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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4 No soy el único

El sol subía ya por encima de los tejados de Belleville, tiñendo el cielo gris de un naranja sucio y frío, cuando Ali se enderezó de la pared de la boca del metro y empezó a caminar sin rumbo. Tenía los pies helados por haber caminado descalzo por el túnel, las costillas le dolían a cada paso, la marca del cuello le ardía como si le hubieran echado ácido, y el estómago le rugía de hambre: no había comido nada desde la cena de la noche anterior, una sopa aguada que apenas le había quitado el hambre.

Pero no pensaba en el frío. No pensaba en el hambre.

Solo pensaba en el chico de la chaqueta de cuero. En la chispa azul que salió de su dedo. En cómo todo el tren se había apagado con solo tocar un plástico. En cómo se había ido después, tranquilo, sin miedo, como si hacer cosas imposibles fuera lo más normal del mundo para él.

No era el único.

La frase daba vueltas en su cabeza una y otra vez, como un disco rayado, sin parar. No era el único. Había más. Muchos más, probablemente. Gente que hacía cosas que no tenían explicación. Gente con llamas dentro del pecho también. Gente que no era normal.

Necesitaba saber más.

Necesitaba un ordenador. Y wifi. Y que nadie le mirara.

Caminó quince minutos hasta un cibercafé viejo y sucio que había visto mil veces al ir al instituto, en una calle estrecha y llena de grafitis, entre una panadería que ya cerraba y una tienda de teléfonos de segunda mano. Se llamaba *Net Zone*, tenía un letrero de neón roto que parpadeaba, la puerta de cristal llena de pegatinas de grupos de rap y anuncios de alquiler de habitaciones por horas. Ali había entrado una vez, hacía un año, para imprimir un trabajo del instituto. Recordaba que era barato, que olía a tabaco viejo y a café quemado, y que el dueño, un hombre calvo de unos cincuenta años con una cicatriz en la mejilla, nunca le preguntaba nada a nadie. Nunca pedía documentos. Nunca miraba lo que hacías en la pantalla.

Perfecto.

Entró. La campanilla de la puerta sonó con un tintineo agudo. El olor le golpeó en la cara de golpe: tabaco, café recalentado, desinfectante barato y un rastro a marihuana que venía del fondo. Había ocho ordenadores viejos, cajas de plástico amarillentas por el humo, teclados con teclas faltantes, ratones que chirriaban. Solo había dos clientes: un chico con el pelo teñido de rosa que jugaba a un videojuego de disparos gritando por los auriculares, y un hombre mayor que veía vídeos de política en un rincón, con el volumen muy bajo. El dueño estaba detrás del mostrador leyendo un periódico deportivo, ni siquiera levantó la vista cuando Ali entró.

—Una hora —dijo Ali, con la voz tan baja que casi no se oía. Sacó del bolsillo de la chaqueta los dos euros que le quedaban, todo el dinero que tenía en el mundo, y los dejó sobre el mostrador.

El dueño asintió sin mirarlo, cogió las monedas con dos dedos y señaló con la cabeza el ordenador del rincón más alejado, el que tenía la pantalla más rota y estaba oculto por una estantería de cajas vacías.

—El siete. No descargues nada ilegal. Que no se me rompa. —Volvió a su periódico.

Ali se sentó. El asiento de tela estaba pegajoso. Encendió el ordenador. Tardó tres minutos enteros en arrancar, haciendo ruidos de aspas como si fuera a explotar en cualquier momento. Por fin apareció el escritorio de Windows, con un fondo de pantalla de una playa tropical que contrastaba horriblemente con el local sucio y frío en el que estaba. Se conectó al wifi. La señal era débil, pero funcionaba.

Abrí el navegador. El cursor parpadeó en el buscador, blanco y brillante, esperando.

Ali se quedó quieto un segundo, las manos suspendidas sobre el teclado. ¿Qué escribía? ¿“Cómo se llama lo que me pasa”? ¿“Gente que hace volar cosas sin tocar”? ¿“Chico del metro que apaga trenes con la mano”? Sonaría a loco. A chico que ve cosas. A alguien que deberían encerrar en un psiquiátrico.

Respiró hondo. Y escribió lo primero que se le ocurrió, lo más sencillo que había oído en el vagón del metro, lo mismo que habían gritado los adolescentes:

> DESPERTADOS

Le dio a buscar.

Las primeras páginas eran noticias oficiales de gobiernos de todo el mundo. La misma noticia, repetida en veinte idiomas, con el mismo tono serio, la misma mentira: *“Los llamados Despertados son individuos con alteraciones genéticas raras que suelen presentar episodios de violencia y pérdida de control. Son un peligro para la población. Si conoce a alguno, denúncielo a las autoridades más cercanas. Existen centros especializados donde reciben la ayuda que necesitan”*.

Ali apretó los dientes. Centros especializados. Seguro que se referían a las mismas jaulas en las que Marcos quería venderlo.

Siguió bajando. Páginas de sensacionalismo, fotos borrosas de incendios que decían que habían sido causados por un chico que escupía fuego, vídeos de baja calidad donde se veía a una mujer levantando un coche con una mano, comentarios de gente que decía que todo era falso, que eran montajes, que los Despertados no existían, que eran un invento de los gobiernos para asustar a la gente.

No era eso lo que buscaba.

Bajó más. Hasta el final de la décima página. Y ahí lo encontró. Un enlace pequeño, casi invisible, escrito en letra gris sobre fondo negro, que decía:

> FORO LIBRE DESPERTADOS — SOLO PARA NOSOTROS. SIN GOBIERNO. SIN NÉMESIS.

Ali frunció el ceño. ¿Némesis? ¿Qué era eso?

Clicó.

Le pidió una contraseña. Abajo, en letras pequeñas, casi ilegibles, ponía: *“Escribe lo que eres, no lo que te llaman”*.

Ali se quedó pensando unos segundos. Luego escribió, muy despacio, tecla a tecla:

> ALGUIEN QUE HACE FLORES CON SANGRE Y APAGA LAS LUCES SIN TOCARLAS.

Le dio a entrar.

La pantalla parpadeó. Y se abrió.

Era un foro antiguo, de diseño feo, fondo negro, letras blancas y rojas, sin publicidad, sin logotipos de ningún tipo. En la cabecera, en letras grandes y rojas que brillaban un poco, ponía: *“AQUÍ NO HAY NORMALES. AQUÍ NO HAY MIEDOS. AQUÍ SOMOS NOSOTROS”*. Debajo, miles de hilos de conversación, miles de mensajes, actualizados cada pocos segundos. Gente escribiendo de todo el mundo. De Francia, de España, de Alemania, de Argentina, de Estados Unidos, de Japón. De todas partes.

Ali se quedó sin aire.

Había MILES.

No decenas. No cientos. MILES de personas. Todas contando lo mismo, con distintas palabras, pero la misma historia: *“De repente un día, sin querer, hice esto”*. *“Tengo miedo, no sé qué me pasa”*. *“Me buscan”*. *“No soy el único, ¿verdad?”*.

Empezó a leer a toda velocidad, los ojos recorriendo la pantalla sin pararse, absorbiéndolo todo, como si se le fuera a acabar el tiempo en cualquier momento:

> 📌 Hilo 1: Tengo 16, vivo en Lyon. Cuando me enfado, los cables de mi casa se queman solos. La semana pasada apagué toda la luz de mi barrio sin querer. Mi padre me ha echado de casa. Dice que soy un monstruo. ¿Alguien más tiene lo de la electricidad?

Ali leyó eso y se detuvo. El corazón le dio un vuelco. Lyon. El apagón masivo de la noticia de la tienda. El chico del metro. Era él. Tenía que ser él. Respiró hondo y siguió leyendo.

> 📌 Hilo 2: Soy de Brasil, 21 años. Puedo curar heridas con las manos. Pero cada vez que curo a alguien, yo me pongo enfermo una semana. Como si me pasara el dolor a mí. ¿Hay alguien más que pague un precio por lo que hace?

> 📌 Hilo 3: Cuidado con NÉMESIS. No es una leyenda. Es real. Son el servicio secreto de medio mundo unido. Cazan Despertados. Se llevan a los fuertes. Nunca se les vuelve a ver. Los usan para experimentos. Para armas. Si alguien te pregunta por tus capacidades, si te sigue un coche negro sin matrícula, Huye. No te detengas. No confíes en nadie.

Némesis.

Ali anotó el nombre en su cabeza, grabándolo a fuego. La organización que los cazaba. La misma para la que Marcos quería venderlo. Seguía leyendo, más rápido, con las manos temblando sobre el teclado:

> 📌 Hilo 4: Existe otra organización. Se llama LUMEN. Dicen que nos protegen. Que tienen bases secretas en todos los países. Que entrenan a los que no saben controlar sus poderes. Que te dan casa, comida, familia. Pero ojo: también hay rumores. Dicen que se quedan con los más fuertes para sus guerras. Que no son tan buenos como pintan. Que son solo el mal menor.

> 📌 Hilo 5: Clasificación oficial de poderes, actualizada 2026:

> 🔹 NIVEL 1: Cosas pequeñas. Mover lápices, encender cerillas, sentir emociones ajenas. La mayoría estamos aquí.

> 🔹 NIVEL 2: Cosas grandes. Mover coches, controlar fuego/agua/hielo, volar poco rato, curar heridas graves.

> 🔹 NIVEL 3: Peligrosos. Controlar mentes, destruir edificios enteros, absorber energía de ciudades. Hay muy pocos. Todos los gobiernos los quieren muertos o presos.

> 🔹 NIVEL 0: LEYENDA. Nadie lo ha visto nunca. Alguien que pueda CREAR VIDA DESDE LA NADA y ABSORBER PODERES DE OTROS al mismo tiempo. Se dice que sería el ser más fuerte del universo. Que podría reescribir la realidad si quisiera. También se dice que es imposible que exista. Que rompe todas las leyes de lo que somos.

Ali se quedó petrificado.

La sangre se le heló en las venas.

Crear vida. Absorber poderes.

Las dos cosas que él hacía.

Las dos llamas. La roja que hacía flores de la sangre. La violeta que le quitaba el aire a Marcos sin tocarlo.

Todo el foro decía que era imposible. Que era una leyenda. Que nadie lo había tenido nunca.

Y él lo tenía.

Todo su cuerpo temblaba ahora. No de frío. De miedo. De la certeza repentina y terrible de que no solo era diferente… era ÚNICO. Que no había nadie más en todo el planeta, en toda la galaxia probablemente, que tuviera lo que él llevaba dentro. Que si alguien lo descubría… no solo Némesis, no solo Marcos, sino TODO EL MUNDO iría tras él. Para usarlo. Para estudiarlo. Para desarmarlo a trozos para ver cómo funcionaba.

Se tocó la marca del cuello debajo de la ropa. Brillaba con fuerza ahora, caliente, casi hirviendo, como si estuviera orgullosa de lo que acababa de leer. Como si le dijera: *Sí. Somos especiales. Somos lo que todos buscan*.

Una lágrima cayó sobre el teclado amarillento. Ali se la secó rápido con la manga de la sudadera, mirando a los lados por si alguien le veía. Nadie le prestaba atención. El chico del pelo rosa seguía gritando en su juego. El dueño seguía leyendo el periódico. El hombre mayor seguía viendo sus vídeos. Eran los únicos que le importaban en ese momento: los normales. Los que no tenían marcas en el cuello. Los que no tenían dos monstruos peleando dentro del pecho. Los que podían irse a casa por la noche y dormir tranquilos sin miedo a que nadie les quisiera vender o matar.

Él ya nunca podría ser eso.

Nunca.

Estuvo a punto de cerrar el navegador e irse. Dejar de buscar, de saber, volver a la calle, seguir siendo el chico invisible que siempre había sido. Pero algo le detuvo.

Un aviso pequeño en la esquina superior derecha de la pantalla, rojo, parpadeando:

> 1 MENSAJE PRIVADO NUEVO. DE: VESPERA.

Ali frunció el ceño. No había escrito a nadie. No había dicho su nombre. No había dicho nada de lo que podía hacer. Solo había leído.

Clicó.

El mensaje era corto. Solo una frase. Escrita en letras rojas oscuras, sin firma, sin saludo, sin despedida:

> Sé quién eres, Ali Varela. Sé lo que puedes hacer. No busques más respuestas aquí. Ellos también te están buscando a TI. Y van más rápido de lo que crees.

Ali se quedó mirando la pantalla, el corazón deteniéndose en el pecho.

¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo sabía que estaba ahí?

Intentó responder. Escribió: ¿Quién eres? ¿Cómo sabes quién soy?

Le dio a enviar.

La pantalla le devolvió un error rojo y brillante:

> ❌ USUARIO VESPERA NO EXISTE. NO SE PUEDE ENVIAR EL MENSAJE.

Refrescó la página. El mensaje privado había desaparecido. No quedaba rastro de que hubiera estado ahí. Ni en enviados, ni en recibidos, ni en la lista de usuarios conectados. Como si nunca hubiera pasado.

Como si se lo hubiera imaginado.

Pero Ali sabía que no era su imaginación.

Había sido real.

Alguien sabía quién era. Alguien sabía lo que podía hacer. Alguien le había estado vigilando incluso antes de que él mismo supiera lo que era.

Cerró el navegador de golpe. Se levantó de la silla tan rápido que esta casi se cae. El dueño levantó la vista del periódico, le miró con cara de pocos amigos, y volvió a leer. Ali no le dijo nada. Caminó hacia la puerta rápido, casi corriendo, la campanilla sonando detrás de él otra vez, y salió a la calle de nuevo.

El sol ya estaba alto. Era mediodía. París seguía siendo París. Gente caminaba, coches pasaban, una madre paseaba a su bebé en un carrito, dos amigos se reían abrazados en la acera de enfrente. Todo normal. Todo igual.

Pero para Ali nada volvería a ser igual nunca más.

Ahora lo sabía todo.

Sabía que se llamaba Despertado.

Sabía que había millones como él en todo el mundo.

Sabía que existía Némesis, que le quería desarmar, y Lumen, que quizás le quería usar.

Sabía que su poder no era raro… ERA IMPOSIBLE. ÚNICO. Algo que nadie había tenido nunca.

Y sabía que una mujer que se llamaba Vespera le estaba buscando. Y que probablemente no era la única.

Se quedó parado en medio de la acera, mirando a su alrededor, a toda esa gente que pasaba sin saber que el mundo era mucho más grande y mucho más aterrador de lo que creían. Se tocó la marca del cuello otra vez. Ya no solo ardía. Ahora latía. Fuerte. Rápido. Como un segundo corazón debajo de la piel.

Atrás, en el cibercafé, el ordenador número siete se había apagado solo de golpe. En la pantalla, antes de quedarse negra del todo, apareció por una fracción de segundo una imagen: una flor roja creciendo de una mancha de sangre.

Nadie lo vio.

Nadie nunca veía nada.

Pero Ali ya no podía seguir sin ver.

Había abierto la caja de Pandora.

Y ahora no había forma de cerrarla otra vez.

Dio el primer paso hacia adelante. No sabía a dónde ir. No tenía casa. No tenía dinero. No tenía a nadie.

Pero sabía una cosa con certeza absoluta:

Ya no era el chico que aguantaba golpes en silencio.

Ya no era el chico que creía que era un monstruo solo.

Ahora era un Despertado.

Y la guerra por él acababa de empezar.

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