas había abandonado sus labios cuando un par de pasos rápidos resonaron a espaldas de Valentina.

Alguien se detuvo a su lado. Antes de que ella pudiera reaccionar, una mano firme le sujetó la muñeca y la apartó del auto de Miranda. Valentina giró la cabeza: Santiago estaba junto a ella.

Sus ojos se posaron en Miranda —gélidos, cortantes, sin el menor asomo de deferencia—.

—No tienes ningún derecho a darle órdenes a mi personal. —La voz de Santiago salió baja, densa de presión—. Vete.

Miranda apretó los puños.

—Santiago, solo quería...

—No voy a repetirlo. Vete. —La mirada se le clavó con más fuerza todavía.

Se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Al final, Miranda fue la primera en apartar los ojos. Con el rostro encendido de rabia, le hizo una seña al chofer. El auto arrancó y abandonó el estacionamiento.

Una vez que desapareció, Santiago aún no había soltado la muñeca de Valentina.

—Ven. —Sin esperar respuesta, la guio hacia su propio auto.

Cuando ambos estuvieron en el asiento trasero, el vehículo arrancó en silencio.

—Señor... ¿a dónde vamos? —preguntó Valentina en voz baja.

Santiago miraba al frente, la mandíbula todavía tensa por lo ocurrido.

Valentina lo observó con un gesto de reproche apenas contenido.

—Santiago...

Solo entonces él se volvió; la expresión se le fue ablandando.

—Vamos a cenar. Todavía no te invité a celebrar el éxito del foro.

Valentina asintió despacio.

—Está bien.

Un momento después, carraspeó suavemente.

—Pero... ¿podrías soltarme la mano primero?

Santiago bajó la vista. Recién en ese instante se dio cuenta de que le seguía sosteniendo la muñeca desde el estacionamiento.

—Perdón... —Hizo ademán de soltarla.

Pero justo en ese momento...

El auto frenó de golpe: una motocicleta se había detenido de improviso delante de ellos. El cuerpo de Valentina perdió el equilibrio y se proyectó hacia Santiago.

Sus rostros quedaron a centímetros de distancia. La punta de la nariz de uno rozó la del otro. Los ojos de Valentina se abrieron de par en par; el corazón le latía desbocado. Hizo el amago de apartarse, pero una mano ancha ya le rodeaba la cintura para evitar que saliera despedida otra vez.

Santiago la miró sin parpadear. Valentina le sostuvo la mirada. Dentro del auto, que se había quedado repentinamente en silencio, solo se oía la respiración entrecortada de ambos, mientras el pulso les galopaba cada vez más fuerte.

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