Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 23
El trayecto hacia la clínica privada Galo se sintió como un suspiro suspendido en el tiempo. Las sirenas de la ambulancia abrían paso con fuerza entre las avenidas de Roma, iluminando intermitentemente el interior del lujoso vehículo negro. En el asiento trasero, Irina mantenía su brazo entrelazado con el de su madre, quien por fin había logrado estabilizar su respiración tras el impacto de ver todo el despliegue que se había armado en menos de dos horas.
—Irina, mi vida... todavía no puedo creerlo —susurró su madre, mirando los acabados de cuero del auto y luego a su hija—. Tu jefe... ese hombre, el señor Galo. Mover un avión médico, los permisos, los cirujanos... Un favor de esta magnitud no lo hace cualquiera, hija. Menos un Alfa de esa jerarquía por una diseñadora que apenas está empezando.
Irina apretó suavemente la mano de su madre, manteniendo la mirada fija en el camino asfaltado. Sabía perfectamente que las sospechas de su madre eran lógicas, pero no era el momento de abrumarla con las complejas e intensas dinámicas que existían entre ella y Damian.
—Damian valora mi trabajo, mamá. Sabe lo que la campaña de otoño representa para la textilera —respondió Irina con voz calmada, usando un tono profesional que lograra tranquilizarla—. Además, él es un hombre de palabra. Cuando le expliqué la situación del banco y la gravedad de papá, no dudó un segundo. Ahora solo concéntrate en que ya estamos aquí. Papá va a recibir la atención médica que se merece.
Su madre asintió, limpiándose una última lágrima con un pañuelo antes de que el vehículo redujera la velocidad.
El auto entró por el acceso privado de la Clínica Galo, un complejo médico impresionante de paredes blancas y cristales templados que parecía más un hotel de cinco estrellas que un hospital. La ambulancia ya estaba estacionada en la bahía de urgencias, y el equipo de camilleros, bajo la estricta supervisión del doctor Franco, bajaba a su padre con rapidez pero con un cuidado milimétrico.
En cuanto el chofer abrió la puerta del auto, Irina y su madre bajaron a paso rápido. Siguieron a la camilla a través de las puertas automáticas hacia el área de trauma de alta complejidad. El pitido del monitor de su padre seguía siendo constante, y aunque su rostro lucía pálido y cansado, sus signos vitales se mantenían dentro del rango seguro gracias al soporte del jet médico.
—Señora Duarte, señorita —las detuvo el doctor Franco justo antes de cruzar los umbrales del quirófano principal—. Hasta aquí pueden acompañarnos. El cirujano principal y yo entraremos de inmediato para evaluar la presión intracraneal y proceder con la descompresión torácica. La operación tomará algunas horas. Les sugiero que vayan a la suite privada que el señor Galo asignó para ustedes en el quinto piso; allí estarán cómodas y les informaremos en cuanto tengamos el primer reporte.
—Por favor, doctor... salve a mi esposo —rogó la madre de Irina con un hilo de voz.
—Está en las mejores manos de Italia, se lo garantizo —respondió el médico con una sonrisa profesional antes de darse la vuelta y entrar al quirófano, cuyas luces rojas de "En proceso" se encendieron de inmediato.
Irina guio a su madre hacia el ascensor, abrazándola por los hombros. Al llegar al quinto piso, una enfermera las guio hasta la suite presidencial de la clínica. El lugar era espacioso, con un gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad, dos cómodos sofás, una cama de descanso y una pequeña mesa con agua y fruta fresca. El chofer de Damian ya había dejado la maleta que Irina preparó sobre uno de los sillones.
Tras ayudar a su madre a recostarse en la cama para que intentara descansar un poco tras el agotamiento del viaje, Irina caminó hacia el ventanal de la suite. Se cruzó de brazos, sintiendo cómo el silencio del hospital la envolvía de golpe. La adrenalina de la pista privada estaba disminuyendo, dejando espacio a una profunda expectativa.
Pasó una hora que se sintió eterna. El único sonido en la suite era la respiración pausada de su madre, quien finalmente se había quedado dormida debido al cansancio extremo. Irina permanecía de pie junto al ventanal, observando el parpadeo de las luces de Roma en la distancia, cuando escuchó el suave clic de la puerta al abrirse.
Se giró de inmediato. Damian entró a la habitación con paso felino y silencioso, cuidando de no hacer ruido. Se había quitado la corbata y traía los primeros botones de su camisa oscura desabrochados, pero su postura seguía irradiando esa autoridad imponente y magnética. Al ver a la madre de Irina descansando en la cama, desvió la mirada hacia la joven y le hizo una leve seña con la cabeza para que salieran al pasillo.
Irina caminó con cuidado y cerró la puerta de la suite tras de sí, quedando a solas con él en el pulcro y silencioso corredor del piso ejecutivo de la clínica.
—¿Cómo está todo? ¿Has sabido algo del doctor Franco? —preguntó Damian de inmediato, acortando la distancia entre los dos. Su aroma a sándalo y tormenta regresó a envolverla, disipando el frío olor a hospital.
—Entraron a quirófano hace una hora. El doctor Franco dijo que tomaría tiempo, pero me aseguró que mi papá está en las mejores manos —respondió Irina, soltando un suspiro y frotándose los brazos por encima de su chaqueta—. Mi mamá se quedó dormida por el agotamiento. De verdad, Damian... no sé qué habría sido de nosotras si no hubieras aparecido.
Damian dio un paso más, acorralándola suavemente contra la pared del pasillo. Levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su enorme físico, acunó la mejilla de Irina, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad protectora y posesiva.
—Te dije que no tenías que agradecer nada, preciosa. Lo que es mío, lo protejo, y tú entras en esa categoría desde el momento en que decidiste no doblegarte ante nadie en mi oficina —sentenció con su barítono espeso y ronco—. Ya hablé con la administración de la clínica; todos los gastos de la cirugía, el hospedaje de tu madre y la rehabilitación posterior están completamente cubiertos por mis fondos personales. Nadie te va a pedir un solo centavo aquí.
Irina sintió que el pecho se le llenaba de una mezcla de alivio y una intensa descarga de electricidad ante la cercanía del Alfa. Puso sus manos sobre el pecho de Damian, sintiendo el latido firme de su corazón bajo la tela de la camisa.
—Esto me une a ti de una forma que va mucho más allá de un contrato de diseño, Damian. Lo sabes, ¿verdad? —dijo ella en un susurro firme, sin pizca de temor—. La junta, los Rivera, Vittoria... cuando se enteren de lo que hiciste, van a usar esto para atacarte. Van a decir que rompiste los protocolos por una humana.
Damian soltó una sonrisa ladina y peligrosa, ensanchando su porte territorial. Deslizó sus dedos desde la mejilla de Irina hasta su cuello, atrapando un mechón de su cabello con posesividad.
—Que lo intenten —replicó él con un hilo de voz cargado de soberbia—. El viejo Rivera cree que tiene el control de la textilera porque su hija está casada con un Galo, pero se le olvida quién es el Alfa supremo que maneja el dinero y las influencias en esta ciudad. Si Vittoria quiere armar un escándalo en la junta de mañana, que lo haga. Para entonces, tus diseños de otoño ya estarán registrados bajo mi nombre y el tuyo, en exclusividad absoluta. No van a poder tocarte, Irina. Te convertí en mi jugada maestra, y yo nunca pierdo.
En ese momento, el ascensor al final del pasillo emitió un leve pitido y las puertas se abrieron. El doctor Franco salió vistiendo aún su uniforme quirúrgico, con el gorro en la mano y una expresión de cansancio pero con una ligera sonrisa en el rostro.
Irina se separó suavemente de Damian, dándose la vuelta con el corazón latiéndole a mil por hora, esperando la noticia que definiría el rumbo de su vida a partir de esa noche.