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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

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CAPÍTULO 22: TRAICIÓN

​La lluvia de la madrugada no solo lavaba las calles de Altagracia; también corroía las lealtades que se creían compradas con oro.

​En la planta alta del exclusivo Club de Cazadores, a puerta cerrada y con las luces atenuadas, Guillermo Castillo observaba el reflejo de la tormenta en el cristal. A sus sesenta y cinco años, el patriarca del clan más influyente de la ciudad no vestía la túnica de la derrota. Aunque la bancarrota técnica amenazaba sus empresas y la sombra del embargo rondaba sus propiedades, la mirada del anciano conservaba la frialdad depredadora de quien ha gobernado desde las sombras durante tres décadas.

​A su lado, Bernardo Valeriano caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sosteniendo un vaso de ginebra con manos temblorosas.

​—Nos está asfixiando, Guillermo —masculló Bernardo, con la cara descompuesta por el pánico—. El juez Mendoza se volvió loco en el penal, mi hijo Lucas está vagando como un mendigo y los fondos del Banco Mercantil están congelados. Vantress no es un inversor; es un verdugo. Nos va a enterrar a todos antes del amanecer.

​—Cállate, Bernardo —sentenció Castillo sin mirarlo, con una voz profunda que cortó el aire—. Un verdugo solo es peligroso mientras mantenga su rostro en la oscuridad. Y esta noche, el halo de misterio de nuestro querido inversor extranjero acaba de saltar en pedazos.

​La puerta lateral del salón se abrió con un chasquido ahogado.

​Un hombre joven, vestido con un traje de corte impecable pero con el rostro sudoroso y los ojos desencajados por el pánico, avanzó dos pasos hacia la luz. Era Julián, el asistente personal que Adrián Vantress había contratado en su sede de Ginebra tres años atrás; el hombre que manejaba la agenda confidencial, los códigos de acceso a los servidores secundarios y los registros de vuelo de la corporación.

​Julián llevaba bajo el brazo un maletín de cuero rígido. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo presionar el broche para abrirlo.

​—Tiene... tiene los dos millones de dólares en la cuenta offshore de Panamá, ¿verdad? —preguntó el asistente con un hilo de voz que delataba la vergüenza y el terror.

​—La transferencia está confirmada, muchacho —dijo Castillo, girándose despacio y señalando la mesa de caoba—. Ahora dame lo que encontraste antes de que empiece a dudar de tu utilidad.

​Julián colocó sobre la mesa tres carpetas con la estampa confidencial de Vantress Capital y un pendrive de seguridad con cifrado militar.

​—Lo busqué durante tres meses en los registros centrales de la entidad en Suiza, la Interpol y el Registro Mercantil de Londres —explicó Julián, tragando saliva con dificultad—. "Adrián Vantress" no existe. No hay una sola partida de nacimiento, un expediente académico, una propiedad registrada ni un historial médico con ese nombre anterior a hace exactamente cinco años.

​Bernardo Valeriano se acercó de golpe a la mesa, abriendo la primera carpeta.

​—¿Qué demonios dices? —exclamó Bernardo—. ¿Cómo que no existe? ¡Ese hombre movió cientos de millones de dólares para comprar la deuda del puerto!

​—La identidad de Vantress fue creada desde cero —interrumpió Guillermo Castillo, tomando una de las fotografías archivadas en el expediente: una imagen borrosa tomada por una cámara de seguridad en un hospital de la frontera hace cuatro años, donde se veía a un hombre joven y extremadamente delgado, con cicatrices profundas en el rostro y el tórax, saliendo de una cirugía reconstructiva—. El nombre, la empresa, la fortuna inicial... todo fue inyectado a través de un fideicomiso ciego administrado por exoficiales de inteligencia en Europa. No es un magnate suizo. Es una máscara.

​Guillermo deslizó el dedo sobre la fotografía, acercando la luz de la lámpara a los rasgos faciales del joven antes de la reconstrucción quirúrgica.

​A pesar de las quemaduras, la desnutrición y los años de prisión, los ojos oscuros y la línea de la mandíbula eran inconfundibles.

​Un silencio aterrador cayó sobre el salón. Bernardo dejó caer el vaso de ginebra, que se estrelló contra la alfombra persa sin que nadie prestara atención al ruido. El rostro del viejo Valeriano se volvió de color ceniza.

​—Dios mío... —susurró Bernardo, apartándose de la mesa como si los papeles quemaran—. Es el muchacho. Es el hijo de Corvalán. El chico al que encerramos en San Cayetano después de quitarle la constructora a su padre.

​—No murió en la celda —dijo Castillo, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa cruel y deforme se dibujó en sus labios finos—. El perro sobrevivió. Se arrastró fuera del barro, se hizo una cara nueva, acumuló dinero robado de fondos europeos y volvió a Altagracia para cobrar la deuda de su padre.

​La revelación no trajo pánico al viejo Castillo; trajo una ola de alivio venenoso, una claridad letal que disipó la parálisis de los días anteriores. La figura de "Vantress", el gigante corporativo invencible y sin rostro que parecía operar con poderes sobrenaturales, acababa de quedar reducida a un hombre de carne y hueso. Un fantasma con nombre y apellido. Un sobreviviente lleno de odio que cometía errores porque sangraba, sentía y recordaba.

​—Nos hizo creer que era un demonio —murmuró Castillo, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Pero solo es un fantasma asustado que busca venganza. Y los fantasmas, Bernardo, se pueden volver a matar.

​Julián, acorralado por el peso de su propia traición, dio un paso hacia atrás.

​—Él... él sabe que la cacería está por terminar —dijo el asistente, temblando—. Si descubre que les entregué la clave de los servidores, me va a matar.

​—Tú ya no le importas a nadie, muchacho —dijo Castillo con desprecio, haciéndole una señal a dos de sus guardaespaldas apostados en la puerta para que sacaran al joven de la estancia—. Ahora la cacería cambia de dueño.

​Cuando la puerta se cerró tras los gritos ahogados del asistente, Castillo caminó hacia la chimenea del salón, donde un fuego suave chispeaba entre los leños.

​—Escúchame bien, Bernardo —dijo el patriarca de los Castillo, volviéndose hacia su socio con la mirada encendida de una furia asesina—. Durante meses hemos jugado su juego: el juego de las demandas, las quiebras y las ruedas de prensa. Pensamos que nos enfrentábamos a un fondo de inversión internacional con abogados infinitos. Pero ahora que sabemos quién es, el juego de las reglas se acabó.

​—¿Qué vas a hacer? —preguntó Bernardo, intentando recomponer la postura, aunque las rodillas le fallaban.

​—Vamos a usar su mayor debilidad —respondió Castillo, sacando de su bolsillo un teléfono encriptado—. No necesitó cinco años para levantar ese imperio; lo levantó por el odio que nos tiene. Y el odio lo hace predecible. Cree que esta noche viene a la sede del Banco Mercantil a firmar nuestra quiebra definitiva. Cree que Mateo Rivas y su coche blindado lo van a proteger.

​Castillo marcó un número de memoria.

​—Llama al comandante de la policía municipal que aún responde a nuestro sueldo —ordenó Castillo al teléfono con voz implacable—. Quiero bloquear la avenida circunvalación a la altura del casco antiguo. Cierren las salidas de la ciudad. No quiero un embargo esta noche; quiero una emboscada en la calle. Si el hijo de Corvalán quiere sangre, le vamos a dar un río.

​Al colgar, Guillermo Castillo miró por la ventana el horizonte de Altagracia.

​Por primera vez en meses, la balanza de la angustia se había inclinado. El pavor que los había paralizado se transformó en una sed de sangre despiadada. La cacería se había invertido. El depredador que había acorralado a las tres familias acababa de ser despojado de su armadura de mito, quedando expuesto en medio de la tormenta, a merced de los hombres que ya le habían robado la vida una vez y que no dudarían en rematar el trabajo antes de que saliera el sol.

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celimar
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💯💯👏
Celina Espinoza
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Fernanda
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Lobelia ❣️
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celimar
est buena
Lobelia ❣️
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