Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 19: AISLAMIENTO TOTAL
Harper Jones
La luz fría de la mañana atravesaba los ventanales del penthouse, tiñendo el mármol del salón de un blanco clínico y desalmado.
No había dormido más de dos horas. Mi cuerpo aún guardaba la memoria física de la noche anterior: el dolor sordo en la parte baja del vientre, la piel de mis muslos sensible por la fricción del cuero de la camioneta y las marcas moradas de la agresión de Sterling en mi muñeca derecha. Pero por encima del agotamiento físico, lo que me mantenía despierta era una tonta y peligrosa ilusión que había germinado en mi pecho durante la madrugada.
Pensé que algo había cambiado.
Pensé que después de lo que ocurrió en el vehículo —después de desnudarnos, de mirarnos a los ojos sin la barrera de un preservativo y de habernos entregado a una voracidad que rozaba la locura—, la armadura de Mason Salvatore se había roto para siempre. Esperaba encontrar al hombre que me había sostenido contra su pecho sudoroso en la penumbra del garaje, al hombre cuyos latidos desbocados me habían arrullado antes de que me quedara dormida.
Qué estúpida fui.
A las nueve de la mañana, bajé al salón principal. Mason ya estaba allí, sentado a la mesa del comedor con un traje impecable de color gris marengo. Llevaba las gafas de lectura puestas, revisando una serie de informes en su tableta mientras daba sorbos a un café negro. La pajarita de la noche anterior había sido sustituida por una corbata de seda azul perfectamente anudada.
Era el mismo CEO distante, calculador e inalcanzable de siempre.
Caminé hacia él. Mis pasos descalzos sobre la madera no hicieron ruido, pero él notó mi presencia de inmediato. Sin embargo, no levantó la vista de la pantalla. Ni siquiera me dirigió un saludo cortés. Me ignoró por completo, como si yo fuera un fantasma más de ese apartamento de diez millones de dólares.
—Mason —dije. Mi voz sonó rasposa, cargada de una expectación contenida que intenté disimular.
Silencio. Pasó la página digital de su documento con un leve toque del índice sobre el cristal.
—Ayer por la noche... —empecé, dando dos pasos más hasta quedar al borde de la mesa, sujetándome el codo derecho con la mano izquierda—. Lo que pasó en la camioneta. No puedes pretender que no ocurrió nada. Le rompiste la mano a un hombre por tocarme y luego... luego en el coche...
Mason dejó la taza de porcelana sobre el plato con un chasquido seco.
Se quitó las gafas de lectura con una lentitud exasperante, las colocó sobre la mesa y, finalmente, me miró. Sus ojos azules no guardaban ni un solo rastro del fuego salvaje que los había consumido unas horas antes. Eran dos glaciares. Dos pozos de frialdad ejecutiva que me congelaron la sangre en las venas.
—Lo que ocurrió anoche en el vehículo fue un descontrol inaceptable —dijo. Su tono de voz era plano, seco, desprovisto de cualquier atisbo de emoción—. Un error de cálculo provocado por la adrenalina del incidente con Sterling. Nada más.
El impacto de sus palabras fue como un golpe físico en el estómago. Contuve el aliento, sintiendo cómo el rubor de la humillación me quemaba las mejillas.
—¿Un error? —repetí, la voz temblándome por la rabia emergente—. ¡Me follaste, Mason! Me dijiste que era tuya. Te desnudaste conmigo y no usaste nada para protegernos... te vaciaste dentro de mí como si...
—Y me aseguraré de que no vuelva a repetirse —interrumpió él, sin elevar la voz, manteniendo una compostura de piedra que me daba ganas de gritar.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta gris y sacó una pequeña caja metálica. La abrió, extrajo una píldora blanca y un vaso de agua que Thomas acababa de colocar a su lado momentos antes, y los deslizó por la superficie pulida de la mesa de nogal hasta que se detuvieron justo frente a mí.
Era una pastilla del día después.
—Tómala —ordenó, volviendo a tomar su tableta digital como si la conversación hubiera concluido.
Me quedé mirando el pequeño comprimido blanco sobre la madera. En ese instante, la ilusión de la madrugada se pulverizó por completo, dejando al descubierto la cruda, fea y desgarradora realidad: para Mason Salvatore, yo no era más que un activo que había amenazado con salirse de control. Había sentido celos, sí, pero no celos de un hombre enamorado, sino los celos rabiosos de un dueño al ver que alguien intentaba manipular su juguete favorito.
El dolor que me atravesó el pecho fue tan agudo que me robó el aire por un segundo. Pero inmediatamente después, la rabia, ese fuego salvaje que nunca lograría extinguir por mucho que me vistiera de seda, resurgió con una fuerza arrolladora.
Extendí la mano y tomé la pastilla.
—Tienes razón —dije, alzando el mentón y mirándolo directamente a las pupilas con una frialdad que igualó a la suya—. Fue un error. Un absoluto y asqueroso error.
Sin vacilar, me metí la píldora en la boca, tomé el vaso de agua y tragué el líquido de un solo trago frente a él. Dejé el vaso de cristal sobre la mesa con la fuerza suficiente para que un chorro de agua salpicara el borde de su tableta.
—Satisfecho, Sr. Salvatore —espeté, limpiándome la comisura de los labios con el dorso de la mano.
Mason no pestañeo ante el salpicón de agua, pero vi cómo los músculos de su mandíbula se apretaban sutilmente. Su mirada se fijó en la mía, y por un microsegundo, vi pasar un destello oscuro y turbio por sus pupilas, como si mi total acuerdo con su diagnóstico de «error» no hubiera sido exactamente la respuesta que su ego desmedido esperaba.
—Completamente —respondió, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos—. Ahora que ese asunto está resuelto, hablemos de tu comportamiento para las próximas semanas.
—No tengo nada que hablar contigo —dije, dando media vuelta para marcharme hacia el pasillo.
—No he terminado de hablar, Harper —su voz resonó con un eco autoritario en el enorme salón, obligándome a detenerme en seco.
Me giré despacio, clavándole una mirada cargada de un veneno puro.
—Vas a quedarte en el penthouse —continuó Mason, adoptando el tono categórico de quien le dicta una sentencia a un reo—. Las salidas quedan canceladas, por el momento... a menos que sean estrictamente necesarias para eventos corporativos bajo mi supervisión. Thomas se encargará de coordinar cualquier visita médica de tu madre. No quiero más escenas en público, no quiero más desafíos a la seguridad y no quiero que vuelvas a dirigirle la palabra a nadie de la prensa.
La incredulidad me deformó el rostro.
—¿Me estás aislando? —pregunté, dando dos pasos hacia él, con los puños apretados a los lados de mi cuerpo—. ¡Ayer me usaste para tu maldita gala, dejaste que un borracho me atacara, te aprovechaste de mí en la camioneta y ahora pretendes encerrarme en esta jaula como si fuera una apestosa prisionera de guerra!
—No eres una prisionera —corrigió él con una frialdad exasperante—. Eres mi esposa. Firmaste un contrato donde me cedías el control de tu vida y de tu imagen pública a cambio de la vida de tu madre, Mary Jones. Yo estoy cumpliendo mi parte del trato: el mejor equipo de cardiólogos de la costa este está atendiendo a tu madre en este momento.
Se puso de pie, ajustándose el botón de la chaqueta gris. La diferencia de altura entre los dos volvió a hacerse evidente, pero esta vez no di un solo paso hacia atrás.
—Así que te sugiero que te adaptes a las reglas de esta casa —agregó, acercándose a mí hasta que su sombra me cubrió de nuevo. Su aliento olía a café amargo—. Mientras lleves el apellido Salvatore en tu documento, harás exactamente lo que yo diga, cuando yo lo diga y como yo lo diga. No tienes voz en esta corporación, Harper. No tienes poder. Solo tienes el deber de obedecer.
Las palabras me quemaron por dentro como ácido puro.
Me temblaba todo el cuerpo por la indignación, pero entendí que gritarle o abofetearlo solo le daría la satisfacción de verme perder los estribos. Le demostré que su poder podía comprar la medicina de mi madre y mis vestidos, pero jamás compraría mi espíritu.
Me acerqué a él hasta que mi pecho estuvo a punto de rozar el suyo.
—Puedes encerrarme en este piso, Mason —susurré, dejando que cada palabra saliera con una precisión venenosa y afilada—. Puedes ponerme a diez guardias en la puerta y obligarme a llevar tu maldito apellido. Pero cada vez que me mires, cada vez que intentes tocarme o recordarme este maldito contrato, sabrás que por dentro te desprecio. Sabrás que no eres más que un tirano miserable que necesita comprar a las personas porque nadie en este mundo podría quererte de verdad.
Vi cómo sus ojos azules se dilataban levemente ante el impacto de mis palabras. La máscara de hielo crujió apenas en las comisuras de sus labios, revelando una chispa de furia contenida.
No esperé a que respondiera.
Me di la vuelta con brusquedad, haciendo que el dobladillo de mi ropa interior se agitara contra mis piernas, y caminé a pasos agigantados hacia la salida de su despacho privado. Crucé la estancia, tomé la puerta de nogal con ambas manos y la cerré de un portazo brutal que retumbó en todo el penthouse, haciendo vibrar los cristales del ventanal.
Me quedé de pie afuera del despacho, jadeando por la rabia, con las lágrimas de rabia e impotencia amontonándose finalmente en mis ojos.
Me pasé las manos por la cara, secándome el llanto antes de que llegara a caer. Apoyé las palmas sobre la pared.
Él creía que me había aislado. Creía que dándome esa pastilla y decretando mi encierro me había devuelto a mi lugar como una marioneta obediente. Pero se equivocaba. Si Mason Salvatore quería una guerra de desgaste en este penthouse, se la iba a dar. No me iba a romper. No me iba a doblegar. Y me aseguraría de que cada día que pasáramos juntos bajo este techo fuera un infierno viviente para su precioso y perfecto control.