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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

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Capítulo 17

Capítulo 17

La caja apareció sobre mi escritorio el miércoles, cuando volví de comer.

No era una caja cualquiera. Era de esas que una reconoce sin haberla tenido nunca en las manos: cuadrada, de un color crema que no existe en las papelerías, con un listón atado a mano y un logotipo grabado que yo solo había visto en las vitrinas de Masaryk, detrás de un vidrio, del lado en el que se mira y no se toca.

La miré como quien mira una araña.

—¿Y esto? —le pregunté a César, que pasaba con una torre de folders y una sonrisa que no me gustó nada.

—A mí ni me vea, señorita Camila. —Levantó las manos, encantado de la vida—. Yo solo trabajo aquí. Pero le diré que ese moño lo ató él. Con sus manitas. No dejó que Saúl le ayudara.

Y siguió de largo, muerto de risa por dentro, el muy chismoso.

Abrí la caja despacio, rezando por que fuera una pluma, un llavero, cualquier tontería que se pudiera devolver sin drama. Adentro, envuelta en papel de seda, había una bolsa. Negra, de piel, con un herraje dorado que pesaba en la mano como pesa lo que cuesta un semestre entero de la Ibero. Debajo, una tarjetita, con su letra:

"Por cuidar a Bombón mejor que nadie. Y por aguantarme. Gracias. —M."

Cerré la caja.

La cargué por todo el piso ejecutivo con el corazón en la garganta, la metí a su oficina sin tocar y la puse sobre su escritorio, entre el teléfono y una carpeta abierta.

—Señor Montalvo, no puedo aceptar esto.

Él levantó la vista de la pantalla sin ninguna prisa. Se recargó en el respaldo. Cruzó los dedos.

—¿Por qué no?

—Porque… —Busqué la palabra correcta y no la hallé—. Porque es una bolsa que cuesta más que todo lo que traigo puesto. Que mis zapatos, mi ropa y mi teléfono juntos. Es demasiado.

—Es un agradecimiento.

—Es demasiado agradecimiento.

Una sonrisa asomó apenas en la comisura de su boca y volvió a esconderse.

—Camila. —Dijo mi nombre como quien pone una moneda sobre la mesa, sin apuro—. Le regalo relojes a proveedores que me caen mal. Le mando vino a gente que me da igual. ¿Y no puedo darle una bolsa a la persona que le enseñó a un gato traumado a comer otra vez? —Ladeó la cabeza—. Sería una grosería de mi parte. Y yo no soy grosero.

—Es que no es lo mismo y usted lo sabe.

—¿Qué no es lo mismo?

No contesté. Porque si contestaba tendría que decir en voz alta lo que los dos sabíamos: que a un proveedor no le mandas fotos a las seis de la mañana, que a la gente que te da igual no le atas el moño con tus propias manos. Apreté los labios. Empujé la caja dos centímetros más hacia él, como si esos dos centímetros me salvaran de algo.

—Devuélvala usted, por favor.

Él no la tocó. Se me quedó viendo un rato largo, ese rato suyo que a mí me desarma los huesos, y al final dijo, muy bajo:

—Está bien. No la use. —Volvió a su pantalla—. Pero no se la voy a devolver a la tienda. Se queda en su cajón hasta que un día quiera usarla. Sin prisa.

"Voy despacio." No lo dijo, pero lo oí igual.

—Señor Montalvo. —Me quedé en la puerta, la caja pesándome en las manos y en la conciencia—. Con todo respeto. Esto la gente lo va a malinterpretar. Un jefe no le regala esto a su asistente. Van a hablar.

Él dejó de teclear. Levantó la vista, y por un segundo la broma se le borró de la cara y quedó nada más el hombre, serio, mirándome de frente.

—Que hablen —dijo—. Yo sé lo que hago. Y usted sabe que no hay nada que reprocharle. —Suavizó el tono—. Lo que la gente diga es problema de la gente, Camila. No suyo. Nunca deje que le pongan en la cabeza una vergüenza que no le toca.

No supe qué contestar a eso. Salí de ahí con las mejillas ardiendo y la bolsa otra vez en las manos, porque no supe qué otra cosa hacer con ella. Su calma me daba más miedo que cualquier grito. Un hombre que grita se equivoca. Un hombre que dice "que hablen" con esa serenidad es porque ya calculó todo, ya midió todo, y decidió que valía la pena de todos modos.

Fue Ximena la que casi me mata de un infarto.

Estábamos en el pasillo de Ensueño, yo con la dichosa caja crema todavía a cuestas buscando dónde esconderla, cuando ella salió de una junta y me la vio de inmediato. A Ximena no se le va una.

—¡No! —Se le abrieron los ojos—. ¡No, no, no! ¿Esa bolsa es lo que yo creo que es? —Me la arrebató, la giró, encontró el herraje, chilló—. ¡Cami! ¡Esto es de lista de espera! ¡Meses de lista de espera! ¿De dónde…?

—Es prestada —solté, y quise morderme la lengua.

—¿Prestada? —Entrecerró los ojos—. ¿Quién presta una bolsa de estas?

—Una amiga.

—¿Cuál amiga? Yo soy tu amiga y no tengo una de estas. —Se cruzó de brazos, la barbilla en alto, fingiendo ofensa—. Y créeme que si tuviera una, la primera en enterarse serías tú, y la segunda en pedírmela prestada también.

—Una… del trabajo.

Ximena me miró. Me miró de verdad, con esa cabeza rápida que tiene y que a veces se me olvida que tiene. Y por una fracción de segundo vi cómo las piezas empezaban a moverse detrás de sus ojos, buscando dónde encajar.

—Qué raro —dijo despacio—. Últimamente pasan cosas raras. —Me devolvió la caja—. Mi papá tarareando. Tú con bolsas prestadas de nadie. —Se rió, pero fue una risa con una preguntita adentro—. Si no te conociera, diría que a alguien aquí lo están consintiendo.

—No digas tonterías. —Me la colgué del hombro y caminé rápido, con el pulso en la sien.

Casi choco con Saúl.

Él venía del otro lado con una tableta en la mano y se detuvo en seco al verme, o mejor dicho, al ver la caja. Sus ojos bajaron al herraje dorado, subieron a mi cara, volvieron a la caja. Fue un segundo. Nada más un segundo. Pero yo alcancé a ver cómo lo anotaba en algún lugar de su cabeza ordenada de asistente que nunca olvida nada.

—Con permiso, señorita —murmuró, cortés, impecable, y siguió su camino.

Me di la vuelta, ya con ganas de correr, cuando lo alcancé a ver por el rabillo del ojo.

Saúl se había detenido al fondo del pasillo, junto al ventanal. Sacó su teléfono. Marcó. Y mientras se llevaba el aparato al oído, la pantalla brilló lo suficiente para que yo alcanzara a leer, aunque hubiera preferido mil veces no leerlo, el nombre del contacto al que estaba llamando.

Decía: "doña C."

Lo vi hablar bajito, cubriéndose la boca con la mano, viendo de reojo hacia donde yo había estado parada. No oí una palabra. No me hizo falta. Se me hizo un hueco en el estómago, ese hueco de cuando una siente que la observan y no sabe desde cuándo ni para quién.

"¿A quién le está reportando de mí?", pensé, apretando la caja crema contra el pecho como si fuera un escudo. "¿Y qué es exactamente lo que hay que reportar?"

Porque esa era la parte que no me dejaba respirar. Que aunque yo no había hecho nada, aunque yo devolvía las bolsas y decía que no y trataba a ese hombre de usted, algo estaba pasando. Lo notaba Ximena. Lo notaba Saúl. Lo notaba, seguramente, esa tal doña C. al otro lado de la línea. Todos lo veían desde afuera.

Todos menos yo, que era la que estaba adentro y seguía jurando que no pasaba nada.

1
Phaola Paez
lchevere
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