Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 16: La Cumbre de las Siete Coronas
El cielo sobre la Ciudad Eterna no poseía el pulso sofocante del desierto de Dubái ni la densidad mística de la antigua Isfahán. Roma amaneció envuelta en una niebla húmeda y plomiza que descendía desde las siete colinas, envolviendo los pinos piñoneros y las ruinas de mármol en un sudario de elegancia decadente. La villa privada de la familia Al-Rashid, ubicada en las afueras de la ciudad sobre la Via Appia Antica, se erigía como una fortaleza de piedra caliza rodeada por murallas centenarias y patrullada por guardias de élite en trajes oscuros.
En el interior de la suite principal, el silencio solo era interrumpido por el roce suave de la seda sobre la piel.
Zaira permanecía de pie ante un espejo de cuerpo entero con marco de madera dorada. El vestido que llevaba puesto era una obra de arte confeccionada por los diseñadores más exclusivos de Milán bajo las órdenes directas de Tariq: una prenda de terciopelo negro noche con un escote asimétrico que dejaba al descubierto la curva de su hombro izquierdo. La tela caía con una fluidez majestuosa hasta el suelo, ceñizéndose a su cintura con un broche de platino y diamantes con la forma de la luna creciente. Sobre su garganta no llevaba cadenas pesadas; solo la pequeña marca circular que el mordisco de Tariq había dejado semanas atrás, ahora cicatrizada como un sello indoloro de dominación y pertenencia.
Detrás de ella, la silueta imponente del Alfa emergió de la penumbra del vestidor.
Tariq vestía un esmoquin de corte italiano hecho a medida en lana de vicuña negra, con una camisa de seda blanca y gemelos de azabache. Sus hombros esculpidos llenaban la prenda con una presencia física que ninguna vestimenta moderna podía disimular. Avanzó con pasos felinos y silenciosos hasta detenerse a la espalda de Zaira. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre las caderas de la joven, apretándolas con una firmeza posesiva que hizo que ella contuviera el aliento.
—Te ves absoluta —murmuró Tariq cerca de su oído. La voz del inmortal resonó con esa frecuencia grave que enviaba descargas eléctricas directamente a la parte baja de su vientre—. Las familias de la mafia europea piensen que vienen a una reunión de negocios en Roma para evaluar si el imperio Al-Rashid se debilitó tras la traición de Samir. No tienen idea de que van a arrodillarse ante su nueva reina.
Zaira inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el pecho de acero de su esposo, y buscó su mirada en el espejo.
—No voy a Roma a pedir su aprobación, Tariq —respondió ella, alzando la barbilla con esa firmeza que encendía la sangre del Alfa—. Voy a dejarles claro que cualquier intento de desestabilizar nuestras rutas por el Mediterráneo será respondido con la misma ferocidad con la que destruimos al Visir en el pasado.
Una sonrisa amarga y orgullosa se dibujó en los labios de Tariq. Inclinó el rostro y rozó con sus labios el nacimiento de su cuello, dejando una cadena de besos lentos y ardientes que hicieron temblar las pestañas de la joven.
—Mi hermosa cazadora... —susurró él, deslizando una mano desde su cadera hasta la curva delgada de su talle—. Recuerda que en esta cumbre no solo hay mafiosos mortales. Los líderes del Consejo de las Siete Coronas son hombres antiguos que han gobernado el inframundo de Europa durante siglos. Intentarán probar tu templanza. Intentarán buscar una grieta en tu voluntad.
—Que lo intenten —dijo Zaira, girándose entre sus brazos para encararlo de frente. Posó las palmas de sus manos sobre el solapa de su esmoquin—. Tengo la sangre de las sacerdotisas en las venas, la armadura de la luna en mi memoria y al Alfa supremo como esposo. Que intenten romperme.
Tariq soltó un bajo gruñido de satisfacción. Atrajo su rostro por la nuca y capturó su boca en un beso hambriento, rudo y repleto de una pasión sin frenos que amenazó con arrugar la seda y el terciopelo antes de que la noche siquiera comenzara. Zaira respondió con la misma entrega, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Tariq y apretando su cuerpo contra el suyo hasta que el aire en la estancia se volvió sofocante.
Cuando el Alfa se separó a regañadientes, sus ojos ámbar brillaban con una promesa de fuego.
—El convoy nos espera abajo —dijo él, limpiando con el pulgar un resto de labial rojo de la comisura de sus labios—. Vamos a enseñarles cómo gobierna la dinastía Al-Rashid.
El lugar elegido para la Cumbre de las Siete Coronas no era un hotel de lujo ni un rascacielos financiero, sino el Palazzo Altieri, una mansión barroca del siglo XVII en el corazón de Roma que pertenecía a la familia Moretti, los gobernantes de la mafia del sur de Italia.
El convoy de cinco limusinas blindadas negras de los Al-Rashid se detuvo en el patio de honor de la propiedad. Decenas de fotógrafos de la prensa clandestina, guardias de seguridad armados hasta los dientes con chalecos tácticos no identificados y miembros del consejo observaban la llegada desde las arcadas de mármol.
Cuando la puerta del vehículo central se abrió, la guardia de honor de Tariq —hombres vestidos con trajes impecables pero armado con la frialdad de soldados de élite— formó una barrera impenetrable. Tariq descendió primero, ofreciendo su mano vestida con un guante de cuero fino a Zaira.
El murmullo entre los asistentes fue inmediato.
Zaira emergió de la limusina con una elegancia que paralizó a los presentes. El terciopelo negro de su vestido ondeaba con el viento de la noche romana, y su postura, erguida y distante, emanaba un aura de autoridad que no requería de armas a la vista para ser sentida. Caminó al lado de Tariq con el mentón alto, entrelazando sus dedos con los del Alfa en un gesto inequívoco de poder compartido.
Accedieron al gran salón de banquetes del palacio. La estancia era colosal: techos abovedados cubiertos de frescos que representaban el juicio final, arbotantes de pan de oro y una mesa ovalada de caoba de veinte metros de largo donde ya aguardaban los representantes de los seis carteles más poderosos del mundo.
A la cabeza de la mesa se sentaba Don Vito Moretti, un hombre de setenta años con cabello blanco peinado hacia atrás, ojos fríos como el hielo y arrugas que delataban una vida dedicada al crimen implacable. A su derecha e izquierda se acomodaban los jefes de las mafias de la Europa del Este, los sindicatos asiáticos y las familias de la Costa Azul.
El silencio en el salón se volvió denso cuando Tariq y Zaira ocuparon sus lugares en la cabecera opuesta.
—Tariq Al-Rashid... —habló Don Vito, su voz raspada por el tabaco resonando en la acústica del salón barroco—. Se rumoreaba en los callejones de Marsella que habías sufrido una rebelión interna en Dubái. Que tu propio hijo había tomado el control de tu imperio mientras te ocultabas en el desierto.
Tariq no se apresuró a responder. Se acomodó en su sillón de cuero tallado, apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus dedos. Sus ojos ámbar recorrieron a cada uno de los hombres presentes con una intensidad que hizo que varios de ellos desviaran la mirada.
—Samir cometió un error de juicio, Vito —contestó Tariq con una calma helada que heló el ambiente—. Pensó que la ambición podía reemplazar a la sangre. Actualmente se encuentra pagando el precio de su estupidez en una celda de alta contención. El imperio Al-Rashid no solo sigue intacto; ha sido purgado de cualquier rastro de debilidad.
Don Vito desvió su mirada hacia Zaira, examinándola con una sonrisa burlona que no disimulaba la condescendencia.
—Y traes a una mujer a la mesa de las Siete Coronas —dijo el italiano, haciendo un gesto vago con la mano—. Escuchamos que te casaste en una ceremonia apresurada. En nuestras tradiciones, las esposas permanecen en las villas cuidando de la familia, no decidiendo las rutas del tráfico internacional ni el destino de los territorios.
Un murmullo de asentimiento recorrió los laterales de la mesa. El representante de la mafia rusa, un hombre corpulento llamado Nikolai con el rostro surcado por cicatrices, dejó escapar una carcajada seca.
Zaira apoyó las palmas de sus manos sobre la madera pulida de la mesa y se inclinó levemente hacia adelante.
—Las tradiciones de sus familias son el motivo por el cual están perdiendo el control del Mediterráneo a manos de los cárteles independientes —habló Zaira, y su voz no tuvo un solo rasgo de vacilación. Resonó con una claridad metálica, educada y cortante que acalló de golpe los murmullos de la sala—. Mientras ustedes siguen debatiendo sobre costumbres obsoletas en palacios antiguos, Tariq y yo aseguramos el monopolio absoluto de los puertos de Oriente Medio y el norte de África en menos de cuarenta y ocho horas.
Nikolai golpeó la mesa con el puño pesado, haciendo vibrar las copas de cristal.
—¡Una mortal no nos va a dar lecciones de negocios en nuestra propia casa! —rugió el ruso, poniéndose de pie—. ¡La Cumbre exige que los territorios se redistribuyan si la línea de sucesión de los Al-Rashid está rota!
Antes de que Nikolai pudiera dar un paso más, la presión gravitatoria dentro del gran salón cambió de forma drástica.
Tariq no se movió de su asiento, pero los ojos del Alfa se encendieron en un rojo carmesí absoluto. Una onda de choque de dominación pura se expandió desde su cuerpo, haciendo vibrar las arañas de cristal del techo. Los guías y guardias de seguridad que custodiaban a los jefes de la mafia cayeron de rodillas sobre la alfombra, sofocados por la presión mental. Nikolai se paralizó en el sitio, sintiendo cómo sus rodillas amenazaban con ceder bajo el peso de la mirada del inmortal.
—La línea de sucesión no está rota —dijo Tariq, su voz vibrando con el eco de un trueno subterráneo que cortó el aire de la estancia—. Zaira no es solo mi esposa. Es la reina de la dinastía Al-Rashid. Cualquier falta de respeto hacia ella es una declaración de guerra directa contra mi estirpe. Y les aseguro, caballeros, que ninguno de los presentes en esta mesa sobrevivirá a la primera noche de esa guerra.
Zaira no perdió la compostura. Se mantuvo erguida al lado de Tariq, extendiendo una mano suave que descansó sobre el hombro de su esposo. El contacto de la joven actuó como un bálsamo que reguló la furia del Alfa, aunque los ojos de Tariq no perdieron el brillo rojo.
Don Vito Moretti, palideciendo levemente al comprender el alcance del poder que la pareja manejaba, alzó las manos en un gesto de pacificación.
—Suficiente —dijo el viejo italiano, tragando saliva con dificultad—. La Cumbre de las Siete Coronas reconoce a Zaira Al-Rashid como co-gobernante del imperio del Sur. Las rutas comerciales se mantendrán bajo su custodia sin alteraciones.
Nikolai volvió a sentarse en silencio, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda, derrotado sin que se hubiera disparado un solo cartucho.
Tres horas después, la reunión formal había concluido. El acuerdo de paz y la ratificación de las rutas comerciales estaban firmados con tinta y sello de cera sobre los documentos oficiales de la Cumbre.
Zaira caminó hacia el balcón principal del Palazzo Altieri, buscando el aire fresco de la madrugada romana. El terciopelo de su vestido acariciaba sus tobillos mientras contemplaba los jardines iluminados por antorchas de gas.
Tariq apareció detrás de ella, deslizándose en el espacio estrecho del balcón. Sus brazos rodearon su cintura por detrás, pegando la espalda de la joven contra su torso rígido.
—Lo hiciste impecable —murmuró él, hundiendo el rostro en su cabello oscuro e inhalando su perfume—. Neutralizaste a los hombres más peligrosos de Europa sin necesidad de desenvainar un acero.
—Aprendí del mejor Alfa —contestó Zaira, girando el rostro para besar la comisura de sus labios—. Pero sé que esto no ha terminado. Sentí una presencia extraña durante la cena... alguien que no pertenecía a las familias de la mafia.
Tariq se congeló por un instante. Sus ojos ámbar se estrecharon hacia las sombras del jardín inferior.
—Es el último residuo de la red de Samir —explicó el inmortal en un hilo de voz—. Algunos mercenarios rebeldes lograron escapar a Europa antes de que cerráramos las fronteras. Piensan que pueden cobrar venganza atacando nuestro refugio en Roma.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó ella, sintiendo cómo el deseo y la adrenalina volvían a encender su sangre.
Tariq sonrió con esa crueldad oscura que la fascinaba. La tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Vamos a regresar a la villa, mi reina —susurró él con voz ronca—. Y mientras mi guardia limpia los jardines de intrusos, yo voy a enseñarte cómo celebra un inmortal la victoria de su imperio.
Zaira rodeó el cuello de Tariq con ambos brazos, pegando sus labios a los del Alfa en un beso ardiente que prometía una noche inolvidable en la Ciudad Eterna.