Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 22
El chofer aceleró, esquivando con destreza el caótico tráfico de la tarde romana mientras el imponente vehículo negro avanzaba con velocidad hacia el aeródromo privado. En el interior, el silencio era denso, cargado de una electricidad que ya no nacía del pánico, sino de una complicidad irrevocable.
Irina mantuvo la vista fija en la mano de Damian, cuyos dedos largos y fuertes daban leves caricias sobre su rodilla. Sentir el calor de su piel a través de la tela del pantalón la ayudaba a mantenerse anclada a la realidad.
—No me importa qué tan sucia se ponga la guerra, Damian —respondió ella, quebrando el silencio con una voz que recuperaba toda su firmeza y orgullo—. Los Rivera creen que pueden manejar a todo el mundo porque tienen un apellido y una chequera. Ayer su esposa me trató como si fuera una empleada desechable y anoche su suegro vino a mi propia casa a recordarme que soy una simple humana. Pero se equivocan conmigo. Si ellos quieren jugar sucio, yo sé jugar mejor.
Damian soltó una carcajada baja, un sonido profundamente ronco y complacido que vibró en el espacio cerrado del auto. Se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó la mejilla de Irina.
—Esa es la mujer que quiero a mi lado —susurró con su barítono espeso, sus ojos oscuros brillando con un orgullo salvaje y posesivo—. Una humana con el coraje de mirar a los Alfas a los ojos y hacerlos temblar. El viejo Rivera se cree el dueño de Roma, pero está viejo, Irina. Su talón de Aquiles es su propia hija, y Vittoria cometió el peor error de su vida al meterse contigo.
El vehículo redujo la velocidad de golpe al aproximarse a las grandes rejas de seguridad del aeropuerto privado. Tras una rápida verificación del personal de seguridad, las puertas metálicas se abrieron de par en par, permitiendo que el auto avanzara directamente hacia la pista de aterrizaje de asfalto gris.
A unos metros de distancia, con las luces de emergencia rojas y azules centelleando bajo el cielo que empezaba a teñirse de tonos oscuros, se encontraba una ambulancia de alta complejidad. Junto a ella, un equipo de paramédicos y el doctor Franco conversaban en voz baja, esperando el arribo.
El chofer detuvo el auto a una distancia prudente. Damian soltó la rodilla de Irina, pero antes de que ella pudiera abrir la puerta, él la tomó suavemente de la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, preciosa —le advirtió con seriedad implacable—. En cuanto ese avión toque tierra, tu única preocupación será tu familia. Yo me encargaré de los médicos, de la clínica y de los gastos. No quiero que pienses en la textilera, ni en los diseños, ni en lo que dirá la junta mañana. ¿Quedó claro?
Irina asintió, conmovida por la protección genuina que el Alfa supremo le estaba brindando, despojándose por completo de su faceta de jefe frío.
—Quedó claro —respondió en un susurro.
En ese mismo instante, un rugido potente rompió el viento de la tarde. Irina miró a través de la ventana y vio las luces de posición de un jet privado que descendía con perfecta precisión entre las nubes, preparándose para tocar la pista de Roma. El avión médico de los Galo estaba aquí. Su padre finalmente estaba a salvo.
El jet tocó el asfalto con un chirrido de neumáticos que resonó en toda la pista privada, desacelerando con elegancia hasta detenerse cerca de donde esperaba la ambulancia. Los motores comenzaron a disminuir su rugido de forma paulatina, dejando que las luces intermitentes del ala iluminaran el rostro tenso de Irina.
Damian abrió la puerta del auto y bajó primero, extendiéndole la mano a Irina para ayudarla a descender. Al salir al aire libre de la noche romana, el viento frío le despejó la mente por completo. Caminaron a paso rápido hacia el equipo médico encabezado por el doctor Franco, quien saludó a Damian con un asentimiento lleno de respeto profesional.
—Todo está listo, señor Galo. El quirófano en la clínica privada está reservado y el cirujano de turno ya recibió el preinforme desde Múnich —explicó el médico mientras la puerta principal del jet comenzaba a abrirse de par en par, desplegando la escalerilla.
Dos paramédicos bajaron primero, seguidos por la camilla de alta complejidad donde yacía su padre, conectado a los monitores de soporte vital que emitían un pitido constante y controlado. Al final de la fila, con el rostro desencajado por el cansancio y una manta sobre los hombros, apareció la madre de Irina.
—¡Mamá! —gritó Irina, rompiendo la distancia y corriendo hacia la escalerilla.
Su madre, al escucharla, levantó la vista y soltó las pocas lágrimas que le quedaban. Ambas se fundieron en un abrazo apretado al pie del avión. Irina podía sentir el temblor en el cuerpo de la mujer, rota por el miedo y el viaje de emergencia.
—Ya están aquí, mamá. Ya están a salvo en Roma —le susurró Irina al oído, acariciándole la espalda para infundirle la fuerza que tanto necesitaba—. El doctor Franco es el mejor. Papá va a estar bien.
Mientras el equipo de paramédicos acomodaba la camilla dentro de la ambulancia con movimientos perfectamente sincronizados y veloces, la madre de Irina se separó un poco y desvió la mirada hacia el hombre imponente que supervisaba todo desde unos pasos atrás. Damian permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y una seriedad absoluta, vigilando que cada detalle se cumpliera al pie de la letra.
—¿Él es...? —preguntó su madre con voz temblorosa, intuyendo la imponente presencia de un Alfa supremo.
—Es Damian Galo, mi jefe —respondió Irina, mirando de reojo al hombre que le había devuelto la vida en su momento más oscuro—. Él hizo todo esto posible, mamá.
Damian se acercó con paso firme, deteniéndose frente a la madre de Irina con un gesto caballeroso y una inclinación de cabeza que demostraba un respeto inusual en un Alfa de su estirpe.
—Señora Duarte, lamento mucho las circunstancias del accidente —dijo con su barítono profundo y reconfortante—. Pero ya no tiene de qué preocuparse. Mi chofer las llevará en el auto directamente a la clínica privada tras la ambulancia. Yo me quedaré a gestionar los últimos permisos de la pista y los veré allá en una hora. Su esposo está en las mejores manos de Italia.
La mujer le tomó la mano a Damian con profunda gratitud, incapaz de articular palabras completas antes de ser guiada por el chofer hacia el lujoso vehículo negro.
Irina se quedó un segundo rezagada, de pie frente a Damian bajo las luces de la pista. Lo miró a los ojos, sintiendo que cualquier palabra de agradecimiento se quedaba corta ante la magnitud de lo que él acababa de hacer por su familia.
—Vete con ella, preciosa —le ordenó Damian con un tono suave pero firme, estirando una mano para apartarle un mechón de cabello de la cara—. Apoya a tu madre. Yo me encargo del resto. Nos vemos en la clínica.
Irina asintió, le dedicó una mirada cargada de una devoción y una complicidad que sellaba su destino al de él para siempre, y subió al auto. Mientras el vehículo avanzaba por la pista siguiendo las sirenas de la ambulancia, Irina miró por el retrovisor cómo la figura de Damian se recortaba contra la noche de Roma. Sabía que a partir de mañana su vida cambiaría radicalmente y que el precio de esta salvación sería una guerra feroz, pero en ese instante, viendo los monitores estables de su padre a la distancia, se sintió capaz de enfrentar el mismísimo infierno.