A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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Juegos de mesa y horas que pasan
El segundo despertar fue más suave que el primero.
Cuando abrí los ojos, el sol ya no era el de la mañana temprana, sino el de un mediodía dorado que se colaba por las rendijas de la persiana. Sofía estaba a mi lado, en su colchón inflable, con el teléfono en la mano y una expresión de total concentración.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz aún ronca.
—Viendo memes —respondió sin levantar la mirada—. Hay uno de un gato que parece un señor enojado. Te lo voy a mandar.
Reí entre sueños y me incorporé. Otra vez el aroma a café, otra vez la sensación de que el mundo podía ser normal si nosotras decidíamos que lo fuera.
Desayunamos como si nada hubiera pasado. Sofía hablaba tranquilamente de todo, de su trabajo, de una serie nueva que estaba viendo, de cómo su planta de interior se estaba muriendo a pesar de todos sus esfuerzos. Yo la escuchaba, asentía, reía en los momentos adecuados. Y por un rato, logré engañarme a mí misma.
—Hoy sí iremos a investigar en la noche —dije, partiendo una tostada en dos—. No puedo tener miedo.
Sofía dejó su taza y me miró con una seriedad que duró solo un segundo, antes de que una sonrisa se dibujara en su rostro.
—Claro. Te acompaño pase lo que pase.
La mañana se convirtió en un ritual de normalidad. Limpiamos la casa como si la estuviéramos preparando para una visita importante, frotando el polvo de los muebles y barriendo las esquinas que siempre olvido. Sofía cantaba canciones de los ochenta mientras yo trapeaba el piso, y entre risa y risa, las horas pasaron sin que nos diéramos cuenta.
—Estoy muerta —dije, dejando caer la escoba—. ¿Quieres una pizza?
Sofía levantó la cabeza desde el sillón donde estaba acomodando unos cojines.
—¿Eso se pregunta?
Media hora después, el timbre anunció la llegada de la caja de cartón caliente. Pagué, serví los trozos en platos y nos sentamos en el suelo de la sala, con la pizza en medio como un altar improvisado. La devoramos en silencio, interrumpido solo por pequeños gemidos de satisfacción.
—Supongo que el miedo hace esto —dije, masticando un trozo de pepperoni—. Te da hambre.
—O te la quita —agregó Sofía, con la mejilla llena—. Pero hoy decidió dárnosla.
Terminamos la pizza y recogimos los platos. Me senté frente a la computadora, con la intención de editar algunos videos pendientes. Era una tarea larga, tediosa, pero necesaria. Sofía se sentó a mi lado con un libro en las manos, y durante un par de horas, el único sonido fue el tecleo y el silencio cómodo.
Cuando miré el reloj, marcaba las 4:36 PM. Había terminado algunas cosas, pero no todas. Mis párpados pesaban como plomo, y un bostezo se escapó de mis labios.
—Ahora qué hacemos, Sof? —pregunté, girándome hacia ella.
Sofía cerró su libro y me miró con una chispa en los ojos.
—¿Te parece un juego de mesa? Tengo uno en mi mochila, lo traje por si acaso.
—¿Siempre andas con juegos de mesa?
—Siempre. Nunca se sabe cuándo va a surgir una emergencia lúdica.
Se levantó, fue a buscar su mochila y sacó una caja pequeña. Era un juego de cartas, de esos de preguntas y respuestas que siempre terminan en risas y confesiones absurdas. Nos sentamos en el suelo, repartimos las cartas y comenzamos a jugar.
—¿Cuál es el mayor miedo que has superado? —leyó Sofía, sacando una carta.
Pensé por un momento.
—Subir al escenario en la universidad. Casi me desmayo, pero lo hice.
—Yo —dijo ella, tomando otra carta—, aprender a nadar. Mi papá me tiró a la piscina cuando tenía siete años. No me ahogué, pero le grité durante una semana.
Reímos. Una pregunta tras otra, una risa tras otra. Sofía hacía caras exageradas cuando las preguntas eran incómodas, y yo inventaba respuestas tan disparatadas que terminábamos las dos en el suelo, sin poder respirar de la risa.
Pero mientras jugábamos, en algún rincón de mi mente, el reloj seguía avanzando. La luz del sol comenzaba a cambiar, volviéndose más naranja, más larga. La tarde se despedía, y con ella, la excusa para no pensar en lo que vendría.
—¿Crees que estamos haciendo lo correcto? —pregunté, en un momento de silencio.
Sofía dejó su carta sobre la mesa y me miró.
—No lo sé. Pero sé que no hacer nada sería peor. Quedarse con la duda, con el miedo, con las preguntas sin respuesta... eso te come por dentro. Yo te conozco, Val. Y sé que si no lo haces, te arrepentirás toda la vida.
Asentí. Tenía razón.
El juego de mesa nos acompañó hasta que la noche comenzó a asomarse por la ventana. Recogimos las cartas, guardamos la caja, y por un momento, nos quedamos en silencio, sentadas en el suelo, mirando cómo el cielo se teñía de violeta y negro.
—¿Lista? —preguntó Sofía.
No estaba lista. Pero asentí igual.
—Lista.
La llave del 3B estaba en mi bolsillo, fría y pesada. La cámara de la mirilla seguía grabando en mi ausencia. Y en algún lugar, al otro lado de la pared, alguien o algo esperaba.
Nos levantamos lentamente, como si el movimiento pudiera retrasar lo inevitable. Sofía tomó su chaqueta, yo ajusté la mía. La puerta del departamento nos esperaba, y más allá, el pasillo, las escaleras, y el departamento vacío.
En la cocina, el reloj marcaba las 7:32 PM.
—Vamos —dijo Sofía, con una voz que intentaba ser firme.
Y abrimos la puerta.
El pasillo estaba en silencio. La luz amarillenta parpadeaba, como siempre. Pero en el aire había algo diferente. Una tensión, una expectativa. Como si el edificio mismo estuviera conteniendo la respiración, esperando.
Caminamos hacia la puerta del 3B. Mis dedos rozaron la llave en mi bolsillo. Sofía tomó mi mano libre y la apretó.
Estábamos frente a la puerta.
Y todo estaba a punto de cambiar.