A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás
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EL REGALO DE CUMPLEAÑOS
Al día siguiente, Alejandro cumplía veinte años.
Como todos los años, no esperaba una gran celebración.
Desde que era pequeño, los cumpleaños habían sido sencillos.
Lo importante siempre había sido estar junto a su abuela y a su hermanita.
Aquella mañana llegó a la empresa como cualquier otro día.
Entró al despacho de Andrea con una carpeta en las manos.
—Buenos días, señora Andrea.
Ella levantó la vista y sonrió.
—Buenos días... y feliz cumpleaños, Alejandro.
Él se sorprendió.
—¿Lo recordó?
Andrea soltó una pequeña risa.
—Claro que sí.
Adán apareció en la puerta con una enorme sonrisa.
—¡Feliz cumpleaños!
—Gracias.
—¿Listo para recibir tu regalo?
Alejandro parpadeó confundido.
—¿Regalo?
—Ven con nosotros.
Andrea y Adán caminaron hacia el estacionamiento privado de la empresa.
Alejandro los siguió sin entender qué estaba ocurriendo.
Cuando llegaron, una enorme tela negra cubría algo de gran tamaño.
Andrea se detuvo frente a ella.
—Desde hace un tiempo noté que mirabas con mucha admiración una motocicleta cada vez que pasábamos frente al concesionario.
Alejandro sonrió con un poco de vergüenza.
—Solo era un sueño.
Andrea lo miró con dulzura.
—Pues hoy dejará de serlo.
Tomó una esquina de la tela.
—Feliz cumpleaños, Alejandro.
Retiró la cubierta.
Frente a él apareció una impresionante motocicleta deportiva negra con detalles luminosos en rojo, exactamente el modelo con el que siempre había soñado.
Alejandro quedó completamente inmóvil.
Sus ojos no podían apartarse de la motocicleta.
Era idéntica a la que tantas veces había visto en fotografías y en el escaparate del concesionario.
Llevó una mano a su pecho.
—No...
Su voz apenas salió en un susurro.
—No puede ser...
Adán sonrió al ver su reacción.
—¿Qué te parece?
Alejandro caminó lentamente hasta la motocicleta.
La observó con cuidado, como si temiera que desapareciera al tocarla.
Rozó suavemente el manillar con la punta de los dedos.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Es... es la misma...
Andrea asintió.
—Sí.
Sabíamos que era la que más te gustaba.
Alejandro giró lentamente hacia ella.
—¿Usted... la compró para mí?
—Sí.
Consideré que era un buen regalo para celebrar tu cumpleaños y también el esfuerzo que has demostrado todos estos meses.
Alejandro negó varias veces con la cabeza.
—Es demasiado...
—No puedo aceptarla.
Andrea sonrió con tranquilidad.
—Sí puedes.
Es un regalo.
Nada más.
Alejandro sentía un enorme nudo en la garganta.
Nunca en su vida alguien le había hecho un regalo tan especial.
Adán le dio una ligera palmada en el hombro.
—Vamos.
No nos arruines la sorpresa.
Alejandro dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.
—Muchas gracias...
De verdad...
No sé cómo agradecerles.
Andrea respondió con una sonrisa cálida.
—Ya lo haces todos los días.
Con tu esfuerzo, tu honestidad y la dedicación que pones en todo lo que haces.
Eso vale mucho más que cualquier regalo.
Alejandro respiró profundamente.
Con mucho cuidado, abrazó a Andrea.
Fue un abrazo breve y lleno de gratitud.
—Gracias...
Ella correspondió al abrazo con una sonrisa.
—Feliz cumpleaños, Alejandro.
Cuando se separaron, Adán levantó una llave.
—Creo que esto también te pertenece.
Alejandro la tomó con las manos temblorosas.
Al presionar el botón, las luces rojas de la motocicleta se encendieron al mismo tiempo.
Sus ojos brillaron como los de un niño.
No podía dejar de sonreír.
Aquel cumpleaños sería uno que jamás olvidaría.
No solo por el extraordinario regalo, sino porque, por primera vez en muchos años, sintió que había personas que celebraban su existencia con el mismo cariño que su propia familia.