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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:657
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El vals y el caballero equivocado

Beatrice Montclair había prometido no causar ningún escándalo.

Lo había prometido con solemnidad suficiente para satisfacer a Lady Agatha, con expresión obediente para tranquilizar al cochero y con una mano sobre el corazón solo porque su tía había alzado una ceja en el momento exacto.

—Esta noche —había dicho Lady Agatha mientras el carruaje avanzaba hacia la residencia de los duques de Bellhaven—, solo necesito que sonrías, bailes cuando sea correcto bailar y no digas en voz alta la primera cosa que se te ocurra.

Beatrice acomodó los guantes sobre sus muñecas.

—¿Y si la primera cosa que se me ocurre es amable?

—No suele serlo.

—Eso es injusto. A veces es amable después de una segunda revisión.

—Esta noche no habrá primeras versiones, querida.

Bellhaven brillaba en la distancia como si alguien hubiera reunido todas las lámparas de Valdoria y las hubiera obligado a comportarse con elegancia. Los carruajes formaban una fila interminable. Caballeros con chalecos impecables ayudaban a descender a damas que parecían haber nacido sabiendo sostener abanicos sin parecer amenazantes.

El carruaje se detuvo.

Lady Agatha descendió primero, impecable, serena, como si la gravedad tuviera buenos modales en su presencia. Beatrice la siguió con una mano en el marco del carruaje y la otra recogiendo la falda de su vestido marfil.

Entonces el vestido decidió convertirse en enemigo.

No fue un desgarro. No fue un tropiezo digno. Fue peor: una resistencia silenciosa, terca y humillante. La falda había quedado enganchada en algún punto del carruaje, y Beatrice, que ya había puesto un pie en el estribo, se encontró detenida a medio descenso como una estatua mal concebida.

—No te muevas —ordenó Lady Agatha.

—Eso intento, pero mi vestido parece tener ambiciones propias.

—Beatrice.

—Si esto termina en tragedia, diga que luché con valentía.

El cochero se inclinó para liberar la tela. Beatrice quiso ayudar, porque era una persona razonable con una tendencia lamentable a empeorar todo aquello que tocaba. Tiró apenas de la falda.

El vestido cedió de golpe.

Y Beatrice descubrió, con horror inmediato, que no tenía dónde sujetarse.

El marco del carruaje quedó demasiado lejos. El estribo bajo su pie pareció desaparecer. La mano que había sostenido la falda quedó inútil en el aire. Durante un segundo terrible, Beatrice comprendió que iba a caer frente a los duques de Bellhaven, tres condesas, dos madres ambiciosas y probablemente Lady Harcourt, que convertiría el incidente en una balada antes del postre.

Entonces alguien pasó junto a ella.

Beatrice no pensó.

Su mano se cerró alrededor de un brazo masculino.

No fue delicado.

No fue elegante.

No fue, bajo ningún concepto, discreto.

El caballero se detuvo en seco.

Beatrice quedó aferrada a él con la expresión de una dama que no estaba cayendo solo porque había decidido apropiarse temporalmente de una extremidad ajena.

Levantó la vista.

Y encontró a Lord Nathaniel Ashford.

Lo reconoció al instante, porque Valdoria entera sabía quién era Lord Ashford: correcto, respetable, impecable, heredero de una fortuna limpia y poseedor de una reputación tan pulida que probablemente podía reflejar la decepción de otras personas.

También, descubrió Beatrice en aquel momento, tenía un brazo muy firme.

Demasiado firme.

Inconvenientemente firme.

—Señorita —dijo él, con una calma que no correspondía a la situación—, ¿se encuentra bien?

Beatrice soltó su brazo como si quemara.

—Perfectamente.

Lady Agatha cerró los ojos.

El cochero todavía sostenía la tela liberada. Dos damas que acababan de bajar de otro carruaje fingieron no mirar con una dedicación admirable.

Lord Ashford bajó la vista hacia la falda, luego hacia el estribo, luego hacia Beatrice.

No sonrió.

Eso fue casi ofensivo.

—Parecía que iba a caer.

—Parecía muchas cosas, Lord Ashford. No todas deben comentarse.

—Naturalmente.

—Yo tenía la situación bajo control.

Su mirada descendió un instante al brazo que ella acababa de soltar.

—Eso explica mi participación.

Beatrice abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—Usted pasaba demasiado cerca.

—Iba por el camino permitido.

—El camino permitido debería advertir cuando contiene caballeros.

Algo se movió en la comisura de su boca. No llegó a ser una sonrisa. Fue peor: una amenaza de sonrisa.

—Intentaré anunciarme la próxima vez que pase cerca de un carruaje.

—Sería lo mínimo.

Lady Agatha intervino al fin, con esa voz amable que usaba cuando deseaba que Beatrice recordara que todavía existía la sociedad.

—Lord Ashford, le ruego disculpe a mi sobrina. Ha tenido una pequeña diferencia de opinión con su vestido.

—El vestido ganó la primera parte —murmuró Beatrice.

—Y Lord Ashford tuvo la gentileza de evitar la segunda —añadió Lady Agatha.

Beatrice miró a su tía con indignación.

—No me evitó. Yo me sujeté.

—Con considerable decisión —dijo Nathaniel.

Beatrice volvió a mirarlo.

—No necesitaría mencionarlo si fuera un caballero verdaderamente compasivo.

—Creí que no debía comentar la situación.

—Puede comentar las partes que no me hagan parecer desesperada.

—Comprendo. Fue una maniobra estratégica.

—Exacto.

—Audaz.

—No abuse.

Esta vez, él sí sonrió.

Apenas.

Pero Beatrice lo vio. Y lo peor fue que le gustó haberlo provocado.

Lady Agatha le tomó el brazo con suavidad excesiva.

—Al salón, querida.

Beatrice obedeció, aunque obedecer en esas circunstancias le pareció una derrota.

El salón de Bellhaven era una demostración de poder decorada con flores. Candelabros, música, seda, murmullos y esa cantidad de personas que fingían no mirar mientras miraban con elaborada dedicación.

Durante un rato, Beatrice intentó comportarse.

Eso significaba permanecer cerca de la mesa de los pastelillos.

Los pastelillos, en su experiencia, eran el lugar más honesto de cualquier baile. Las damas podían fingir indiferencia, los caballeros podían fingir profundidad y las madres podían fingir que no estaban calculando fortunas, títulos y mandíbulas heredables. Pero los pastelillos no fingían.

Eran pequeños, dulces y perfectamente conscientes de que todos acudían a ellos en momentos de crisis.

Beatrice tomó uno de limón.

Luego otro, por prudencia.

—No deberías esconderte junto a la comida —dijo Lady Agatha a su espalda.

Beatrice cerró los ojos con resignación.

—No me escondo. Estoy evaluando la repostería ducal.

—Con demasiada concentración.

—La excelencia exige compromiso.

—Curiosa elección de palabra.

Beatrice abrió los ojos y miró a su tía con sospecha.

—No me gusta cuando dice cosas así.

Lady Agatha se colocó a su lado, observando el salón con esa calma estratégica que Beatrice asociaba con guerras, matrimonios y elección de sombreros.

—Debes bailar al menos tres valses esta noche.

Beatrice se volvió hacia ella con auténtico horror.

—¿Tres?

—Como mínimo.

—¿Existe una ley?

—Existe la sociedad.

—Peor. La ley al menos puede apelarse.

Lady Agatha no sonrió, pero sus ojos hicieron algo peligrosamente parecido.

—El primer vals puede ser con alguien seguro.

—¿Seguro en qué sentido? ¿Que no habla? ¿Que no pisa? ¿Que no intenta casarse antes del postre?

—Lord Ashford.

Beatrice casi dejó caer el pastelillo.

—No.

—Ni siquiera he terminado la frase.

—No necesitaba hacerlo. Lord Ashford es una frase completa. Y muy seria.

Desde el otro lado del salón, Nathaniel Ashford conversaba con un caballero mayor. Naturalmente, estaba impecable. Todo en él parecía demasiado correcto para ser humano. La corbata, la postura, la expresión.

Beatrice tuvo la certeza de que, si una lámpara caía en ese instante, él no se apartaría con pánico; calcularía el ángulo, salvaría a tres personas y luego pediría disculpas por el desorden.

—Es respetable —dijo Lady Agatha.

—Eso suele ser una amenaza.

—Es apropiado.

—Peor.

—Y baila bien.

—No pienso comprobarlo.

Lady Agatha la miró de reojo.

—Podría pedirte un baile.

Beatrice soltó una risa breve.

—Lord Ashford no me sacará a bailar.

—¿No?

—Por supuesto que no. Los hombres como Lord Ashford no se acercan a mujeres como yo si pueden evitarlo.

—¿Mujeres como tú?

—Mujeres que tienen opiniones antes del té, después del té y ocasionalmente durante el té.

Lady Agatha abrió la boca para responder, pero no tuvo oportunidad.

Una sombra cayó sobre la mesa de los pastelillos.

Beatrice se quedó inmóvil.

Lady Agatha miró detrás de ella con una serenidad demasiado satisfecha.

—Lord Ashford.

Beatrice cerró los ojos.

Luego los abrió y se giró.

Nathaniel Ashford estaba allí, perfectamente compuesto, con una inclinación exacta y una mirada que no parecía haber escuchado nada. Lo cual, desde luego, significaba que probablemente lo había escuchado todo.

—Lady Agatha —saludó él—. Señorita Montclair.

—Lord Ashford —dijo Beatrice, con la dignidad de una mujer que no acababa de compararlo mentalmente con un paraguas seco.

Él bajó apenas la mirada hacia la mesa.

—Espero no interrumpir una evaluación importante.

Beatrice sintió que Lady Agatha contenía algo que podía ser una risa o una victoria.

—Era una inspección seria —dijo Beatrice.

—Eso imaginé.

—La repostería en Bellhaven no debe quedar sin supervisión.

—Una responsabilidad considerable.

—Alguien debe asumirla.

Nathaniel la miró un instante más. No sonrió. Pero había algo en sus ojos, una mínima grieta de diversión que a Beatrice le pareció inadmisible.

—Entonces lamento apartarla de su deber —dijo él—, pero venía a solicitarle el siguiente vals.

Lady Agatha no dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

Beatrice sintió su triunfo como si hubiera sonado una campana.

—¿El siguiente vals? —repitió Beatrice.

—Si no está comprometido.

—¿El vals?

—Sí.

—Ah.

Por alguna razón absurda, aquella aclaración la hizo sentirse más incómoda.

Nathaniel extendió la mano con corrección impecable. No había arrogancia en el gesto. Tampoco coquetería. Solo una invitación limpia, educada y, por lo mismo, peligrosamente difícil de rechazar sin parecer una criatura salvaje.

Lady Agatha se inclinó hacia ella y murmuró:

—Uno de tres.

Beatrice le lanzó una mirada de traición.

Luego aceptó la mano de Lord Ashford.

—Muy bien —dijo—. Pero si la repostería decae en mi ausencia, será responsabilidad suya.

—Asumiré las consecuencias.

—Eso suena como algo que usted diría ante un tribunal.

—Nunca he sido acusado por abandono de pastelillos.

—La noche es joven, Lord Ashford.

Esta vez, él sí sonrió.

Solo un poco.

Lo bastante para que Beatrice deseara no haberlo notado.

Caminaron hacia la pista. A su alrededor, el salón continuaba girando en murmullos, abanicos y música. Beatrice sintió algunas miradas seguirlos. No muchas. Solo las suficientes para molestarla.

—No tenía que pedirme un baile —dijo ella.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hizo?

—Porque quería hacerlo.

La respuesta fue tan simple que Beatrice no encontró una réplica inmediata.

Eso rara vez le ocurría y le pareció una falta grave por parte de él.

—Qué temerario —dijo al fin.

—Pedir un vals no suele considerarse temerario.

—Depende de a quién se lo pida.

—¿Debo sentirme advertido?

—Debió sentirse advertido antes de acercarse a la mesa de los pastelillos.

La música comenzó.

Nathaniel la tomó con la formalidad correcta: una mano en la suya, la otra apenas en el lugar permitido, con distancia suficiente para satisfacer a cualquier matrona razonable.

Beatrice habría preferido que bailara peor.

O que se moviera con vanidad.

O que intentara impresionarla.

Pero no.

Lord Ashford bailaba con una seguridad tranquila, sin exhibirse y sin obligarla a seguirlo como si ella fuera una extensión decorativa de su brazo.

Eso era sumamente injusto.

—Baila bien —dijo ella, antes de poder evitarlo.

—Gracias.

—No era un cumplido. Era una observación irritada.

—La aceptaré de todos modos.

—No debería.

—Probablemente no.

Giraron.

Por un momento, Beatrice casi olvidó que estaba en Bellhaven, bajo lámparas demasiado brillantes, rodeada de personas dispuestas a convertir cualquier gesto en noticia.

Entonces vio a Lady Harcourt.

La dama estaba al borde de la pista, con un pañuelo ya preparado.

Aquello bastó.

Beatrice perdió un paso.

No fue una caída. No exactamente. Fue una pequeña traición del pie derecho, un desliz mínimo, un error que podía haber pasado desapercibido si no hubiera ocurrido justo frente a tres damas, dos madres y una mujer armada con pañuelo sentimental.

Nathaniel reaccionó de inmediato.

Su mano dejó la posición correcta y se cerró con firmeza en la cintura de Beatrice.

No con rudeza.

No con indecencia.

Pero sí con demasiada eficacia.

La sostuvo para evitar que cayera, y el giro los dejó detenidos por un instante en una posición que la sociedad, Beatrice lo supo con horror, jamás describiría como técnica.

Quedaron demasiado cerca.

La mano de Nathaniel seguía en su cintura.

La mano de Beatrice se había aferrado a su hombro.

La música continuaba, pero alrededor de ellos pareció abrirse un silencio del tamaño exacto de un rumor.

Beatrice levantó la vista.

Nathaniel la miraba con una expresión que había perdido, por primera vez, parte de su control.

—¿Está bien? —preguntó él en voz baja.

Beatrice quiso decir algo ingenioso. Algo brillante. Algo que devolviera el mundo a su sitio.

Pero la mano de Nathaniel seguía en su cintura.

Y ella seguía notándola.

—Sí —dijo.

Nathaniel pareció recordar dónde estaban al mismo tiempo que ella. La soltó con inmediata corrección, aunque no tan rápido como para fingir que el momento no había ocurrido.

Eso fue el desastre.

Si la hubiera soltado demasiado rápido, parecería culpa. Si la hubiera sostenido demasiado tiempo, parecería intención. En cambio, lo hizo con esa exactitud suya que, por algún motivo incomprensible, pareció peor.

—Fue mi pie —dijo Beatrice.

—No lo acusaré públicamente.

—Se lo agradezco.

—Aunque actuó con considerable audacia.

—Mi pie y yo tendremos una conversación severa más tarde.

Un murmullo nació cerca de la pista.

Beatrice no necesitó mirar para saber que Lady Harcourt había visto todo.

También lo habían visto la dama del abanico celeste, la condesa viuda de Everly y una mujer con plumas en el cabello que parecía vivir para tragedias ajenas.

Nathaniel también lo notó.

—Creo que deberíamos continuar bailando —dijo él.

—¿Para parecer naturales?

—Sí.

—¿Cree que funcionará?

—No.

—Aprecio su honestidad.

Reanudaron el vals.

Pero ya no era el mismo vals.

Antes había habido ritmo.

Ahora había conciencia.

La mano de Nathaniel había vuelto a su posición correcta, pero Beatrice recordaba exactamente dónde había estado. La cintura parecía tener memoria, una cualidad que ella consideró absolutamente innecesaria.

—Todos miran —murmuró ella.

—Sí.

—No mire usted también.

—Estoy mirándola a usted.

—Eso no ayuda.

—Lo sospechaba.

El vals terminó al fin.

Nathaniel la acompañó fuera de la pista con una compostura admirable. Beatrice habría agradecido esa compostura si no hubiera parecido confirmar que él era capaz de sobrevivir a cualquier escándalo con la corbata intacta.

—Señorita Montclair —dijo él, inclinándose apenas.

—Lord Ashford.

La reverencia habría sido perfectamente normal si Beatrice no hubiera tenido la absoluta certeza de que seguía recordando su mano en la cintura.

Y, a juzgar por la forma en que Nathaniel evitó mirarla durante medio segundo, él también lo recordaba.

—Bueno —dijo una voz alegre a sus espaldas—. Eso ha sido educativo.

Nathaniel cerró los ojos.

—Sebastián.

Beatrice se giró y encontró a Sebastián Ashford con una copa en la mano, una sonrisa insoportable y el aire de quien acababa de presenciar el nacimiento de una obra teatral.

—No me mires así, hermano. Solo he venido a expresar mi admiración.

—No necesito tu admiración.

—Eso es cierto. Pero la tienes de todos modos. Qué precisión. Qué reflejos. Qué uso dramático de la cintura.

Beatrice sintió que el calor le subía al rostro.

—No hubo uso dramático de nada.

Sebastián la miró con fingida consideración.

—Tiene razón. Tal vez “dramático” sea excesivo. Fue más bien un uso socialmente significativo de la cintura.

—Sebastián —dijo Nathaniel, con una calma peligrosa.

—¿Qué? Estoy siendo cuidadoso con el lenguaje. Sé que en esta familia la gramática importa.

Beatrice intentó no reír.

Fracasó solo un poco.

Lady Harcourt pasó cerca de ellos en ese momento, suspiró con una intensidad alarmante y murmuró algo sobre “dos almas encontrando el compás”.

Beatrice miró a Nathaniel.

Nathaniel miró a Beatrice.

—Esto es culpa suya —dijeron ambos al mismo tiempo.

Sebastián llevó una mano al pecho.

—Oh, excelente. Ya discuten como prometidos.

—No estamos prometidos —dijo Beatrice.

—No estamos nada —dijo Nathaniel.

—Qué coordinación —dijo Sebastián.

Beatrice respiró hondo y buscó a Lady Agatha entre la multitud. Su tía estaba al otro lado del salón, observándola con esa expresión que decía: discreción, querida, recuerdas la discreción.

Nathaniel parecía haber llegado a la misma conclusión.

—Esto será una catástrofe —dijo él.

Beatrice levantó la barbilla.

—Sí.

Luego miró hacia la pista, donde la música volvía a empezar, y añadió:

—Pero admita que fue una catástrofe muy bien bailada.

Nathaniel la miró.

Y esta vez, aunque intentó evitarlo, sonrió.

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