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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

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Capítulo 23

Cap 23: Protección

Esa noche no dormí.

No por miedo, ni por remordimiento, ni por la adrenalina de haber desmontado la boda de mi exnovio por segunda vez en tres meses. No dormí porque la pregunta que Montero no contestó en el auto seguía dando vueltas en mi cabeza como una molécula en una centrifugadora.

«¿Por qué te importa enterarte?»

Silencio.

Damián Montero era un hombre que tenía respuesta para todo. Le preguntas por un compuesto químico y te da la fórmula molecular, el peso atómico y tres referencias bibliográficas. Le preguntas por un protocolo de investigación y te recita el manual de la Organización Mundial de la Salud de memoria. Le preguntas por qué compró seguridad privada para el estacionamiento y te dice «política institucional» sin pestañear.

Pero le preguntas por qué le importa saber lo que hago y se queda callado.

Los hombres no se quedan callados por accidente. Se quedan callados cuando la respuesta honesta es más peligrosa que el silencio.

El domingo lo pasé sola. Me levanté tarde, desayuné cereal frente a la ventana y me senté a revisar el estado de mis tres tableros de ajedrez.

Tablero uno, Sebastián Girón: la denuncia penal estaba en manos de la fiscalía. El licenciado Martínez calculaba que en dos semanas habría una citación formal. Laboratorios Aurora, la empresa que Sebastián dirigió durante tres años vendiendo medicamentos adulterados, estaba en proceso de ser intervenida por la autoridad regulatoria. Su cuenta bancaria, según Bravo, tenía un saldo que no alcanzaba para pagar tres meses de renta.

Tablero dos, Ricardo Valdés y Celina Déniz: el informe completo de Bravo estaba en mis manos y en las de mamá. La alianza madre-hija estaba formada. Pero no íbamos a actuar todavía, necesitábamos más información sobre los movimientos de Celina con los accionistas de Grupo Valdés. Algo se estaba cocinando del otro lado, y no queríamos servir el plato antes de saber qué ingredientes tenía.

Tablero tres, Violeta Cortés: mi «mejor amiga» seguía creyendo que yo confiaba en ella. Le había dado tres piezas de información sobre el instituto durante la última semana, todas reales, todas irrelevantes, todas diseñadas para parecer valiosas sin serlo. Como darle a alguien un mapa del tesoro con las coordenadas cambiadas.

Tres tableros. Demasiados enemigos. Y en el centro de todo, una mujer de veinticuatro años que hace tres meses creía que su único problema era una boda con el hombre equivocado.

El lunes llegué al instituto a las ocho. Montero ya estaba en el laboratorio, como siempre. Pero algo era diferente: su taza de leche de avena estaba en mi escritorio, no en el suyo. Y junto a la taza, un papel doblado.

Lo abrí. Era una hoja impresa del sistema de seguridad del instituto, los registros de entrada y salida del fin de semana. Mi nombre no aparecía. El de Montero aparecía el sábado a las tres de la tarde, la misma hora en que yo estaba entrando al salón de eventos de La Ribera.

Y debajo del registro, escrito a mano con la letra angular y precisa de Damián Montero:

«Datos del lote 6: resultados completos disponibles. Ven a mi oficina cuando puedas».

Nada más. Ninguna referencia al sábado. Ninguna mención de Sebastián, de la boda, de la mano en mi brazo o de la suya en su muñeca. Solo ciencia. Como si el sábado no hubiera existido.

Pero la leche de avena en mi escritorio, eso era nuevo. Eso era Montero diciendo lo que no podía decir con palabras, usando el único idioma que dominaba: los gestos silenciosos que significan más que cualquier discurso.

Fui a su oficina a las diez.

Los datos del sexto lote eran perfectos. Idénticos a los lotes anteriores dentro del margen de error aceptable, la consistencia que necesitábamos para presentar al comité de ética. Montero los revisó conmigo punto por punto, con la concentración de un relojero examinando cada engranaje.

—Con esto, podemos presentar la solicitud de ensayos clínicos la próxima semana —dije.

—Podemos presentarla el viernes.

—¿Tan pronto?

—Los datos están listos. El protocolo clínico está redactado. La documentación regulatoria está completa. No hay razón para esperar.

Me miró. En sus ojos había algo que iba más allá de los datos y los protocolos, una urgencia que no era solo profesional. Como si el proyecto fuera una carrera contra algo que yo no podía ver.

—Montero, ¿por qué tanta prisa?

—No es prisa. Es eficiencia.

—No. Es prisa. Te conozco lo suficiente como para saber la diferencia.

Silencio. El tipo de silencio que ya era una conversación entre nosotros.

—Hay cosas que no puedo explicarte todavía, Valdés. Pero necesito que confíes en mí.

—¿Confiar en ti?

—Sí. ¿Puedes?

Lo miré. A Damián Montero, el hombre que me desafió en la primera entrevista, que me hizo un examen de trescientos puntos para probar que era digna de trabajar con él, que me defendió frente a trescientos colegas sin que nadie se lo pidiera, que apareció en un estacionamiento oscuro para salvarme de dos hombres con cuchillos, que agarró la muñeca de mi exnovio con la fuerza justa para que entendiera que conmigo no se juega.

El hombre que me compraba café sin azúcar y leche de avena de vainilla y que nunca admitía que lo hacía por otra razón que no fuera «eficiencia».

—Sí —dije—. Puedo.

Asintió. Una vez. Volvió a sus datos como si no acabáramos de tener la conversación más honesta que habíamos tenido en tres meses.

Salí de su oficina. Caminé hasta mi escritorio. Me senté frente a la computadora y me quedé mirando la pantalla sin verla.

Porque en el camino de su oficina a mi escritorio, algo se había acomodado dentro de mí, como una pieza de rompecabezas que finalmente encuentra su lugar después de dar vueltas por toda la mesa.

Lo que sentía por Damián Montero no era admiración profesional. No era gratitud por su protección. No era la camaradería de dos personas que trabajan juntas dieciséis horas al día.

Era más. Mucho más. El tipo de «más» que empieza como respeto y termina como algo que te quita el sueño, que te hace contar los segundos que dura una mirada, que te hace notar el olor de una colonia amaderada en un laboratorio vacío a medianoche.

Estaba enamorada de Damián Montero.

Y eso era, simultáneamente, lo mejor y lo más complicado que me había pasado en tres meses.

Esa noche, en mi departamento, después de una ducha larga y un americano que sí me tomé, mi teléfono sonó. Un mensaje de Montero.

Una foto: el laboratorio vacío, de noche, con las luces bajas. Y sobre una mesa, mi bata de laboratorio, la que olvidé en el respaldo de una silla cuando salí corriendo el viernes. Estaba doblada con una precisión geométrica que solo un obsesivo del orden podría lograr. Los bordes alineados, las mangas plegadas simétricamente, el nombre bordado, «A. Valdés», perfectamente centrado.

Debajo de la foto, un mensaje:

«Los resultados están listos. Pasa mañana a revisar».

Nada sobre la bata. Nada sobre el hecho de que había vuelto al instituto de noche, solo, para doblar una prenda de ropa que yo dejé tirada.

Me quedé mirando la foto. El laboratorio vacío. La bata doblada. El silencio de un hombre que no sabía decir lo que sentía, así que lo doblaba, lo ordenaba, lo dejaba sobre una mesa esperando que alguien entendiera.

Yo entendía.

Y mañana, cuando llegara al laboratorio y encontrara mi bata perfectamente doblada, no iba a mencionarlo. Iba a ponérmela, a encender el cromatógrafo y a seguir trabajando a treinta centímetros de distancia de un hombre que me volvía loca de formas que la ciencia no podía explicar.

Porque así éramos nosotros. Así funcionábamos. No con palabras grandes ni gestos dramáticos, sino con leche de avena de vainilla, con batas dobladas a medianoche, con silencios que decían más que cualquier declaración.

Y por ahora, eso era suficiente.

Continuará...

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