Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El ensayo
La idea nació un martes por la tarde, sentados en la grada del campo con los músculos doloridos y el sol cayendo detrás de las torres de Manchester.
—Voy a aceptar la oferta del Manchester juvenil —dijo Mozart.
Diño lo miró.
—¿Y mamá?
—Mamá no puede saber que juego al fútbol. Se va a preocupar. O peor, se va a sentir traicionada.
Diño asintió despacio.
—Y yo tengo la segunda fase de la Sinfónica el viernes. Si me presento con mi estilo, con mis improvisaciones, los jueces van a querer saber de dónde salí. Y si papá se entera de que toco así, va a hacer preguntas.
Se quedaron en silencio. El mismo pensamiento flotando entre los dos.
—¿Y si cambiamos? —dijo Diño.
Mozart lo miró.
—¿Cambiar qué?
—Todo. Tú juegas al fútbol. Yo toco en la Sinfónica. Cada uno vive la vida del otro para vivir su sueño.
Mozart soltó una risa incrédula.
—Diño, eso es imposible. Mamá conoce cada gesto mío. Sabe cómo agarro el arco, cómo respiro antes de tocar, cómo me muerdo el labio cuando un compás me sale mal.
—Y papá sabe cómo corro, cómo grito, cómo me ato los cordones. —Diño se inclinó hacia delante—. Por eso tenemos que aprender. Una semana. Tú me enseñas a ser tú. Yo te enseño a ser yo.
Mozart lo miró durante un largo momento. Después sonrió.
—Una semana.
—Una semana.
---
El miércoles empezó el entrenamiento.
Por la mañana, Diño se sentó frente a un atril con una partitura de Sibelius y un lápiz entre los dientes. Mozart estaba a su lado, señalando las notas con paciencia de santo.
—Esto es un *crescendo*. Significa que el volumen sube. Poco a poco. No de golpe.
—¿Como cuando el estadio empieza a cantar?
Mozart parpadeó.
—Sí. Exactamente como eso.
Diño sonrió y atacó las cuerdas con una energía que hizo vibrar la ventana.
—¡No! —Mozart le agarró el arco—. No es un golpe. Es una ola. Siente cómo sube.
Diño lo intentó de nuevo. Esta vez, la melodía creció como una marea. Mozart cerró los ojos y asintió.
—Eso. Exactamente eso.
Por la tarde, los papeles se invertían. Mozart estaba en el campo con una pelota atada al tobillo, haciendo ejercicios de control que Diño le había diseñado.
—¡Más bajo! ¡El balón no puede separarse de tu pie más de un palmo!
—¡Lo estoy intentando!
—¡No lo intentes! ¡Siéntelo! Es como tu violín. No piensas dónde pones los dedos. Solo los pones.
Mozart cerró los ojos. Respiró. Dejó de mirar el balón y empezó a sentirlo contra la bota. Y de repente, el control salió. Limpio. Natural.
Diño aplaudió desde la banda.
—¡Eso! ¡Ahora corre!
Corrió. Y por primera vez, no corría como un pez fuera del agua. Corría como un pez en el mar.
---
El jueves fue el día de los gestos.
—Cuando mamá te pregunta cómo te fue, no dices "bien" —instruyó Mozart, sentado en la cama del hotel—. Dices "bien" y después miras hacia la ventana. Es un reflejo. Ella ya no espera más.
Diño practicó frente al espejo.
—"Bien." —Miró hacia la ventana—. ¿Así?
—Un poco más rápido. Y no sonrías. Mamá odia que sonrías cuando dices "bien" porque cree que le estás ocultando algo.
—¿Y si le estoy ocultando algo?
—Entonces no sonrías más fuerte.
Diño se echó a reír.
—Tu madre es aterradora.
—Es violinista. Todos los violinistas son aterradores.
Por la tarde, Mozart practicó los gestos de Diño.
—Papá siempre pregunta "¿cómo fue?" nada más cruzar la puerta. No espera a que te sientes. Tienes que responder mientras te quitas las zapatillas.
—¿Y qué digo?
—"Bien, pero el control de izquierda sigue costando." Siempre dices eso. Es tu excusa universal.
—¿Y si el control de izquierda me sale perfecto?
—Entonces dices que te costó igual. Papá no necesita saber que mejoraste. Necesita saber que sigues trabajando.
Mozart asintió, tomando nota mental.
—¿Y la cena?
—Papá cocina pasta los jueves. Siempre pasta. Y siempre pone la tele con repeticiones de partidos antiguos. No tienes que hablar. Solo comer y asentir cuando él diga "mira ese pase".
—¿Y si no sé cuál pase?
—Di "impresionante" con la boca llena. Funciona siempre.
---
El viernes ensayaron las rutinas completas.
Diño tocó el repertorio de la Sinfónica de principio a fin mientras Mozart lo corregía desde la silla. No con la técnica de un profesor, sino con el oído de alguien que conoce cada pieza como si fuera su propia respiración.
—En el compás sesenta, retardas demasiado.
—Es que me gusta cómo suena lento.
—A ti te gusta. A los jueces no. Ellos quieren precisión.
—¿Y si les doy precisión con estilo?
Mozart suspiró.
—Diño, no puedes tocar Queen en la segunda fase.
—¿Quién dijo Queen? Voy a tocar Paganini. Pero con mi tempo.
Mozart lo miró. Abrió la boca. La cerró.
—Eres imposible.
—Y tú eres un genio del fútbol que no sabe hacer una chilena.
—¡Ya sé hacer una chilena!
—Una. Una sola. Y te dolió el culo tres días.
Se rieron hasta que les dolió el estómago.
El sábado, Mozart corrió un circuito completo de entrenamiento mientras Diño lo cronometraba desde la banda. Cuando terminó, estaba tirado en el césped, jadeando, con una sonrisa enorme.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y tres segundos.
—¿Cuánto hace Diño?
—Cuarenta y uno.
—Dos segundos. Puedo hacerlo.
—Puedes. Pero no mañana. Mañana solo tienes que sobrevivir al primer entrenamiento sin que te expulsen.
---
El domingo por la mañana, el último día antes del intercambio, fueron a la peluquería.
Se sentaron en las sillas giratorias, uno al lado del otro, mirándose en el espejo. El peluquero los observó con una ceja levantada.
—¿Qué les hago, chicos?
Diño sacó su teléfono. Mostró una foto de Mozart con su corte clásico, el flequillo peinado hacia un lado, limpio, ordenado.
—Quiero lucir como él.
Mozart sacó su teléfono. Mostró una foto de Diño con el pelo desordenado, las puntas ligeramente decoloradas, un estilo más rebelde.
—Y yo quiero lucir como él.
El peluquero miró las fotos. Miró a los dos chicos. Volvió a mirar las fotos.
—Ok, ustedes son los clientes. Siéntense.
Durante treinta minutos, las tijeras y la maquinilla zumbaron. El olor a champú y a laca llenó el aire. Mozart cerró los ojos y dejó que le cortaran el flequillo, que le decoloraran las puntas con un producto que le picaba en el cuero cabelludo. Diño dejó que le peinaran el pelo hacia un lado, que le recortaran los bordes hasta que pareciera un chico de conservatorio.
Cuando el peluquero terminó, giró las sillas hacia el espejo.
Mozart abrió los ojos. Se tocó las puntas claras. Se pasó la mano por el pelo desordenado. Miró a su hermano.
Diño se miró. Se acomodó el flequillo clásico. Se alisó la camiseta. Miró a Mozart.
—Rayos —dijeron al mismo tiempo.
Se veían idénticos. No solo en la cara. En el pelo. En la postura. En la forma de inclinar la cabeza.
Salieron de la peluquería con el sol de la mañana pegándoles en la cara. Caminaron un par de calles en silencio, mirándose de reojo en los escaparates, todavía acostumbrándose a ver su propio rostro en el cuerpo del otro.
Entonces Diño se detuvo. Giró hacia Mozart con una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Oye, Mozart.
—¿Qué?
—¿Te das cuenta de que vas a ser el primer futbolista de la historia con el nombre de un ilustre músico?
Mozart parpadeó. Abrió la boca. La cerró. La imagen de un comentarista deportivo gritando *"¡Golazo de Mozart Steimos!"* le cruzó por la cabeza.
—¿Y tú? —dijo, señalándolo con el dedo—. Vas a ser el primer astro del fútbol que toca el violín en una sinfónica.
Diño se quedó pensando.
—Bueno, al menos mi nombre no suena a compositor muerto.
—¡Mozart no está muerto! ¡Su música está viva!
—Mozart está más muerto que mi abuelo.
—¡No conociste a tu abuelo!
—¡Exacto! ¡Está más muerto que él!
Se rieron. Se rieron hasta que les dolió el estómago otra vez, apoyados contra la pared de la peluquería, con el sol pegándoles en la cara y el mundo entero por delante.
Mañana empezaba la semana del intercambio. Mañana, Mozart caminaría hacia el estadio del Manchester con la bolsa de deporte al hombro. Y Diño caminaría hacia el conservatorio con el estuche del violín en la espalda.
Cada uno vive la vida del otro para vivir su sueño.
Y los dos estaban absolutamente, ridículamente, maravillosamente aterrorizados.