En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 16— El destino se pone en marcha.
Aquella noche tardé mucho en dormirme.
Tenía el colgante de mi madre entre las manos y la pequeña llave escondida bajo la almohada.
Los dos objetos parecían completamente distintos.
Uno era un recuerdo. El otro... Un misterio.
Me giré hacia la ventana.
La luna iluminaba los jardines con aquella luz plateada que ya comenzaba a resultarme demasiado familiar.
—¿Tú también sabes algo? —le pregunté en voz baja.
Naturalmente, la luna no respondió o quizá sí.
Porque, justo en ese instante, una nube pasó lentamente frente a ella y la habitación quedó sumida en la oscuridad durante apenas unos segundos.
Cuando la luz regresó, me pareció ver una silueta en el balcón.
Me incorporé de golpe.
—¿Quién está ahí?
Corrí hasta la puerta de cristal, la abrí.
El aire fresco de la noche acarició mi rostro, no había nadie, solo el sonido de las hojas moviéndose con el viento.
Permanecí unos instantes observando el jardín, entonces sonreí con cierta vergüenza.
—Estoy imaginando demasiadas cosas...
Volví a cerrar la puerta y regresé a la cama.
Sin darme cuenta de que, varios metros más abajo, oculto entre las sombras de un viejo roble... Alguien acababa de levantar la vista hacia mi habitación.
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El amanecer llegó antes de lo que habría querido.
Toda la residencia estaba despierta mucho antes de salir el sol.
Los pasillos se llenaron del sonido de pasos apresurados, baúles siendo transportados y órdenes que iban de un lado a otro.
Jamás había visto tanto movimiento.
Margaret entró en mi habitación con una expresión divertida.
—Buenos días, mi lady.
Abrí los ojos lentamente.
—¿Ya nos vamos?
—Dentro de poco.
Salté de la cama tan deprisa que casi resbalé sobre la alfombra.
—¡Ya estoy despierta!
—Eso puedo verlo.
Mientras me ayudaba a colocar el vestido de viaje, no dejaba de sonreír.
—Nunca la había visto levantarse tan rápido.
—Porque hoy empieza una aventura.
—Eso espero.
Me colocó con mucho cuidado el colgante que mi padre me había regalado la noche anterior.
Lo sostuvo entre sus dedos unos segundos.
—Le queda muy bonito.
Bajé la vista.
—Era de mamá.
Margaret asintió, había una tristeza serena en sus ojos.
—Ella estaría muy feliz de verla llevarlo.
No respondí. Simplemente acaricié la pequeña estrella de plata antes de esconder la llave en el bolsillo secreto del vestido.
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El patio principal estaba lleno de carruajes. Los caballos relinchaban impacientes mientras los soldados revisaban por última vez las monturas. Thomas caminaba de un lado a otro inspeccionándolo absolutamente todo.
—Aprieten mejor esa correa.
—Revisen otra vez las ruedas.
—No quiero sorpresas a mitad del camino.
Cassian apareció cargando un pequeño bolso sobre el hombro.
—¿Ya podemos irnos?
Thomas lo miró sin detenerse.
—Todavía no.
—¿Ahora sí?
—No.
—¿Y ahora?
Thomas suspiró.
—Joven señor...
—Solo preguntaba.
—Ha preguntado siete veces.
—Pensé que a la octava funcionaría.
No pude contener la risa.
Mi padre salió finalmente de la residencia acompañado por Albert y Alaric, todos los sirvientes hicieron una respetuosa reverencia.
El duque observó cada carruaje, habló brevemente con los capitanes de la escolta y, solo cuando estuvo completamente satisfecho, asintió.
—Es hora.
Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo.
¡Por fin!
Beatrice apareció corriendo desde la cocina con una enorme cesta entre las manos.
—¡Esperen!
Todos se volvieron hacia ella, llegó jadeando.
—Casi... olvido... esto.
Thomas levantó una ceja.
—¿Qué lleva ahí?
—Comida.
Cassian sonrió.
—Ahora sí podemos viajar.
Beatrice le dio un suave golpe con la cesta.
—Esto es para todos.
—Qué egoísta.
—Precisamente por eso.
Incluso mi padre terminó riéndose.
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Cuando todo estuvo listo, Albert comenzó a organizar los carruajes.
El primero sería ocupado por la escolta, el segundo por mi padre, Cassian, Alaric y yo.
Detrás viajarían los sirvientes y el equipaje.
Mientras esperábamos la orden de partir, me acerqué discretamente a Thomas.
—¿Puedo preguntarte algo?
Él sonrió.
—Claro.
—¿Has estado alguna vez en el Palacio Imperial?
Asintió.
—Varias veces.
—¿Es tan bonito como dicen?
Miró hacia el horizonte antes de responder.
—Es un lugar impresionante.
—¿Y el príncipe?
Thomas soltó una pequeña risa.
—Nunca tuve el honor de conocerlo.
Resoplé.
—Nadie conoce al príncipe.
—Lo conocerá muy pronto.
No pude evitar sonreír. Aunque todavía no sabía por qué sentía tanta curiosidad por aquel niño. Tal vez porque mi padre había dicho que su infancia era diferente. Tal vez porque me daba pena imaginarlo rodeado de personas que solo lo veían como el futuro emperador. O tal vez... Porque una parte de mí sentía que aquel viaje era mucho más importante de lo que todos estaban dispuestos a admitir.
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Subimos al carruaje. Era amplio y cómodo, con asientos de terciopelo azul y grandes ventanales. Cassian ocupó inmediatamente el lugar junto a la ventana.
—¡Yo quiero ver todo el camino!
—¡Yo también! —protesté.
—Llegué primero.
—Eso no vale.
—Claro que vale.
Mi padre negó con la cabeza.
—Compartan.
Los dos suspiramos al mismo tiempo.
—Está bien...
Alaric observaba la escena con una sonrisa casi imperceptible. Parecía disfrutar de nuestras pequeñas discusiones, el cochero hizo sonar las riendas, los caballos comenzaron a avanzar lentamente.
Vi cómo la enorme residencia Valmont empezaba a quedarse atrás, las torres, los jardines, el lago, el viejo roble donde tantas veces me había sentado con Cassian.
Sentí un pequeño nudo en el pecho, era la primera vez que abandonaba mi hogar, levanté una mano y saludé por la ventanilla.
Margaret, Beatrice, Thomas y Albert respondieron con una sonrisa, no sabía cuándo volveríamos, pero estaba segura de una cosa. Cuando regresara... Ya no sería la misma niña que acababa de partir.
Y mientras los carruajes cruzaban lentamente el gran portón de la residencia, muy lejos de allí, en el Palacio Imperial... Un niño de cabello negro cerró el libro que estaba leyendo y dirigió la mirada hacia la ventana.
—¿Ya vienen? —preguntó con una calma impropia de alguien de su edad.
El anciano que permanecía junto a la puerta inclinó respetuosamente la cabeza.
—Sí, alteza.
El niño permaneció unos segundos contemplando el inmenso jardín del palacio.
Después volvió a abrir el libro.
Sin saber que, por primera vez en muchos años... El destino acababa de ponerse nuevamente en marcha para encontrarlo.