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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — Sembrar esperanza

El rascacielos se erguía en el centro de la ciudad, arrogante e intocable. Sus muros de cristal reflejaban la luz del mediodía y proyectaban una frialdad que no invitaba a acercarse.

En el último piso, una oficina amplia se hundía en el silencio. Un hombre estaba sentado detrás de un escritorio enorme, con la espalda recta y la mirada fija en la pantalla que tenía delante.

Sin expresión alguna. Solo una calma imposible de leer.

—Señor.

Su asistente personal se cuadró frente a él, con una tableta en la mano.

—Quisiera informarle sobre los últimos movimientos de Wijaya Group.

No hubo respuesta. Aun así, el asistente prosiguió.

—Desde que se difundió la noticia de la infidelidad como causa del divorcio del señor Arman y la señora Mela, varios inversionistas han comenzado a retirarse. Algunos incluso rescindieron contratos de un día para otro. Entre ellos... dos empresas que eran pilares fundamentales.

El hombre detrás del escritorio se movió por fin. Sus dedos tamborilearon despacio sobre la superficie.

—¿Y? —preguntó con voz grave.

El asistente tragó saliva. —Si la situación continúa así, es muy probable que Wijaya Group sufra una caída significativa en el corto plazo. —Hizo una pausa antes de preguntar con cautela—: ¿Nosotros también retiraremos la alianza?

El hombre guardó silencio un momento, como si sopesara la respuesta. Hasta que una palabra escueta le salió de los labios.

—No.

El asistente se sorprendió, aunque se esforzó por disimularlo. —¿Dis-disculpe, señor...?

El hombre alzó por fin la mirada. Sus ojos transmitían una frialdad y una serenidad fuera de lugar para la circunstancia.

—Déjalos sostenerse un poco más —dijo en voz baja.

El asistente frunció el ceño. —Con las condiciones actuales, el riesgo es considerable, señor. Además, ahora ha surgido la noticia de la boda entre el señor Arman y la señorita Camila, junto con declaraciones que están volcando a la opinión pública a su favor. Pero eso no ha bastado para estabilizar la empresa. Y la razón por la que varias compañías mantienen sus acuerdos con ellos es, precisamente, porque Atma Group sigue ahí.

El hombre esbozó una media sonrisa. —Justamente por eso. —Se puso de pie con lentitud y caminó hacia el ventanal que dominaba toda la ciudad—. No siempre nos quedamos porque sean fuertes. A veces nos quedamos para hacerlos caer.

El asistente enmudeció, sin atreverse a conjeturar más.

—Y cuando eso ocurra, estaremos en la posición más ventajosa —remató con un destello en los ojos. Giró levemente el rostro—. Continúa como siempre.

—Entendido, señor. —El asistente inclinó la cabeza y salió de la oficina.

La puerta se cerró y el silencio regresó.

El hombre permaneció de pie frente al ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Ya no miraba la ciudad, sino algo mucho más lejano.

—Atma Group nunca se mueve sin razón —murmuró.

Mientras tanto, Mela ya estaba en la orilla del pueblo, de pie sobre la ladera que el día anterior solo había contemplado de lejos.

La tierra estaba seca, pedregosa y cubierta de restos de maleza que aún no terminaba de arrancar.

Aferró el azadón y respiró despacio.

—Poco a poco —se dijo a sí misma. Levantó la herramienta y la dejó caer sobre la tierra.

El impacto apenas hizo mella.

Mela observó la marca casi invisible que había dejado el golpe y sonrió con resignación. —Durísima —susurró.

Sus golpes fueron ganando fuerza, pero la respiración también se le desacompasó. Las manos, todavía sin callos, empezaron a arderle. Aun así, no se detuvo.

Uno, dos, decenas de azadonazos, y la tierra seguía resistiéndose, como si se negara a ser transformada.

—¡Mel!

Levantó la vista cuando alguien la llamó.

Dora y Yolanda subían por la pendiente con una bolsa pequeña.

—Válgame, ya es mediodía y tú aquí sin parar —Yolanda negó con la cabeza, medio incrédula.

Mela se limitó a sonreír. —Para que quede más rápido.

Dora se acercó y examinó el avance. Se quedó callada un segundo. —Llevas poco todavía, ¿verdad? —observó con delicadeza.

Mela dejó escapar una risita. —Sí. La tierra es más dura de lo que pensaba.

Yolanda le tendió la bolsa, que traía agua y comida. —Descansa primero. No vaya a ser que te desmayes.

Mela la aceptó, la llevó debajo de un árbol y se sentó a la sombra. Bebió un trago de agua que le supo mucho más fresca que de costumbre.

La brisa del mediodía soplaba despacio, trayendo el olor de la tierra recién removida.

Recorrió el entorno con la mirada mientras recuperaba el aliento.

—¿Cansada? —preguntó Yolanda.

Mela asintió. —Sí. No me imaginaba que el trabajo del campo fuera tan pesado.

—¿Te rindes? —preguntó Dora, echándole un vistazo a las manos ampolladas.

Mela se rio quedamente. —A ratos... sí.

Se quedó contemplando la tierra. Antes, gastaba toda su energía en sostener algo que poco a poco la iba destruyendo.

Ahora usaba esa misma energía para construir algo nuevo.

—Poco a poco. Lo que importa es no detenerse —dijo Dora.

Mela sonrió. —Sí. Gracias.

Los días siguientes pasaron más rápido de lo que Mela habría imaginado.

Cada mañana, antes de que el sol apretara, ya estaba en el terreno, removiendo la tierra con una tenacidad que no flaqueaba.

Lo que al principio era un suelo impenetrable fue cediendo poco a poco.

Con la ayuda de Yolanda, Dora y otros vecinos que de vez en cuando se sumaban, la ladera empezó a tomar forma, dividida en secciones.

—Si la dejamos inclinada así, cuando llueva la tierra se va a deslavar —explicó Yolanda, señalando la parte baja.

—Por eso hay que hacer terrazas —completó Dora—. Para que el agua no baje de golpe.

Mela asintió, tomando nota mental. Empezaron a levantar muros de contención rudimentarios, nivelando el terreno palmo a palmo.

No quedó prolijo, pero bastó para darle una estructura nueva a la ladera, una forma que la hacía cultivable.

Después, Mela se dedicó a soltar la tierra, mezclándola con abono de corral, cuyo olor penetrante inundó el terreno.

Hizo una mueca, pero no se detuvo. Sin decir una palabra, tomó la pala, mezcló el abono con la tierra y lo distribuyó parejo. Aunque las manos le quedaron sucias y la ropa llena de manchas, extrañamente no le molestó.

Unos días más tarde, Mela levantó los surcos: montículos alargados de tierra con pasillos entre ellos para facilitar el riego.

Luego abrió hoyos a intervalos regulares y colocó los plantones que había traído consigo.

Sin darse cuenta, el sol ya estaba alto, pero ella siguió trabajando. Hasta que por fin el terreno dejó de estar vacío.

Mela se irguió y contempló el resultado. Nada había cambiado todavía, nada había brotado. Pero algo dentro de ella se había plantado junto con aquellas semillas.

—Por fin terminé. Ahora solo falta cuidarlas y regarlas con constancia —murmuró.

Exhaló largo. Antes, quería que todo fuera perfecto, sin un solo defecto. Ahora estaba aprendiendo que lo que crece bien necesita tiempo. Incluido su propio corazón.

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