Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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La máscara de la lealtad
Aria no esperó ni un segundo. Salió en silencio del pasillo del despacho de Dante, subió a toda prisa las escaleras hacia su habitación en el ala oeste y cerró la puerta con llave. Con las manos ligeramente temblorosas, sacó su segundo teléfono —aquel con encriptación militar que nadie conocía— y marcó el número directo de Mateo.
Al segundo tono, él respondió.
—¿Aria?
—Mateo, escucha con atención —dijo ella en un susurro rápido y tajante—. Dante va para allá. En persona.
Hubo un segundo de silencio sepulcral al otro lado de la línea.
—Maldita sea... —musitó Mateo—. Sabía que esto desataría una tormenta, pero no pensé que vendría tan rápido. Voy a coordinar con la gente de seguridad de la bahía para esperarlo.
—No. Tú no vas a dar la cara como Mateo —ordenó Aria, caminando de un lado a otro de la habitación con la mirada fría—. Ponte el pasamontañas de comunicación y la máscara de voz del protocolo fantasma. Actúa únicamente bajo la identidad del "Director de Operaciones Anónimo".
—Aria, he manejado crisis antes...
—¡Mateo, no! —lo interrumpió ella con una firmeza que no admitía réplica—. Tienes una esposa y dos hijos esperándote en casa. Hombres como Dante Volkov no juegan con las reglas del juego limpio. Si te identifica, buscará tus puntos débiles, y no voy a permitir que ponga en riesgo a tu familia por un enfrentamiento que es mío. ¿Me oíste?
Mateo dejó escapar un largo suspiro, conmovido por la lealtad de su amiga, pero consciente del peligro real.
—Entendido, jefa. Mascara de distorsión de voz lista. Nadie sabrá quién soy.
—Mantén la postura firme —añadió Aria—. No le cedas un solo milímetro sobre el cargamento de los chips. Si él quiere ingresar a la terminal para inspeccionar, que pague la multa correspondiente y firme el registro oficial como cualquier mortal. No le des trato preferencial.
—¿Y tú qué harás? —preguntó Mateo antes de colgar.
Aria miró su reflejo en el espejo. Su rostro mostraba una calma serena, la máscara perfecta de la esposa sumisa que Dante creía tener.
—Voy a bajar al salón principal a tomar el té como la "Sra. Volkov". Si Dante cree que puede controlar el mundo exterior mientras me mantiene bajo vigilancia, le voy a demostrar que el fuego ya está ardiendo dentro de su propia casa.
El rugido del motor de la camioneta de Dante resonó en el patio delantero apenas diez minutos después. Desde el gran ventanal de la sala, Aria lo vio subir al vehículo acompañado por cuatro de sus guardias armados, con el rostro endurecido por una rabia contenida.
Aria sonrió con frialdad para sus adentros, dio un sorbo a su taza de manzanilla y esperó.
Mientras tanto, en la Terminal Central de Transportes, la atmósfera se volvió sofocante. Las luces pesadas de la bahía cuatro iluminaban los dos camiones gigantescos inmovilizados por cepos de acero en los neumáticos. Alrededor, diez guardias de la terminal, vestidos con uniformes tácticos oscuros sin insignias, custodiaban la zona.
Tres camionetas negras irrumpieron en el recinto a toda velocidad, frenando de golpe y haciendo chillar las llantas contra el concreto.
De la primera camioneta bajó Dante Volkov. Su presencia llenó el lugar al instante; emanaba un aura de autoridad y peligro que hizo que varios guardias apretaran los puños sobre sus defensas.
—¿Quién es el encargado de este circo? —la voz de Dante retumbó en la nave industrial como un trueno.
De la penumbra del pasillo ejecutivo emergió una figura alta. Vestía un traje táctico oscuro, un casco con visera polarizada que ocultaba completamente sus rasgos y un modulador de voz en el cuello que transformaba su voz en un tono metálico e irreconocible.
Era Mateo, bajo la máscara del Director de Operaciones.
—Usted está en propiedad privada, Sr. Volkov —retumbó la voz distorsionada de Mateo, deteniéndose a cinco metros de Dante—. Y sus vehículos violaron el código de seguridad de esta terminal.
Dante dio un paso al frente, clavando sus ojos grises en la máscara de Mateo con una sonrisa amarga y peligrosa.
—No me importan tus códigos. Esos camiones llevan mi mercancía y me los voy a llevar ahora mismo.
—No lo hará —respondió el hombre de la máscara sin dar un solo paso atrás—. Aquí no manda su apellido, Volkov. O paga la multa de retención y firma la inspección... o sus camiones terminan subastados por contrabando al amanecer.