NovelToon NovelToon
Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20 — Bésame, entonces

El sábado, antes de salir a la hacienda, Valentina pasó por una tienda deportiva y compró unos tenis.

No para ella. Para Iker.

Iker llevaba meses corriendo con los mismos, ya abiertos de un costado. Valentina le había preguntado la talla sin explicarle para qué. En la tienda eligió unos ligeros, de suela roja, parecidos a los que él se había detenido a mirar una vez en la vitrina. Le costaron parte de la mesada.

Guardó el ticket entre los gastos de la semana. La mesada ya estaba registrada en la otra cuenta, la de lo que recibía de Damián.

Pensó en esperar al cumpleaños de Iker. Volvió a mirar la caja y decidió llevárselos el domingo; si seguía posponiéndolo, acabaría gastando el dinero en otra urgencia.

Metió la caja, envuelta en papel, en su bolsa, y subió al coche que la llevaría a Hacienda Los Fresnos.

* * *

Damián vio la caja apenas se subió ella.

El papel se había arrugado en una esquina y el moño tenía un extremo más largo que el otro. Valentina lo acomodó sobre sus rodillas al cerrar la puerta del coche. Damián estuvo a punto de preguntarle qué llevaba.

Se contuvo. Ella alisaba el papel con la mano y sonreía apenas. Le dio gusto imaginar que había pasado parte de la mañana eligiendo algo para él.

Estaba acostumbrado a recibir regalos escogidos por un asistente, acompañados de una tarjeta impresa. Miró el moño desigual y se preguntó cuánto habría tardado ella en hacerlo.

No encontró otra razón para que llevara un paquete a la hacienda. Se acomodó junto a la ventana para dejarle más espacio, procurando no volver a mirar la caja.

Durante la comida esperó a que ella se lo diera. Cada vez que Valentina se inclinaba hacia la silla de al lado, él dejaba de seguir la conversación.

* * *

Comieron en el comedor de la hacienda, largo y frío, con los ventanales dando a las caballerizas.

—¿Y esa caja? —preguntó Damián al fin, sirviéndose vino, con una indiferencia que le salió mal.

—Ah. —Valentina la tocó, sonriendo sin darse cuenta—. Son unos tenis. Para Iker. Se los debía desde hace mucho.

El tenedor de Damián se quedó quieto a medio camino.

—Para tu hermano.

—Sí. Lleva corriendo con los de siempre, todos rotos. Se va a poner feliz. —Siguió comiendo, ajena—. Se los llevo mañana.

Damián dejó el tenedor. Valentina notó el cambio y repasó lo que acababa de decir, buscando qué podía haberle molestado.

—Le compras tenis a tu hermano —dijo—. Envueltos. Con moño.

—Pues… sí.

—¿Y a mí? —preguntó él—. ¿Alguna vez has pensado en traerme algo?

Valentina lo miró, desconcertada.

—Usted lo tiene todo, señor Mondragón. ¿Qué le voy a comprar yo?

—No se trata de que me falte. —Damián apretó la mandíbula—. Se trata de que a él lo pensaste. Escogiste. Hiciste ese moño con las manos. ¿Por qué a él sí y a mí nunca?

—Porque es mi hermano y los necesita. —Valentina miró la caja—. Usted es…

—Termina la frase.

Valentina no encontró una palabra que no abriera otra discusión. Al otro lado del comedor, un empleado retiraba una bandeja. Ella esperó a que saliera.

Damián siguió mirándola, sin tocar la copa.

—Bésame.

—¿Qué?

—Que me beses. Sin que tenga que acercarme yo primero.

Ella miró hacia la puerta por la que había salido el empleado. Le daba vergüenza discutir por un regalo para Iker. También le dolía entender que Damián había esperado recibirlo él y ahora quería hacerla sentir culpable por haberse equivocado.

—No aquí —dijo, bajito.

Se levantó sin besarlo y dejó la servilleta junto al plato. Al salir recogió la caja de la silla. No quería que Iker recibiera un regalo con una mancha de salsa después de todo lo que acababa de pasar.

* * *

En las caballerizas encontró a Toño Belmonte fumando junto a la puerta, mirando los caballos.

Había oído que Toño tenía una reunión con Damián. Dejó la caja en una banca y se acercó antes de que el director entrara en las caballerizas. Lino había leído su mensaje, pero todavía no le había dado un contacto; Toño, al menos, había estado presente en su prueba.

—Director Belmonte.

—Señorita Cabrera. —Toño se apartó el cigarro de la boca—. Me enteré de que ya le mandaron el resultado.

—De eso quería preguntarle. —Valentina se acercó, con la voz tranquila, como quien no da importancia—. Yo bailé bien. Usted mismo lo dijo. ¿Qué pasó? ¿Hice algo mal?

Toño le dio una fumada larga. Tardó en contestar, midiéndola.

—Su prueba estuvo bien. —Toño miró hacia la casa—. La decisión final no pasó solo por mí.

Valentina recordó a Damián diciendo que eran decisiones de producción. Había esperado una corrección técnica, algo que pudiera trabajar antes de intentarlo otra vez.

—¿Entonces quién decidió?

—No voy a discutir acuerdos de producción aquí. —Toño apagó el cigarro—. Usted tiene con quién hablarlos.

Valentina miró el ventanal del comedor. No alcanzaba a ver si Damián seguía allí. Podía volver a preguntarle, pero ya había oído su respuesta en la Torre. Necesitaba otra cosa de Toño.

—¿Me da su número? —dijo, en cambio—. Por si sale algo. Algo suyo, por su cuenta. Sin pasar por… nadie.

Toño guardó el cigarro apagado en un cenicero de pie y sacó el teléfono.

—No le prometo otro papel. Si sale una prueba o una suplencia, puedo avisarle. Pero no quiero problemas con Mondragón.

Valentina guardó el número como "T. Belmonte". Una suplencia podía servir. Antes de despedirse le dijo qué horarios tenía libres.

Esa tarde salieron a montar. Valentina había dejado los tenis en el coche y seguía pensando en la respuesta de Toño. Damián iba delante, sin volverse. Solo le habló al bajar, para pedirle que esperara mientras él se acercaba a ayudarla. Le sostuvo la cintura hasta que tuvo los dos pies en el suelo.

* * *

Volvieron a la casita ya de noche.

—Hoy no —dijo Valentina desde el baño, con la excusa lista—. Me bajó la regla.

Era mentira. La había preparado durante el viaje, cansada de empezar conversaciones que terminaban en un beso antes de llegar a una respuesta. Quería acostarse y dejar para el día siguiente lo que Toño había insinuado.

Damián se sentó al borde de la cama y empezó a desabotonarse la camisa. No la llamó ni discutió. Valentina se quedó junto a la puerta del baño, esperando una insistencia que no llegó. Volvió a acordarse de él mirando la caja, de cómo había repetido que ella eligió y envolvió los tenis con sus propias manos.

Podía estar enojada y querer acercarse. Le habría resultado más sencillo sentir una sola de las dos cosas. Se paró frente a él, le tomó la cara y lo besó.

No había elegido el momento para complacerlo en el comedor. Este sí lo había elegido ella.

Damián se quedó quieto un instante, sorprendido, y luego subió las manos a su cintura. Pero justo cuando el beso se ablandaba, cuando él empezaba a llevar el ritmo como siempre, Valentina le mordió el labio inferior. No suave. Lo suficiente para que él soltara un gruñido ronco y se echara para atrás medio centímetro.

—Eres malo —le dijo ella contra la boca, tuteándolo, con los ojos brillándole de rabia y de otra cosa—. Malo. Me picas y me picas y ni siquiera sabes por qué.

—Vale…

—Cállate. —Volvió a besarlo, más hondo, con dientes de por medio, con toda la frustración de la comida, de la caja, del papel que nunca fue suyo—. Esto es lo que querías, ¿no? Que te diera algo por mi voluntad.

Damián la tomó de la cintura y la levantó. Ella se sujetó de sus hombros mientras él la llevaba hasta la cama y la recostaba. Ya no insistió en la excusa del baño. Lo besó de nuevo, todavía enojada por la comida y el regalo, y se dejó llevar por sus caricias, agarrada de su espalda tatuada, mordiéndole el hombro para no gritar.

Después, cuando él ya dormía —bocarriba, con el ceño por fin liso, con la mano abierta sobre el lado de ella—, Valentina alcanzó el teléfono en la oscuridad.

Buscó el contacto nuevo. "T. Belmonte."

Abrió la ficha del contacto y comprobó el número. No iba a llamar a esa hora; quería asegurarse de que lo había guardado bien.

Damián dormía a su lado. Valentina todavía sentía el peso de su mano sobre la cintura, pero también recordaba lo que Toño había evitado decir. La cercanía de aquella noche no le explicaba por qué se había quedado sin el papel.

Escribió un mensaje para el director: sus horarios y el tipo de suplencias que podía hacer. Lo dejó preparado para enviarlo por la mañana.

* * *

El domingo dejó los tenis con Iker antes de volver a Los Fresnos. Él se los probó de inmediato y caminó hasta la puerta para comprobar la talla. Valentina tuvo que apurarlo para que se despidieran; Damián la esperaba en el coche y todavía tenía una reunión pendiente en la hacienda.

Mientras él estaba ocupado, ella se instaló con sus apuntes en la terraza que daba a la alberca. A lo lejos, un empleado de mantenimiento trabajaba con una gorra roja.

El teléfono vibró en su bolsa. Toño le había mandado la dirección de un estudio. Valentina se levantó para leer a la sombra, pisó una baldosa mojada y el pie se le fue.

No alcanzó a agarrarse del respaldo.

Cayó de costado y tragó agua al intentar gritar. Movió las piernas buscando apoyo, pero no tocó el fondo. Extendió una mano hacia donde creía que estaba el borde; volvió a hundirse antes de encontrarlo. Lo último que distinguió fue una sombra cortando la luz.

Al recobrar la conciencia estaba de lado sobre una tumbona, tosiendo, con una toalla encima. El empleado de la gorra roja se inclinaba a su lado. Tenía la ropa mojada.

—¿Usted me sacó? —preguntó ella, sin voz.

—Despacio, señorita. Ya viene el médico.

Valentina cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, Lino estaba a su lado. La llevaron a que la revisaran y la dejaron en observación durante varias horas; por la noche regresó a la casita, agotada, con instrucciones de volver si se sentía mal.

Damián no apareció.

—¿Ya sabe? —le preguntó a Lino.

—Sí, señorita. Pidió que la acompañara hasta que estuviera bien.

—¿Y él?

Lino tardó en contestar.

—Tuvo que atender un asunto. Le avisará en cuanto pueda.

Valentina no insistió. A la mañana siguiente le llegó un mensaje de Damián preguntando cómo respiraba. Ella le respondió que estaba bien y le pidió que diera las gracias al muchacho de la gorra.

Él contestó únicamente: "Descansa".

Durante esos días suspendió sus clases y volvió a revisión. La tos fue cediendo; ella seguía consultando el teléfono antes de acostarse.

Pasaron tres días antes de que volviera a verlo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play