Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
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Capítulo 3: El intruso en el aula
El aula de 1° "A" olía de forma penetrante a pintura fresca, a encierro y a esa madera vieja y gastada por el paso de generaciones de estudiantes que habían tallado sus nombres en las superficies. Los bancos dobles, pintados de un verde escolar descascarado, estaban rígidamente distribuidos en tres filas largas que dejaban pasillos angostos. Milena, moviéndose entre el tumulto del primer día con una seguridad implacable y casi altanera que parecía rígidamente ensayada frente al espejo de su casa, arrastró a Camila del brazo hacia la fila del medio. Sin pedir opinión, ocupó el segundo banco, una posición estratégica bien cerca del pizarrón y del escritorio docente.
—Acá nos sentamos, Cami —sentenció Milena, acomodando su estructurada mochila con un movimiento seco, limpio y definitivo sobre la madera—. Desde acá adelante se ve todo perfecto y los profesores te prestan más atención.
Camila se sentó obedientemente a su lado, acomodando su mochila rústica, pero no pudo evitar girarse por puro instinto hacia la puerta de entrada. Bruno entró último de toda la fila. Caminaba arrastrando pesadamente los pies, con la cabeza gacha y con los hombros notablemente tensos bajo el abrigo azul del Colegio Comercial. Avanzó con paso lento, esquivando los bancos ocupados, y caminó directo hacia el fondo del salón, eligiendo el último banco doble pegado a la ventana, el rincón más aislado y bien lejos de las miradas de todos. Antes de dejarse caer en la silla, clavó sus ojos oscuros y pardos fijamente en Camila. No había en su mirada un reproche directo, pero sí transmitía una soledad tremenda, un desamparo infantil que a ella le apretó el pecho con fuerza. Camila, sintiéndose un poco culpable por haberlo dejado solo en la retaguardia, le dedicó una sonrisa tímida, amplia y cálida, intentando transmitirle que todo estaba bien entre ellos y que la distancia del aula no cambiaba nada. Sin embargo, Bruno desvió la mirada de inmediato hacia el vidrio empañado, cerrándose por completo en su propio mundo de mutismo e indiferencia.
Las dos primeras semanas de clases pasaron volando en una rutina monótona de carpetas nuevas, carátulas y profesores desconocidos que dictaban apuntes sin parar desde la mañana. Camila, fiel a su esencia movediza, ruidosa y profundamente carismática, no tardó absolutamente nada en hacerse notar entre el mar de alumnos nuevos. El viernes de la segunda semana, durante la hora de Tutoría, sus compañeros la eligieron por voto unánime como la delegada oficial del curso. Ella brillaba con luz propia en ese rol; por donde caminaba dejaba un rastro de risas, y se pasaba los recreos enteros yendo de banco en banco charlando con chicos de otras divisiones y anotando reclamos en su cuaderno.
Bruno, en cambio, se convirtió en una sombra hostil en el fondo del salón. Desde su rincón junto a la ventana, vigilaba minuciosamente cada movimiento de Camila. Su mente trabajaba a mil revoluciones, anotando de forma obsesiva en su cabeza con quién hablaba ella, quién se le acercaba a pedirle una hoja y quién le sonreía de más en los pasillos, masticando unos celos amargos que le quemaban la garganta pero que era totalmente incapaz de poner en palabras o exteriorizar debido a su orgullo.
El quiebre definitivo y el final de la falsa calma llegó un martes cualquiera a la tercera hora, justo a mitad de la clase de Geografía, cuando el aburrimiento generalizado dominaba el ambiente.
La puerta de madera del aula se abrió de golpe con un chirrido y la preceptora asomó la cabeza, interrumpiendo abruptamente el dictado del profesor. Detrás de ella, dando un paso al frente, entró un chico que capturó de inmediato y de forma magnética la atención de todos los presentes.
—Disculpe la interrupción, profesor —dijo la preceptora con un fajo de planillas en la mano—. Les presento a un compañero nuevo que se suma a la institución. Se mudó al barrio con su familia hace unos pocos días y se incorpora hoy mismo a este curso. Se llama Thiago.
Thiago caminó hacia el centro del aula, quedando frente al pizarrón con una postura sumamente relajada, con las manos metidas en los bolsillos y cero intimidado por el bosque de ojos curiosos que lo escaneaban de arriba abajo. Tenía el pelo castaño claro un poco despeinado de forma fachera, una sonrisa canchera y natural de esas que caen bien al toque y los auriculares negros del walkman colgando de manera informal sobre el cuello de la campera que llevaba abierta. Se notaba a la distancia que era un chico del centro, alguien extrovertido, acostumbrado a llamar la atención; todo lo contrario al misterio cerrado, tosco y defensivo del barrio que representaba Bruno en el fondo.
—A ver dónde lo ubicamos, señor Thiago... —murmuró el profesor de Geografía, acomodándose los anteojos y recorriendo el salón con la mirada cansada—. Todos los bancos de la fila de atrás están completos.
Al fondo del todo, Bruno cruzó con fuerza los brazos sobre el banco de madera y endureció notablemente la mandíbula, rezando para sus adentros con furia para que no se les ocurriera mandarlo a su lado ni invadir su espacio personal.
—Allá, al lado de la señorita Camila —señaló finalmente el profesor con la tiza, marcando el banco doble que estaba ubicado justo a la izquierda de las chicas—. Hay un lugar libre ahí. Thiago, sentate en ese sector por el día de hoy, después vemos si hacemos cambios.
Thiago asintió con la cabeza de forma ligera y caminó con paso tranquilo por el pasillo central del aula. Al llegar al banco asignado, miró fijamente a Camila y le dedicó una sonrisa amplia, ladeada y sumamente simpática.
—Hola. Soy Thiago —dijo con una voz clara y fuerte, sentándose sin prisa y dejando caer su mochila de marca en el piso de cemento.
—Hola —respondió Camila al instante, devolviéndole la bienvenida con su calidez y energía de siempre—. Yo soy Camila, la delegada electa del curso. Y ella es Milena, mi amiga. Bienvenido a 1° "A".
—Qué bueno saberlo, ya tengo a la jefa de mi lado desde el primer día —bromeó él en voz baja, guiñándole un ojo con complicidad mientras sacaba una carpeta usada del bolso.
Camila se rió con ganas ante el comentario, un sonido limpio, cristalino y alegre que viajó con nitidez por todo el salón silencioso. Al fondo del aula, pegado al vidrio de la ventana, el ruido seco y estridente de una birome de plástico que se partía literalmente al medio interrumpió el murmullo generalizado de la clase. Bruno soltó los pedazos rotos de plástico azul sobre la madera del banco, con los ojos inyectados en una rabia sorda y los puños vueltos a apretar dentro de los bolsillos de su campera de gimnasia. Miró fijamente la nuca de Thiago como si tuviera el poder real de borrarlo del mapa en ese mismo instante.
Unos asientos más adelante, resguardada tras su postura perfecta, Milena no se perdió un solo detalle de la secuencia. Miró de reojo y con malicia a Camila, que ya se había dado vuelta para prestarle apuradamente una hoja de carpeta en blanco a Thiago, y después giró la cabeza de forma muy disimulada hacia el fondo para deleitarse con la expresión desencajada y violenta de Bruno. Una sonrisa fría, perversa y sumamente calculadora se dibujó lentamente en los labios delgados de Milena. El intruso perfecto e inesperado había llegado al colegio por su propia cuenta, y ella, con su mente brillante, ya sabía con precisión matemática exactamente cómo usarlo para destruir la felicidad de Camila.