Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capítulo 10
Gianna permaneció unos segundos frente a la puerta antes de comenzar.
Había algo extraño en entrar por primera vez a aquella habitación.
No porque tuviera miedo.
Sino porque todo allí parecía pertenecer a un mundo completamente diferente al suyo.
La habitación era enorme.
Gianna observó todo durante unos segundos.
—Es preciosa...
Sacudió ligeramente la cabeza.
No había ido allí para quedarse mirando.
Dejó los productos de limpieza sobre una pequeña mesa y comenzó a trabajar.
Primero abrió las cortinas para dejar entrar la luz del día.
Después abrió ligeramente las ventanas para ventilar la habitación.
Retiró las sábanas y las fundas de las almohadas, las colocó cuidadosamente en una cesta destinada a la ropa sucia y llevó la ropa de cama limpia hasta la habitación.
Cambió las sábanas, acomodó el colchón y colocó las almohadas nuevamente.
Después despolvo, la cabecera de la cama, las lámparas y las superficies de los muebles.
Limpió cuidadosamente el polvo que se había acumulado en algunos rincones y revisó que nada estuviera fuera de su lugar.
No tocó los objetos personales.
Recordó perfectamente la advertencia de Michela.
No debía revisar las cosas del señor.
Solo limpió alrededor de ellas.
Después tomó la aspiradora y recorrió lentamente toda la habitación.
Cuando terminó, pasó un paño húmedo por el suelo hasta dejarlo completamente limpio.
Finalmente, acomodó los muebles, cerró los cajones que estaban ligeramente abiertos y volvió a revisar que todo estuviera exactamente donde lo había encontrado.
—Listo.
Pero todavía faltaba el baño.
Gianna entró.
También era mucho más grande que cualquier baño que hubiera conocido.
Comenzó por recoger las toallas usadas y colocarlas en el lugar correspondiente.
Después limpió el espejo hasta que quedó completamente brillante.
Lavó el lavabo, retiró cualquier resto de jabón y desinfectó la superficie.
Luego limpió cuidadosamente los grifos.
Pasó al inodoro, aplicó el producto de limpieza correspondiente y desinfectó tanto la parte interior como exterior.
Después limpió la ducha, las paredes de vidrio y los azulejos, eliminando las pequeñas manchas de agua.
Finalmente, fregó el suelo y dejó todo perfectamente seco.
Gianna revisó el baño una última vez.
Todo estaba impecable.
Regresó a la habitación y observó su trabajo.
Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
—Creo que quedó bien.
Recogió los productos de limpieza y se dirigió hacia la puerta.
Justo cuando estaba a punto de abrirla...
La puerta se abrió bruscamente desde el otro lado.
Gianna no tuvo tiempo de reaccionar.
La puerta, al abrirse hacia dentro, la golpeó directamente.
—¡Ah!
El impacto la hizo perder el equilibrio y cayó al suelo.
Rocco se quedó paralizado.
—¡Lo siento!
De inmediato se agachó frente a ella.
—¿Estás bien?
Gianna llevó una mano hacia el lugar donde había recibido el golpe.
—Ay...
Rocco extendió la mano hacia ella.
—Ven, déjame ayudarte.
Gianna miró su mano durante unos segundos.
Por alguna razón, no la tomó.
Se levantó por sí misma, acomodándose rápidamente el vestido.
—No se preocupe, señor. Estoy bien.
Rocco permaneció agachado un instante antes de incorporarse.
—Te golpeé fuerte.
—No se preocupe, señor.
Gianna miró hacia la habitación.
—Me retiro ya. Su habitación está lista.
Rocco observó alrededor.
Entonces se dio cuenta de algo.
La habitación estaba impecable.
—Gracias.
Gianna asintió.
Se disponía a marcharse cuando Rocco volvió a hablar.
—Espera.
Gianna se detuvo y giró.
Rocco la miró con curiosidad.
Había algo familiar en ella.
Su rostro.
Su cabello.
Aquella expresión tranquila.
De repente lo recordó.
Era ella.
La joven que había visto el día anterior desde la ventana.
La misma muchacha que había estado contemplando el jardín con aquella expresión de felicidad tan sencilla.
Rocco había pasado varios minutos observándola sin saber quién era.
Y ahora estaba frente a él.
Por primera vez podía verla de cerca.
Y era aún más hermosa de lo que había imaginado.
Pero hubo algo que llamó especialmente su atención.
Gianna no parecía impresionada.
No había reconocido su rostro.
No había cambiado su actitud al verlo.
No lo miraba como lo hacían otras mujeres cuando descubrían que estaban frente a Rocco De Santis.
Simplemente lo trataba como al señor de la casa.
Con respeto.
Pero sin admiración exagerada.
Sin nervios provocados por su fama.
Sin intentar agradarle.
Aquello le resultó extrañamente atractivo.
—¿Puedo saber tu nombre?
Gianna lo miró.
—Gianna Esposito, señor De Santis.
Rocco repitió mentalmente el nombre.
Gianna.
—¿Necesita algo más?
—No.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Me retiro, señor.
Gianna salió.
Rocco permaneció en medio de la habitación, mirando la puerta que acababa de cerrarse.
Después miró nuevamente alrededor.
Todo estaba impecable.
Pero su atención no estaba en la habitación.
Estaba en ella.
En su sencillez.
En aquella sonrisa que había despertado su inspiración.
Y ahora conocía su nombre.
Gianna Esposito.
Rocco sonrió ligeramente.
Había algo en aquella muchacha que no lograba comprender.
Y, por alguna razón, quería descubrir qué era.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Más tarde...
Rocco estaba revisando unos párrafos cuando escuchó dos golpes en la puerta.
—Adelante.
Luca entró con una carpeta en la mano.
—¿Cómo va el escritor más insoportable del planeta?
Rocco levantó la mirada.
—Mucho mejor que tú.
—Eso está por verse.
Luca caminó hasta el escritorio, se inclinó y dio un vistazo.
—Vaya...
Continuó leyendo durante unos segundos.
—Esto sí que es bueno.
Rocco levantó una ceja.
—¿Sí?
—Sí. Pero debo confesar que me tenías preocupado.
Rocco sonrió ligeramente.
—Porque llevabas varios días sin poder escribir prácticamente nada. Y de repente...
Señaló las páginas.
—Desapareció el bloqueo.
Rocco se recostó contra el respaldo de su silla.
—Al parecer.
Luca lo observó detenidamente.
—Eso parece sospechoso.
Rocco intentó mantener una expresión indiferente.
Pero su mente regresó inmediatamente a las veces que había visto a Gianna.
Su voz.
Su mirada.
Su manera de hablarle sin la menor señal de admiración.
Rocco bajó la mirada hacia la pantalla.
Luca entrecerró los ojos.
—¿Qué carajos estás pensando?
Rocco levantó la mirada.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que sí.
Luca se cruzó de brazos.
—¿Que sucedió?
Rocco soltó una pequeña risa.
—¿Qué?
—Vamos, Rocco. Llevabas días bloqueado y de repente empiezas a escribir como si te hubieran conectado directamente a una fuente de inspiración.
Luca señaló las páginas.
—Algo tuvo que pasar.
—Simplemente recuperé la inspiración.
—¿Y qué la provocó?
—Quizá simplemente necesitaba despejarme.
—¿Despejarte?
—Sí.
Luca sonrió de inmediato.
—Ah... ¿Quién es?
—No importa.
Luca abrió los ojos con sorpresa.
—Dimelo ya.
—Es una empleada nueva.
—¿Una empleada?
Rocco asintió.
—La vi en el jardín ayer.
Luca sonrió lentamente.
—Y gracias a ella recuperaste la inspiración.
Rocco no respondió.
—Interesante.
—No saques conclusiones.
—No he sacado ninguna.
Luca tomó la carpeta nuevamente.
—Todavía.
Rocco soltó una pequeña risa.
—Solo me llamó la atención.
—¿La joven o la inspiración?
Rocco lo miró.
—Luca...
—Está bien, está bien.
Luca levantó las manos en señal de rendición.
—No diré nada.
Rocco volvió a mirar la pantalla.
Pero, aunque intentaba concentrarse en su novela, una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
Porque sabía perfectamente que aquella mujer había tenido algo que ver.
Y lo más extraño era que apenas la había visto un par de veces...